"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

miércoles, 13 de junio de 2012

¿Qué tapamos con la palabra crisis? parte 1


Recuerden aquellos meses perdidos en un debate absurdo con Zapatero. Así como la prevención para usar la palabra “crisis” nos enredó inútilmente en aquel tiempo, ahora la repetición de la palabra promete un oscurantismo no menos dañino. Un poco como en La carta robadade Poe, el brillo de una obviedad (la deuda externa, la recesión económica, el crecimiento del paro, los recortes sociales) amenaza con tapar los mil matices que están en juego. Lejos de ser una palabra que describe un conjunto dramático de hechos, crisis es también una consigna usada políticamente en varias direcciones. No sólo Alemania gana enteros en Europa, respaldada por “el acoso” de unos mercados que se ceban sobre el sur endeudado. No sólo la “crisis” se ha convertido en el logo que justifica mil atropellos sociales, mientras se siguen tirando millones en gastos superfluos. También “crisis” es una cantinela para no pensar y una justificación perpetua de la cultura de la queja en todos lo niveles, el personal, el empresarial, el nacional y, a veces, hasta el radical. Cada entidad parece competir en demostrar a quién le va peor, quién es más víctima. Como si no fuera con ellos, el periodismo ha encontrado ahí un filón para realimentar cada mañana la cultura del miedo y la “corrosión del carácter” que se debe inducir en el ciudadano medio.

I
El lenguaje de la macroeconomía apenas puede disimular las pulsiones casi sexuales de lo esotérico: agujero de capital, fondos de rescate, acoso de los mercados, agencias de calificación, activos tóxicos, especulación de derivados, bonos basura, créditos depredadores, prima de riesgo… A duras penas se disfraza el carácter de espectáculo darwinista que tiene la economía, como una dramatización televisiva de la vida animal, entre cebras y leones. ¿Vamos a limitarnos a pasar de la burbuja eufórica a la burbuja de la depresión suicida? Por lo pronto, una de las consecuencias de la crisis es que todos terminaremos hablando de economía. Con lo cual el cuerpo social no tendrá solución, puesto que todo cuerpo vivo, individual y colectivo, respira gracias a su no-saber, a un obrar que va por delante del conocimiento.

La política del miedo, sin la cual esta sociedad medial no sería nada, ha encontrado en la situación económica una veta que parece inagotable. La función de la crisis parece ser que la independencia individual se convierta en un entrañable recuerdo. Es como si se debiese mantener al público estresado en cada franja horaria para robarle cualquier posible distancia vital y crítica, impidiéndole ningún interruptor (de una velocidad invasora) que permita vivir algo aparte, pensar y decidir por cuenta propia. No ocurrirá, pero a veces parece que si este mundo se derrumbase sería porque nadie es capaz de desconectar la transmisión “en directo” de la crisis perpetua de lo real y permanecer a solas en sus estancias, en su casa, en sus campos. Es difícil que la ansiada “salida de la crisis” no tenga que comenzar por dejar de ocuparse continuamente de ella (en definitiva, forma maternal que toma el imperio) para volver al trabajo, a los seres queridos, a saborear la vida… Estamos lejos de eso. No sólo vivimos la resaca de una burbuja inmobiliaria, sino también en el rebufo de una burbuja informativa y cultural que ha logrado deconstruir toda referencia real. Tiene gracia que, particularmente en el caso español, el fanatismo de la movilidad haya encontrado en la inmovilidad del suelo y de la vivienda su carnaza privilegiada.

Hay otra cosa que también parece obvia, y lo es, aunque su obviedad amenaza con volverse opaca. La persecución de los casos personales de corrupción soez (y sabemos de esta misa todavía la mitad) amenaza con hacer invisible la corrupción estructural del sistema, esa que tiene en una inteligencia impersonal su eje. La globalización no sólo es inmoral, como se ha dicho, sino que es globalmente ineficaz, puesto que nunca ha sido otra cosa que la tapadera con que los fuertes disfrazan democráticamente su abuso de poder, el expolio al que someten a los pequeños. Es corrupto un orden económico basado en la especulación a distancia, en una complejidad donde se pierde tanto el referente de la riqueza real como el de la responsabilidad personal.

Un sistema basado en la expansión y en la circulación sin fin trasmite hoy la ilusión de falsa seguridad igual que mañana (tras una “distraída” declaración equívoca) transmite el pánico que desencadena una reacción en cadena. De ahí el papel crucial de las filtraciones: pero, igual que no existe el metalenguaje, tampoco hay un WikiLeaks para WikiLeaks. ¿Quién vigila a los vigilantes? La masa crítica del sistema está, por esto, a la vuelta de la esquina. La masificación imparable de la velocidad pone siempre a las puertas un posible “efecto mariposa”, un resultado potencialmente monstruoso a partir de cualquier alteración parcial. “Si hay un problema en Madrid, lo hay en Milwaukee” (Obama). Pero ¿quién, qué pueblo siente a la vez en los dos sitios? ¿Dios por fin existe? Esto se dice además cuando en España hay ya cinco millones de parados, no antes. Y hemos querido esto, hemos querido (por la derecha y por la izquierda) la cobertura impersonal que proporciona la expansión, el afán de lucro imperial y el reemplazo perpetuo. De aquellos polvos, estos lodos.

La crisis actual en la economía se parece bastante al colapso en el que entraría un cuerpo sometido a un chequeo perpetuo en 3D. Siguiendo el funcionamiento de los órganos en pantalla, a cualquiera le llega la crisis en cuestión de horas. La misma velocidad sin suelo que crea una burbuja de crecimiento ficticio, crea después la burbuja del pánico. Ya se ha comentado cien veces en otros sitios: a la sociedad de la mediación y la circulación perpetuas (esta es nuestra religión, con un dios sin figura) le está vedado el “término medio”. En otras palabras, no sólo la corrupción en nuestras sociedades está ligada a mil bolsas de opacidad (las primeras, en Wall Street y en los despachos globales). También la pasión pública y privada por la transparencia ha generado una corrupción estructural, una bolsa de opacidad que se confunde con el cuerpo social entero. Una de las causas de la crisis es la conversión de la globalidad en un gigantesco interior que alimentó la ilusión de que ya era posible cortar amarras con los límites y el secreto de la vida real. Sea ésta nacional o individual, pues, en efecto, una nación (con sus inevitables prejuicios) sólo es la metáfora colectiva de un individuo.

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