Aquel viaje me enseñó que ya nadie quería bailar conmigo. Lo
recuerdo como si fuese ayer. Entré al vagón y aferrado a uno de tantos hierros
fui testigo de la función: tres señores de bien ojeaban periódicos del día; dos
escandalosas quinceañeras coqueteaban con un desgarbado pelirrojo, una
quejicosa mujer presumía constantemente de sus achaques; la pareja de jóvenes
enamorados sonorizaban el lugar; una chica atractiva leía su libro de tapas
blancas; los dedos del muchacho trajeado recorrían su corbata impacientemente;
un pequeño sector posaba sus ojos sobre la pantalla de un móvil táctil;
mientras el resto del pasaje clavaba su mirada en un punto alejado del peligro.
En cada parada el convoy se detenía, dando paso a una breve
coreografía de movimientos rápidos, simultáneos y certeros, que permitía la
entrada en escena de nuevos actores, y la baja eventual de alguno de los
citados. Sin embargo yo, luciendo mi octogenaria sabiduría, lejos de la
agilidad de otros tiempos, permanecía de pie, parada tras parada, aferrado a
una barra vertical, como único chaleco salvavidas entre mares de indiferencia,
aprovechando que ésta carecía de cualquier empatía para poder ocupar otro
asiento.
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