Con el paso del tiempo, su menguante caminar le alejaba de
su puesto de trabajo. Pese a ello seguía estando cerca. Ahora, a dos años de
jubilarse, le separaban 2084 pasos. Cuando abrió la puerta de casa empezó la
cuenta atrás. Al llegar a la calle ya llevaba doscientos, luego todo recto
hasta el primer semáforo, y tras cruzarlo, guiado por un pitido intermitente,
alcanzó los mil. Giró a la izquierda, y con un alegre batir el bastón duplicó
los anteriores, justo a la altura del quiosco en el que saludaba a Elías,
coetáneo suyo en el barrio. Volvió a doblar la esquina sin esfuerzo, ahora a la
derecha, y afrontó la recta final.
Acercándose al puesto de cupones, llaves en mano, se topó
con un bullicio inusual, pero como era costumbre, lo primero era abrir el negocio.
Tal vez por ello, o por la acuciante ceguera con la que mantenía una fidelidad
inusitada desde hacía cincuenta años, no se percató del desencantado que desde
la cornisa de su décimo piso, sobre su cabeza, se disponía a dar un último
paso, con el cual, sin que ninguno de los dos lo planease, el drama resultó
Kafkiano.
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