"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Los hombres son eternos


Se reconoce en la miseria del reflejo desenfocado de su casa. En el pelo eterno que cae al suelo deseando escapar del cráneo sanguinario que los oprime. En los cráteres de sus arrugas, en los ojos hundidos en la piel con la órbita distraída y la mirada en marte. Pocos consiguen averiguar el color de los mismos, la mirada aniquila almas con el vacío de centro.

Las piernas muertas, esclavas del cuerpo desgastado y seco, hace tiempo que dejaron de prestar servicio. La casa de mil espejos esconde el cadáver, que respira, de las visitas incomodas. En las putas sin factura y las mujeres deshonestas encuentra el único consuelo que puede tener un fantasma, con el baile insinuante y el cuerpo desvirgado ante él. No siempre fue así, no siempre era un muerto. Aunque nadie le recuerda vivo.

Los viejos del vecindario cuentan que ya era viejo, los jóvenes confirman lo dicho. Confundido con vampiro o zombi, siempre estaba a la sombra del mundo. En el rincón donde los rayos no llegan y donde su piel fluorescente llama la atención de los curiosos. Sobre la piel mal curtida de un sillón medieval aguanta sin comida ni fuerza, esperando una visita que nunca llega. Acostumbrado a los insultos que le trae el viento, las palabras que los vecinos le regalan sin haber hablado con él, es un hombre arraigado en el asiento que lo sujeta.

Dicen que en algún momento abre su puerta aunque no se le ve. Asoma su calavera por el marco y observa la vida que hay fuera. Con las lágrimas en las presas de sus bolsas susurra –aún queda tiempo por matar- y cierra la puerta, volviendo al sillón que lo alimenta. Como Grey creen que tiene un pacto con el tiempo o el diablo, como Drácula creen que es eterno, ninguno piensa en el como hombre de mil años, aunque posiblemente los tenga.

Los hombres son eternos un periódico local escribió sobre él, a los días el cuerpo sin alma del periodista fue hallado también sin cabeza. Bajo su mano izquierda desde entonces dicen que descansan las ideas del mismo.

Una mujer rubia de treinta y nueve siglos, con los labios de negro y el vestido ajustado bajo una capa infinita, entra las noches de treinta y uno por la ventana de la cocina. No se oyen ruidos y escapa por la ventana del baño diez minutos después. –Adiós querida- es siempre la misma despedida del viejo encajado.

El secreto de su longevidad está siendo estudiado, nadie se explica cómo un hombre puede adelantar tortugas  como quien adelanta mosquitos. Una logia eclesiástica ha querido quemar la casa de vez en cuando lanzándose sobre ella con las antorchas encendidas, aunque en un segundo toda la calle quedaba a oscuras. En el laberinto de su salón, entre reflejos irregulares se esconde de los días y cree que así puede ganar a la vida.

La luz intenta buscarle a las siete de la mañana y a lo largo del día, su tez desgarbada y la barba de cinco años permanecen quietas en silencio esperando no ser vistas. Otros días, algunos comentan que se ha visto como dos pies corrían por la acera hasta meterse en una tubería o un callejón. El desmontable, los niños así lo conocen, es cuanto menos el hombre más envidiado de la calle.

Hoy es treinta y uno, estoy esperando a que llegue la mujer en la parte trasera de una furgoneta aparcada en la puerta del viejo milenario. Dicen que sabré quien es, que la reconoceré a la primera y que sea rápido, porque solo uno consigue hablarla y seguir hablando. La misión que tengo es clara, disparar rápido el flash y acelerar. Con suerte podré llegar a la autopista sin que me vea.

Diario del señor Greg 31/1/14:

Los espejos están colocados, buena dirección la misma que en el cincuenta y nueve. No se esperara este nuevo movimiento hacia atrás. Quedan quince minutos para que venga, la luna empieza a teñirse, ya mismo está aquí. La raíz del muslo empieza a molestar, mañana tengo que cortármela. Hay una furgoneta en la puerta, lleva hay cinco días, se le habrá olvidado a alguien.

La calle esta en silencio, el espejo de la cocina me dará su  primer reflejo. Desde ese momento en silencio a sonreír y mirar, sus envestidas solo duran diez minutos, tengo más tiempo. 


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