“Fui con ella a donde me guiaba, y no sabría decir por dónde, pues iba poseído por el miedo. Le dije:
- Yo no veo señas de la muerte, porque a ella nos la pintan con unos huesos descarnados y con su guadaña.
Paróse y me respondió:
- Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los vivos. Esos huesos son el dibujo sobre que se labra el cuerpo del hombre; la muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertes de vosotros mismos; la calavera es el muerto y la cara es la muerte y lo que llamáis morir es acabar de morir y lo que llamáis nacer es empezar a morir y lo que llamáis vivir es morir viviendo. […] Pensáis que es huesos la muerte y que hasta que veáis venir la calavera y la guadaña no hay muerte para vosotros, y primero sois calavera y huesos que creáis que lo podéis ser.”
- Francisco de Quevedo, El Sueño de la Muerte, 1622
Existe una variedad de maneras de ver el mundo que nos rodea: desde la visión romántica y fatalista del cristianismo, hasta el frío y deshumanizado racionalismo; pasando por el agnosticismo, que ni acaba de convencerse de la terrible libertad, ni tampoco aprueba la idea del total determinismo de los que se someten a su Dios, espiritual o tecnológico. Pero aún toda las mentes de la humanidad no han sido capaces de crear un mundo completamente racional: la misma física admite la probabilidad en los cálculos. Ni siquiera los matemáticos se ponen de acuerdo en los grados del triángulo; a veces la realidad demuestra regirse por leyes que, si existen, se alejan de todo razonamiento frío y calculado.
Uno de estos episodios capaces de sembrar la duda en el más cientifista ocurrió hace poco tiempo: un grupo de bioquímicos, en sus estudios sobre los niveles de concentración de algunas sustancias en las neuronas en determinados momentos, se encontraron con algo que, sencillamente, no puede explicar nadie que sea sólo bioquímico.
La DMT, dimetiltriptamina, es una molécula orgánica que constituye el alucinógeno más potente conocido. Las neuronas la segregan en pequeñas cantidades mientras dormimos. Se desconoce con exactitud su función, pero se supone de capital importancia para el sueño. Así que ese compuesto, mucho carbono, hidrógeno y algo de nitrógeno, es lo que hace que soñemos. Es increíble que la causa verdadera del sueño, de toda su complejidad y realidad fascinante, venga a resumirse en carbón y aire mezclados. Pero más increíble fue lo que los se descubrió en estudios posteriores.
El sueño es algo impresionante. Se pueden soñar horas de vida en pocos segundos de sueño; podríamos soñar toda la obra de Calderón de la Barca en una noche. El sueño abriga algo de eternidad. Existe un tópico literario llamado “Somnium, imago mortis”, que quiere decir “Sueño, imagen de la Muerte”. Expresa esa visión intuitiva e inocente del sueño, que con su aparente quietud y calma, nos recuerda lo que todos tememos; en la forma, quizás, en que más ansiamos: la Muerte. La Muerte, que tiene tantos vestidos, y todos horribles. La Muerte, a quien todos pretendemos ignorar y cuya sola cercanía basta para hundirnos en ella, como la imagen de la llama fascina y parece invitarnos a tocarla, y quemarnos. Pues bien, se ha descubierto que cuando más DMT segregan las neuronas, y en esta ocasión se ahogan en él, es cuando vamos a morir.
Cuando vamos a morir. Precisamente cuando necesitamos toda nuestra lucidez y fuerza para evitarla, de huir a la vida. Y justo entonces nuestro cuerpo nos traiciona. Un cerebro que ha sido producto de miles de millones de años del azaroso viaje y desarrollo del Universo, viene a fallarnos, a mentirnos; a obligarnos, al mismo final del camino, a rendirnos ante nuestro enemigo más antiguo y terrible.
¿Por qué?
Porque quizás el Universo, en todo este tiempo, ha entendido algo: la Muerte es un destino demasiado oscuro, demasiado triste, para que venga mientras estamos conscientes. Por eso cuando nuestro cerebro, nuestro más viejo compañero, sabe que la muerte es inevitable, nos hace un último favor: nos tapa los ojos mientras la nada reclama lo que es suyo. Nos regala segundos de eternidad, al borde del final.
Y mientras todas las luces se apagan, y el tiempo impone su brutal ley, soñamos.
Soñamos que viviremos por siempre.
Soñamos, por última vez.
Dicebant
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"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.
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