Siendo sincera, llevo horas dándole vueltas a cómo
empezar esta entrada y al tema que voy a tratar, y no he sacado nada en claro…
Bueno, miento. Hay una palabra que resalta sobre todas las demás y no sé por
qué: tiempo.
¿Qué es el tiempo? Es una medida concebida para marcar nuestra
existencia, para marcar el transcurso de nuestra vida sin desorientarnos ni
perdernos en el intento. Ya sea un segundo, una hora o un año, el tiempo es
aquello que hace que nuestra vida avance, aquello que nos dice que no podemos
volver atrás, a X situación, a X momento.
¿Volver atrás, eh? ¿Cuántos de vosotros habéis deseado volver atrás
para cambiar cierto pensamiento o cierta manera de actuar? Supongo que, si no
lo habéis hecho todos, al menos la mayoría de los que leáis esto lo habréis
querido alguna vez, habréis querido hacer las cosas de otra manera por miedo al
qué dirán, a las repercusiones o, ¡qué sé yo!, incluso por miedo al sentimiento
de culpa porque le hayamos podido hacer daño a alguien…
Culpa… Sí, hombre, ese sentimiento que hace que nos
sintamos mal, tristes e incluso desamparados; ese sentimiento provocado por
nuestra tan amada conciencia que hace que nos percatemos de que, quizás (o
seguramente, dependiendo del grado de culpabilidad que esté presente en
nuestras entrañas), le hayamos podido hacer daño a alguien, posiblemente a
alguien a quien queramos o, al menos, que nos importe; ese sentimiento que hace
que de nuestra boca salga una de las expresiones más duras de decir o, incluso, de oír para mucha gente: lo siento… ¿Ya
sabéis de qué os hablo, no?
Pedir perdón… Algo que creo que nunca seré capaz de entender es
por qué hay gente a la que le cuesta tanto decirlo, ponerse, por un momento, en
la piel de la otra persona para ver qué ha podido sentir con nuestro acto o con
nuestras palabras; ni por qué hay gente que lo dice tantas veces que hasta
consigue que pierda el sentido… Creo que me centraré en la primera clase de
personas.
Yo pienso que, cuando alguien te importa realmente y
sabes, crees o intuyes que le has podido hacer daño, decir esas dos palabras
mágicas no debería ser un problema. Con esto no pretendo insistir en el hecho
de que esté bien decirlo por decir, no, me refiero a que, si haces daño a
alguien a quien aprecias, ponerte, durante un instante, un minuto o dos de tu
vida, en el lugar de esa otra persona para poder ver el daño que has causado e
intentar remediarlo, no debería costarnos, debería salirnos de forma
automática (y sí, hablo en primera persona del plural porque creo que aquí ni
yo estoy libre de pecado). Un simple, o complejo, según se mire, lo siento, tras ponerse en esa situación,
puede ayudar a que el sentimiento de culpa, del que más arriba he hablado,
desaparezca; pero, además, puede significar un gran alivio, un gran “sentirse
mejor”, para la otra persona, ya sea más comprendido, escuchado o, también,
querido.
No sé si estoy desvariando, que será lo más
probable, o no, pero, para acabar, quiero dejar claras dos cosas:
- Hagamos todos un esfuerzo por ponernos en el lugar
de esa otra persona, por medir nuestras palabras o actos para evitar ese
posible daño e, incluso, hagamos todos un esfuerzo por querer más y mejor a los
de nuestro alrededor.
- Lo siento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario