"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

miércoles, 14 de marzo de 2012

DIGITOS Y MASCOTAS II



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Al mismo tiempo, hay que decirlo, comparada con la memoria, con la imaginación o el pensamiento, la tecnología es siempre engorrosamente lenta, confusa, equívoca, precaria. Cambia óntico por optico, Benjamin por Benjamín, Lutero por Lucero, Snyder por Zinder. Ya lo decía Kasparov: la máquina es idiota, está llena de silicio, circuitos y multinúcleos. Parodiando a Apollinaire se podía decir: ¡Tan lenta la tecnología, tan violento el deseo! Sólo nos queda el sentido del humor, también analógico, para que esa diferencia no nos amargue, no nos convierta en fanáticos. Entonces, ¿se podría decir que la “rapidez” de la tecnología está ahí para habituarnos a la fatalidad de lo complejo, a la lentitud en lo real? Sí, la rapidez de las conexiones es la cara externa de la inmovilidad de las vidas. No olvidemos además que la informática, como oferta de consumo, nació para reintegrar la dispersión urbana posterior a los años sesenta. Conectar la dispersión analógica, una soltería masiva. Los tiempos actuales no vienen del bíblico “Dispersaos y poblad la tierra”, sino del laico y puritano: Dispersaos, abandonad el prójimo y la tierra.

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De cualquier modo, delegar en la lejanía es delegar en el poder esotérico que la gobierna. Todo lo que sea hoy apostar anímicamente por lo virtual significa mañana ceder a la balcanización real del mundo. Aislamiento y conexión: éste es el mandato. Ya Heidegger comentaba que si el emblema “América” triunfa es porque captura lo europeo por dentro, en esta dialéctica de muda separación existencial y espectáculo social externo. Estamos pues en el reino de la represión multicolor, detenidos por una multiplicidad a la carta. Somos tan libres que no podemos elegir nada ni comprometernos con nadie. Es la ventaja política de la tabla de surf frente a los antiguos, aburridos y paternales muros. De paso que cabalgas tu ola alimentas la espuma que nos mantiene a flote, pegados unos contra otros para que a nadie le toque el frío. Como dicen unos pensadores del país vecino, esta sociedad está cohesionada por una miríada de átomos que huyen de su soledad existencial. Personalización de masa. Es como una gigantesca central térmica alimentada por un mar de lágrimas siempre a punto de desbordarse.

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Después de la división del trabajo, la división del ocio. Lo grave no es que la profesión, el estudio, el lenguaje o la decisión resulten seriamente dañados por esta nueva secta masiva. Por el contrario, la primera víctima es el “tiempo libre”, el ocio que es la madre de todos los “vicios”; sobre todo, del vicio de vivir. Es el propio “tiempo muerto” que está en el centro de la vida, el que permite una distancia con el mandato social de actualidad, el que resulta violado si uno se hace tecno-dependiente. Entre ocupación y ocupación el tiempo también debe estar ocupado. Esta es la gran oferta del entretenimiento, que no haya silencio: no vayamos a escuchar voces. En suma, de la experiencia intransferible de los límites no debe brotar ninguna decisión que pueda subvertirnos. Por eso todos los símbolos de la parada, del amor a la mirada, están bajo sospecha y los ciudadanos deben parecer tener una vida tan fluida como la comunicación. Mañana, además, pueden ser famosos. La fama, la popularidad es el modo ideal de aislamiento. Moverse, emitir, conectar, interactuar todo el día es la gran solución para no recibir nada, para que nada entre en nosotros. La interactividad es la mejor protección. Nos libra de sufrir nuestra patética pasividad, de las preguntas que brotarían de nuestras zonas de sombra. Es una oferta endiablada, pues sin sombra el individuo no es nada. Sin un diálogo con su miedo el hombre no es nada, un esclavo rendido, apenas una cifra entre cifras.

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De ahí que la expansión inteligente de las pantallas vaya emparejada con un misterioso enmudecimiento del prójimo. Pantallas táctiles para humanos toscamente analógicos. ¿Analógicos de qué, si cualquier escena primitiva se ha hecho borrosa y es difícilmente recuperable? Analógicos de su identidad reconocible. La manida “infantilización” de la sociedad es un truco genial de los adultos. Peor aún, de la senilidad estructural que nos rodea, ya que con tal infantilización la sociedad consigue una huida generalizada del principio de realidad. La malla tecnológica, sobre todo, consigue entretener indefinidamente a los más jóvenes, de donde podía venir un cambio. Al individuo, joven o no, se le regala una infinita libertad de expresión para que se agote con bobadas y, llegado el caso, acepte sin más el “trágala” existencial, laboral y vital que le espera. Es una forma masiva de crear mascotas del sistema. Las múltiples redes representan una especie de onanismo obligatorio, una descarga instantánea de presión que nos permite ser buenos empleados del dios de la época, la sociedad. Ni siquiera trabajamos para la Reina de Inglaterra o Mr. Zuckerberg, que ya sería algo, sino para el cuerpo acéfalo de la sociedad que promete clonarnos. De paso que compartimos toda clase de procacidades, y una crisis espectacular, alimentamos la máquina que nos mantiene artificialmente con vida. Nuestra histeria antivitalista toma entonces este aspecto überfashion, muscular, radiante.

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Es una mentira política, que algunos activistas se han tragado, decir que fenómenos como el 15M ha surgido gracias a las redes. Han surgido gracias a la tecnología punta de la decisión, la que brota de una situación, a veces rayana en lo intolerable. Sin lo intolerable-real, la condición mortal, no somos nada. Gracias a que algunos, desafiando la burbuja digital que nos enreda, se atrevieron a volver a la ley de la gravedad, a tomar la decisión (infinitamente sofisticada) de ser fieles a la presencia real y capturar una sola idea en su engañosa complejidad, es posible que de vez en cuando ocurra algo. En una relación analógica con el deseo real estriba la violencia de todo lo que consigue romper el cerco de la publicidad, sea una escritora o un movimiento político. Es necesario usar siempre los instrumentos disponibles, una tecnología punta que cada época sirve al hombre. Pero los medios tecnológicos, tanto en Unamuno como en Malcolm X, tanto en Moore como en Teresa de Calcuta, representan sólo el conjunto de condiciones limitantes que hay que asaltar y atravesar para crear algo nuevo. Algo que es real porque aparece por fuera, afuera de los confortables interiores que nos fabricamos. La “aldea global” es más aldea que otra cosa. La globalidad es el nombre que hoy le damos al retiro, a un enclaustramiento doméstico que siempre ha sido inducido por el poder reinante. A su manera, ya lo decía Franco: “Hagan como yo, no se metan en política”.

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¿Es necesario volver a la clandestinidad? Sí, aceptar lo espectral como nuestro fondo analógico. Pero no necesariamente al modo clásico, que nos permite ser localizados fácilmente como nostálgicos o reactivos. Necesitamos, creo, una clandestinidad integrada en este imperativo de transparencia que nos rodea. Desde ese agujero negro, necesitamos simular la simulación. Ésta es una primera tarea existencial y política. Como comentaba un autor tristemente célebre, nunca ha sido más fácil liberarse, escapar de esta prisión de paredes traslúcidas. Basta con dejar de comunicar, interrumpir todos los canales de comunicación y escuchar el rumor de lo que late en medio, en el aura de la cercanía. Esto es compatible, o casi, con parecer “normales”. Tenemos dos manos, dos hemisferios cerebrales: ¿por qué no usarlos? Ni siquiera es necesario que uno sepa exactamente qué esta haciendo el otro. La mano que mece la tecnología social está garantizada. Lo que a veces parece en vías de extinción es lo otro, una buena relación con el diablo de lo que la opinión pública llama atraso.



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