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Al
mismo tiempo, hay que decirlo, comparada con la memoria, con la
imaginación o el pensamiento, la tecnología es siempre
engorrosamente lenta, confusa, equívoca, precaria. Cambia
óntico por optico, Benjamin por Benjamín, Lutero por
Lucero, Snyder por Zinder. Ya lo decía Kasparov: la
máquina es idiota, está llena de silicio, circuitos y multinúcleos.
Parodiando a Apollinaire se podía decir: ¡Tan lenta la tecnología,
tan violento el deseo! Sólo nos queda el sentido del humor, también
analógico, para que esa diferencia no nos amargue, no nos convierta
en fanáticos. Entonces, ¿se podría decir que la “rapidez” de
la tecnología está ahí para habituarnos a la fatalidad de lo
complejo, a la lentitud en lo real? Sí, la rapidez de las
conexiones es la cara externa de la inmovilidad de las vidas. No
olvidemos además que la informática, como oferta de consumo, nació
para reintegrar la dispersión urbana posterior a los años sesenta.
Conectar la dispersión analógica, una soltería masiva. Los tiempos
actuales no vienen del bíblico “Dispersaos y poblad la tierra”,
sino del laico y puritano: Dispersaos, abandonad el prójimo y la
tierra.
7
De
cualquier modo, delegar en la lejanía es delegar en el poder
esotérico que la gobierna. Todo lo que sea hoy apostar anímicamente
por lo virtual significa mañana ceder a la balcanización real del
mundo. Aislamiento y conexión: éste es el mandato. Ya Heidegger
comentaba que si el emblema “América” triunfa es porque captura
lo europeo por dentro, en esta dialéctica de muda separación
existencial y espectáculo social externo. Estamos pues en el reino
de la represión multicolor, detenidos por una multiplicidad a la
carta. Somos tan libres que no podemos elegir nada ni comprometernos
con nadie. Es la ventaja política de la tabla de surf frente a los
antiguos, aburridos y paternales muros. De paso que cabalgas tu ola
alimentas la espuma que nos mantiene a flote, pegados unos contra
otros para que a nadie le toque el frío. Como dicen unos pensadores
del país vecino, esta sociedad está cohesionada por una miríada de
átomos que huyen de su soledad existencial. Personalización de
masa. Es como una gigantesca central térmica alimentada por un mar
de lágrimas siempre a punto de desbordarse.
8
Después
de la división del trabajo, la división del ocio. Lo grave no es
que la profesión, el estudio, el lenguaje o la decisión resulten
seriamente dañados por esta nueva secta masiva. Por el
contrario, la primera víctima es el “tiempo libre”, el ocio que
es la madre de todos los “vicios”; sobre todo, del vicio de
vivir. Es el propio “tiempo muerto” que está en el centro de la
vida, el que permite una distancia con el mandato social de
actualidad, el que resulta violado si uno se hace tecno-dependiente.
Entre ocupación y ocupación el tiempo también debe estar ocupado.
Esta es la gran oferta del entretenimiento, que no haya silencio: no
vayamos a escuchar voces. En suma, de la experiencia intransferible
de los límites no debe brotar ninguna decisión que pueda
subvertirnos. Por eso todos los símbolos de la parada, del amor a la
mirada, están bajo sospecha y los ciudadanos deben parecer tener una
vida tan fluida como la comunicación. Mañana, además, pueden ser
famosos. La fama, la popularidad es el modo ideal de aislamiento.
Moverse, emitir, conectar, interactuar todo el día es la gran
solución para no recibir nada, para que nada entre en
nosotros. La interactividad es la mejor protección. Nos libra de
sufrir nuestra patética pasividad, de las preguntas que brotarían
de nuestras zonas de sombra. Es una oferta endiablada, pues sin
sombra el individuo no es nada. Sin un diálogo con su miedo el
hombre no es nada, un esclavo rendido, apenas una cifra entre cifras.
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De
ahí que la expansión inteligente de las pantallas vaya emparejada
con un misterioso enmudecimiento del prójimo. Pantallas táctiles
para humanos toscamente analógicos. ¿Analógicos de qué, si
cualquier escena primitiva se ha hecho borrosa y es difícilmente
recuperable? Analógicos de su identidad reconocible. La manida
“infantilización” de la sociedad es un truco genial de los
adultos. Peor aún, de la senilidad estructural que nos rodea, ya que
con tal infantilización la sociedad consigue una huida generalizada
del principio de realidad. La malla tecnológica, sobre todo,
consigue entretener indefinidamente a los más jóvenes, de
donde podía venir un cambio. Al individuo, joven o no, se le regala
una infinita libertad de expresión para que se agote con bobadas y,
llegado el caso, acepte sin más el “trágala” existencial,
laboral y vital que le espera. Es una forma masiva de crear mascotas
del sistema. Las múltiples redes representan una especie de onanismo
obligatorio, una descarga instantánea de presión que nos permite
ser buenos empleados del dios de la época, la sociedad. Ni siquiera
trabajamos para la Reina de Inglaterra o Mr. Zuckerberg, que ya sería
algo, sino para el cuerpo acéfalo de la sociedad que promete
clonarnos. De paso que compartimos toda clase de procacidades, y una
crisis espectacular, alimentamos la máquina que nos mantiene
artificialmente con vida. Nuestra histeria antivitalista toma
entonces este aspecto überfashion, muscular, radiante.
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Es
una mentira política, que algunos activistas se han tragado, decir
que fenómenos como el 15M ha surgido gracias a las redes. Han
surgido gracias a la tecnología punta de la decisión, la que brota
de una situación, a veces rayana en lo intolerable. Sin lo
intolerable-real, la condición mortal, no somos nada. Gracias a que
algunos, desafiando la burbuja digital que nos enreda, se atrevieron
a volver a la ley de la gravedad, a tomar la decisión (infinitamente
sofisticada) de ser fieles a la presencia real y capturar una sola
idea en su engañosa complejidad, es posible que de vez en cuando
ocurra algo. En una relación analógica con el deseo real estriba la
violencia de todo lo que consigue romper el cerco de la
publicidad, sea una escritora o un movimiento político. Es necesario
usar siempre los instrumentos disponibles, una tecnología punta que
cada época sirve al hombre. Pero los medios tecnológicos, tanto en
Unamuno como en Malcolm X, tanto en Moore como en Teresa de Calcuta,
representan sólo el conjunto de condiciones limitantes que hay que
asaltar y atravesar para crear algo nuevo. Algo que es real porque
aparece por fuera, afuera de los confortables interiores que
nos fabricamos. La “aldea global” es más aldea que otra
cosa. La globalidad es el nombre que hoy le damos al retiro, a un
enclaustramiento doméstico que siempre ha sido inducido por el poder
reinante. A su manera, ya lo decía Franco: “Hagan como yo, no se
metan en política”.
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¿Es
necesario volver a la clandestinidad? Sí, aceptar lo espectral como
nuestro fondo analógico. Pero no necesariamente al modo clásico,
que nos permite ser localizados fácilmente como nostálgicos o
reactivos. Necesitamos, creo, una clandestinidad integrada en
este imperativo de transparencia que nos rodea. Desde ese agujero
negro, necesitamos simular la simulación. Ésta es una primera tarea
existencial y política. Como comentaba un autor tristemente célebre,
nunca ha sido más fácil liberarse, escapar de esta prisión de
paredes traslúcidas. Basta con dejar de comunicar, interrumpir todos
los canales de comunicación y escuchar el rumor de lo que late en
medio, en el aura de la cercanía. Esto es compatible, o casi, con
parecer “normales”. Tenemos dos manos, dos hemisferios
cerebrales: ¿por qué no usarlos? Ni siquiera es necesario que uno
sepa exactamente qué esta haciendo el otro. La mano que mece la
tecnología social está garantizada. Lo que a veces parece en vías
de extinción es lo otro, una buena relación con el diablo de lo que
la opinión pública llama atraso.
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