"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Dígitos y Mascotas (Parte 1)


Números y animalitos, qué gran tema para una tesis doctoral si la Universidad no estuviera tan ocupada. ¿Ocupada en qué?: tras mil miserias burocráticas, ocupada en la ocupación, después volvemos sobre ello. Mientras tanto, las cifras se ponen al servicio de lo doméstico, del útero parroquial. Las mascotas encarnan el ideal que querríamos para los humanos: pequeñas víctimas mudas que son protegidas, seres obedientes que tienen vida propia y a la vez duplican nuestras manías. Y no lo olvidemos, para jóvenes y mayores, se trata de juguetes de sangre caliente que hacen compañía. Las mascotas llenan con un simulacro de vida la desolación en que ha quedado un hogar vaciado por el cálculo, por la seguridad que la invasión de cifras representa. Preferimos limpiar los excrementos de un perrito que arriesgarnos a una relación humana que ponga en duda nuestra sacrosanta estabilidad. Perros y gatos prolongan nuestro narcisismo en algo que es nuestro, pero a la vez es una especie de otro que hace compañía y requiere atenciones. Veterinario, alimentación, peluquería, parque: los animales domésticos, es sabido, fomentan el consumo y la relación social casi tanto como los niños. Pero ocurre que la mitad del prójimo, infancia incluida, ya es sospechosa. De manera que la dulce mamá que adora a su perrito es capaz de pasarse horas ante el televisor viendo cómo, a bajo coste, seres humanos se despellejan en vivo. ¿Se exagera entonces cuando se dice que el culto a los animales ha crecido en paralelo a la bestialización de los humanos? Una animalización, por descontado, informatizada y perfectamente democrática.

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Somos, pues, las mascotas de la crisis como última forma mundial de gobierno. Para confirmarlo está la conectividad total de la nanotecnología, esas otras mascotas de sangre fría que nos prolongan y hacen confortable el aislamiento. En ellas, con una fatalidad difícilmente evitable (el medio infinito es el mensaje), el uso empuja al abuso. Es conocido el caso de adolescentes que van al campo y al cabo de veinte minutos están conectados con su BlackBerry o su iPhone con otros compañeros que también están en el campo. La tarifa plana de What’s app dice algo de la nulidad de la comunicación, esa planicie fluida de una cháchara que logra poblaciones obedientes, desahogadas antes de pasar a ninguna acción. Además, igual que el dinero llama al dinero, un chat lleva a otro. La comunicación siempre está encendida, nunca “comunica”. Y como te pasas el día comunicando las idioteces que antes se reservaban para la viveza de la conversación, cuando al fin la joven se encuentra con otra no tiene literalmente nada que decirle. Así que vuelve a conectarse con otros, ignorándose todos en la misma mesa.

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Se consigue de este modo que el ser humano no esté literalmente en ningún sitio, no se comprometa con ninguna situación, pues todas son infinitamente moduladas, fragmentadas. De ahí la violencia de baja intensidad que se respira en un aula media, pues todo el mundo está a su bola mientras el profesor habla mirando al infinito. Seguridad low cost es lo que promete la tecnología que por todas partes se nos sirve. En definitiva, una seguridad envenenada, pues te preserva (como la industria de conservas) al precio de aislarte. Quizás la máquina antigua no prometía ninguna salvación espiritual. Los dispositivos animados con inteligencia artificial nos tientan sin embargo con una delegación que afecta al alma misma. Lo grave no es que los idiomas (también el inglés) se destrocen con una simplificación donde la rapidez oculta la nadería, sino que se corroe el mismo pensamiento, que sólo puede alimentarse del “estrés” del exterior, de una presencia real que ahora se difumina en una atención flotante. El pensamiento y la memoria, pues los chicos de 14 años no recuerdan su pregunta dos minutos después de haber levantado la mano en un debate.

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¿La realidad virtual nos libra de la prisión que es para nosotros lo real? Sí, pero también en esto, dentro y fuera de clase, hay clases: de ello se encargan las marcas, de ropa y de móviles. Enseguida presiona la rivalidad, el nuevo clasismo “cuerpo a cuerpo” que generan las tecnologías de moda y su fama. Nadie puede quedarse atrás en esta carrera, tanto en la clase como en la empresa, bajo el riesgo de no estar al día, de ser un rancio o quedarse anticuado. No comunicar, no ligar, no ser popular es el precio del retraso. La rapidez divertida de la comunicación, su fluidez transparente convierte en inevitablemente aburrido y opaco al hombre de carne y hueso (no digamos ya los textos clásicos). ¿Se ha inventado la tecnología para que podamos despreciar correctamente al prójimo, para que nuestro racismo sea jovial? También para incentivar el maltrato hacia lo lento, lo complejo, lo oscuro o raro. Otro tema para una tesis doctoral: la relación entre las nuevas tecnologías digitales y el maltrato in situ.

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En jóvenes y mayores, se trata de librarnos del silencio, de no mantener ninguna relación con la vida por debajo de la circulación social y su canon informativo. ¿No es extraño, en medio de esta voracidad depredadora de los mercados, que un servicio sea gratis? ¿Por qué un monopolio iba a amarnos? Tarifa plana, pantallas planas, luces que parpadean entre humanos inescrutables. No es sólo que la publicidad se cuele en el medio, sino que resulta políticamente crucial que la gente, sobre todo la juventud, esté enredada y sedada con la “libertad de expresión”. Cuanto más libre la expresión, más vacío el pensamiento, que siempre se ha alimentado de las resistencias externas. Cuanto más aberrante sea la expresión, más tardará en aparecer la acción. De hecho, en Facebook le llamamos “actividades” a un simple narrar tu pasividad, tu interpasiva dependencia del medio. Prostitución de baja densidad.

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Otra cosa más, no menos divertida. La tecnología se ha convertido en parte del culto a las reglas, a la normativa. Será posible la piratería, pero antes tienes que aprender a manejar un programa, echar horas, tener paciencia para manejarte en la maraña de contraseñas, hacking y nuevas aplicaciones. ¿El saber no ocupa lugar, un saber no desaloja a otro? Entonces, ¿por qué los jóvenes enganchados a las redes tienen ese aire ausente en la cercanía? (¿Si el saber no ocupa lugar por qué Bolonia barema las horas de trabajo doméstico?). Tienes que avanzar a través de claves, pestañas, opciones, portales, sitios, carpetas, ventanas: curiosamente, todos ellos nombres venerables. No hace falta ser muy mal pensado para suponer que la informática está endeudada a una libertadcombinatoria, entendida como una elección condicionada a un panel de opciones que se nos sirve. De ser así, la informática no facilita el ejercicio de una libertad que consista en crear una posibilidad no existente, ni que resulte de una mera mezcla de lo anterior. De hecho, por estar vinculada a la idolatría de lo social y normativo, con la tecnología (igual que con la norma) siempre nos sentimos enfalta, por detrás de su última renovación.

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