El poder lo contamina
todo, es tóxico. Es posible mantener la pureza de los principios mientras estás
alejado del poder. Pero necesitamos llegar al poder para poner en práctica
nuestras convicciones. Y ahí la cosa se derrumba, cuando nuestras convicciones se
enturbian con la suciedad del poder.
José de
Saramago
A menudo la mayor objeción contra entregar todo el poder a
una sola persona, supongamos incluso la más capaz, ha sido la idea de que la
posibilidad de control, de que el poder, corrompe. Alguien podría parecernos
apto y bondadoso, pero cuando se le concede poder sus actos se vuelven arbitrarios
y caprichosos.
Como cualquiera que pasa de un reglamento severo a la
permisión, al principio quien tenga poder se sentirá coartado. La nueva libertad
se palpa de manera tímida, es algo a lo que uno tarda en acostumbrarse. Pero la
libertad del poder absoluto, del fin de cualquier norma humana sobre nosotros,
parece tener un peso excepcional en la gente. Muy pocas veces en la historia se
ha dado el caso de una convicción tal que resistiese la tentación del poder,
que no modificara un ápice su conducta y maneras al llegar al control total; los
pocos casos han sido fanáticos radicales como Robespierre. No, la historia nos
ha mostrado que aquellos que llegan a una posición que concentra poderes, que
les permite romper cualquier ley y norma, han sido capaces de cometer los
peores crímenes; idealistas corrompidos o no, lo cierto es que el siglo pasado
quedó marcado por incontables muertes dictadas por tiranos ebrios de poder, que
gobernaban sin tolerar crítica alguna, y que imponían como ley su capricho.
¿Pero es acaso cierto todo esto? ¿Es posible que sea el
poder el que corrompa a la gente, que el poder sea en realidad la raíz del mal,
y que la represión social y la anarquía política sean la cura de esta
enfermedad?
¿O acaso el ser humano nace siendo una bestia corrupta, que
sólo espera el momento de poder para imponer su voluntad? ¿Es el poder un fin o
un medio?
Si al ser humano lo corrompe el poder, quiere decir que el
poder es algo malo, algo que debe ser eliminado. Al mismo tiempo resulta
evidente que es imposible evitar al poder. En todo momento, incluso al margen
del poder político, sobre todo ser humano existen fuerzas que ejercen una
enorme influencia en nuestro comportamiento. Sería estúpido limitar la
definición de poder a la visión de un dictador o de un rey; está claro que
nuestras decisiones las tomamos no sólo con el temor a la represión estatal,
sino también pensando en la represión social. En la autoridad de los padres, de
nuestra familia, en el peso de nuestros amigos en la vida; en la autoridad de
lo que se espera de nosotros. Cosas que podemos suponer, en comparación con la
imagen de fusilados y exterminados en campos de concentración, tan triviales
como sacar malas notas o fallar a algún amigo, son también factores que
determinan nuestra vida, nuestra forma de actuar, y cabe cuestionarse si menos
de lo que lo harían los caprichos de un dictador.
Quiero decir que el poder es algo inevitable. Nosotros
tenemos poder sobre nuestros amigos, y viceversa; los padres tienen poder sobre
nosotros, como sus padres lo tuvieron sobre ellos. Las normas y códigos que
rigen la sociedad tienen un poder casi absoluto sobre nosotros. Y si nos
liberasen, si nos dijesen que a partir de mañana ningún tribunal humano podrá
juzgarnos, ninguna ley tendrá efecto sobre nuestra voluntad; si nos aseguraran
que todos los seres humanos están obligados a someterse a nosotros, entonces,
¿qué seríamos capaces de hacer? ¿seguiríamos un camino “bueno” y gobernaríamos
respetando la moralidad vigente? Pero la sociedad ha hecho esas leyes y siendo
coherentes con la idea de que es el poder el que corrompe, ha hecho su
moralidad en base a lo que creen aquellos sin ningún poder aparente, a aquellos
más manipulados por el poder, corrompido.
Si el ser humano al nacer es un animal caprichoso y hasta
violento, ¿no quiere eso decir que el capricho es más innato, más humano, que
el sometimiento a las normas?
¿O acaso la represión es lo más humano? Pero si
la represión existe, implica la existencia de un poder, y ocurre que los que tiene poder están corrompidos…
¿Pero de verdad corrompe? ¿O es que el poder mismo tiene una
voluntad, al margen del que lo sostenga?
El capricho, el deseo violento, responde a la voluntad de la
misma Vida, de no mirar hacia delante ni hacia atrás; al instante. Y de hecho la
oposición a cualquier norma social puede encontrar su raíz en la negación del
futuro. El mundo hace leyes para garantizar que la sociedad pervivirá, pero nosotros
nacemos condenados a muerte. En nuestro interior arde un reprimido amor al
segundo, a querer y conseguir sin preocuparnos por el futuro, o más bien, por
la prevalencia en el tiempo. La supervivencia es una idea que es ella misma una
paradoja; la terrible verdad es que toda vida y existencia se conciben
condenadas a la nada. Pero bajo el reinado de la voluntad no existe el tiempo.
El capricho y el deseo que cumplen los que se han liberado son la antítesis de
la muerte. Si puedes hacer ahora o hacer mañana, ¿qué importa? De pronto
el terror más incrustado en nosotros desparece: no hay ninguna prisa. El
instante se alarga eternamente. Podemos hacer y deshacer cuando y cuanto queramos.
Podemos vivir sin someternos al futuro, sin estar obligados a obedecer a leyes
contra lo que es innato en nosotros. Sin estar siempre la sombra del tiempo, que
nos consume inexorablemente; y que no tiene por qué significar la muerte, su
tiranía también perpetra la frustración que sentimos cuando llegamos tarde.
Dicebant
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