"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 18 de marzo de 2012

La Voluntad del Poder


El poder lo contamina todo, es tóxico. Es posible mantener la pureza de los principios mientras estás alejado del poder. Pero necesitamos llegar al poder para poner en práctica nuestras convicciones. Y ahí la cosa se derrumba, cuando nuestras convicciones se enturbian con la suciedad del poder.
                                                                                                 José de Saramago


A menudo la mayor objeción contra entregar todo el poder a una sola persona, supongamos incluso la más capaz, ha sido la idea de que la posibilidad de control, de que el poder, corrompe. Alguien podría parecernos apto y bondadoso, pero cuando se le concede poder sus actos se vuelven arbitrarios y caprichosos.

Como cualquiera que pasa de un reglamento severo a la permisión, al principio quien tenga poder se sentirá coartado. La nueva libertad se palpa de manera tímida, es algo a lo que uno tarda en acostumbrarse. Pero la libertad del poder absoluto, del fin de cualquier norma humana sobre nosotros, parece tener un peso excepcional en la gente. Muy pocas veces en la historia se ha dado el caso de una convicción tal que resistiese la tentación del poder, que no modificara un ápice su conducta y maneras al llegar al control total; los pocos casos han sido fanáticos radicales como Robespierre. No, la historia nos ha mostrado que aquellos que llegan a una posición que concentra poderes, que les permite romper cualquier ley y norma, han sido capaces de cometer los peores crímenes; idealistas corrompidos o no, lo cierto es que el siglo pasado quedó marcado por incontables muertes dictadas por tiranos ebrios de poder, que gobernaban sin tolerar crítica alguna, y que imponían como ley su capricho.

¿Pero es acaso cierto todo esto? ¿Es posible que sea el poder el que corrompa a la gente, que el poder sea en realidad la raíz del mal, y que la represión social y la anarquía política sean la cura de esta enfermedad?
¿O acaso el ser humano nace siendo una bestia corrupta, que sólo espera el momento de poder para imponer su voluntad? ¿Es el poder un fin o un medio?

Si al ser humano lo corrompe el poder, quiere decir que el poder es algo malo, algo que debe ser eliminado. Al mismo tiempo resulta evidente que es imposible evitar al poder. En todo momento, incluso al margen del poder político, sobre todo ser humano existen fuerzas que ejercen una enorme influencia en nuestro comportamiento. Sería estúpido limitar la definición de poder a la visión de un dictador o de un rey; está claro que nuestras decisiones las tomamos no sólo con el temor a la represión estatal, sino también pensando en la represión social. En la autoridad de los padres, de nuestra familia, en el peso de nuestros amigos en la vida; en la autoridad de lo que se espera de nosotros. Cosas que podemos suponer, en comparación con la imagen de fusilados y exterminados en campos de concentración, tan triviales como sacar malas notas o fallar a algún amigo, son también factores que determinan nuestra vida, nuestra forma de actuar, y cabe cuestionarse si menos de lo que lo harían los caprichos de un dictador.
Quiero decir que el poder es algo inevitable. Nosotros tenemos poder sobre nuestros amigos, y viceversa; los padres tienen poder sobre nosotros, como sus padres lo tuvieron sobre ellos. Las normas y códigos que rigen la sociedad tienen un poder casi absoluto sobre nosotros. Y si nos liberasen, si nos dijesen que a partir de mañana ningún tribunal humano podrá juzgarnos, ninguna ley tendrá efecto sobre nuestra voluntad; si nos aseguraran que todos los seres humanos están obligados a someterse a nosotros, entonces, ¿qué seríamos capaces de hacer? ¿seguiríamos un camino “bueno” y gobernaríamos respetando la moralidad vigente? Pero la sociedad ha hecho esas leyes y siendo coherentes con la idea de que es el poder el que corrompe, ha hecho su moralidad en base a lo que creen aquellos sin ningún poder aparente, a aquellos más manipulados por el poder, corrompido.
Si el ser humano al nacer es un animal caprichoso y hasta violento, ¿no quiere eso decir que el capricho es más innato, más humano, que el sometimiento a las normas?
¿O acaso la represión es lo más humano? Pero si la represión existe, implica la existencia de un poder, y ocurre que los que tiene poder están corrompidos…

¿Pero de verdad corrompe? ¿O es que el poder mismo tiene una voluntad, al margen del que lo sostenga?

El capricho, el deseo violento, responde a la voluntad de la misma Vida, de no mirar hacia delante ni hacia atrás; al instante. Y de hecho la oposición a cualquier norma social puede encontrar su raíz en la negación del futuro. El mundo hace leyes para garantizar que la sociedad pervivirá, pero nosotros nacemos condenados a muerte. En nuestro interior arde un reprimido amor al segundo, a querer y conseguir sin preocuparnos por el futuro, o más bien, por la prevalencia en el tiempo. La supervivencia es una idea que es ella misma una paradoja; la terrible verdad es que toda vida y existencia se conciben condenadas a la nada. Pero bajo el reinado de la voluntad no existe el tiempo. 
El capricho y el deseo que cumplen los que se han liberado son la antítesis de la muerte. Si puedes hacer ahora o hacer mañana, ¿qué importa? De pronto el terror más incrustado en nosotros desparece: no hay ninguna prisa. El instante se alarga eternamente. Podemos hacer y deshacer cuando y cuanto queramos. Podemos vivir sin someternos al futuro, sin estar obligados a obedecer a leyes contra lo que es innato en nosotros. Sin estar siempre la sombra del tiempo, que nos consume inexorablemente; y que no tiene por qué significar la muerte, su tiranía también perpetra la frustración que sentimos cuando llegamos tarde.

                                                                                                                 Dicebant

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