"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 10 de junio de 2012

Sísifo

Nació una vez un hombre en algún lugar del mundo. No en cualquier sitio, en un país como éste; como este país en que vivimos, o como tantos otros donde se viene a vivir igual.
Este hombre no tenía nada de particular ni especial: era tan sólo uno más de los más de tres mil quinientos millones de hombres sobre el planeta; nunca había sido ningún genio, ni sería recordado por su carácter o su físico. Con todo, no le haría justicia decir que era feo, tonto o friki. Simplemente, era uno del montón. Y ya está.

Su vida no tuvo demasiado de única e irrepetible. Está claro que ninguna persona vivirá exactamente la misma vida que otra, pero si alguien en algún lugar fuera capaz de leer la vida de este hombre, minuto a minuto, desde la cuna a la muerte, no le parecería nada del otro mundo. Tampoco demasiado aburrida. Sencillamente, una vida de entre tantas que vienen a vivirse igual.
Como todo ser humano que llegue al par de décadas de existencia, conoció muchas cosas este hombre. Conoció sentimientos y cosas así; sobre todo decepción. Pero tampoco esto lo hace único. Nadie conoce nada sin conocer el dolor. Y por supuesto hubo cosas buenas. De vez en cuando. Pero en fin, la memoria ya se encarga de reprimir y de arreglarnos el pasado. No es que diga que este pobre chico estuviese traumado por una vida terrible; era una memoria de tantas otras, como la de cualquier otro, encargada de hacer parecer a lo malo algo lejano y nimio; de magnificar y acercar lo bueno. No es esto nada particular; básicamente lo que hace cualquier cerebro sano.

No, nada de esto era lo que hace que esta historia esté hoy escrita.

El caso es que un día éste hombre que no tenía nada de especial. O mejor dicho, este chico que no tenía nada de especial, porque era más bien joven, se dio cuenta de una cosa: cada vez que hacía algo mal, la vida lo castigaba de manera cruel, represiva, desproporcionada. La vida estaba siendo sádica con él.

Por ejemplo, en una ocasión estaba cenando con una chica. Las intenciones de nuestro joven eran evidentes; las de ella no tanto. En el pasado, él había hecho una cosa que le había hecho creer a la chica que era patético, triste, deprimente; no me malinterpreten: no era más patético de lo que lo es el individuo medio, que ya es decir. Es sólo que él se había mostrado débil, por así decirlo. Y en la mente de la susodicha se había grabado para siempre una primera impresión que era de un chico, simplemente, débil. La compasión a menudo se confunde con el Amor.
Así que, después de una cena entretenida pero olvidable, nuestros dos jóvenes se levantaron de la mesa, sin tocarse, salieron del local y se despidieron con un beso, en la mejilla. Huelga decir que jamás volvieron a salir juntos. Lo cual tampoco es que fuera para tanto, teniendo en cuenta que él dejó de hablarle a ella.
Sería muy fácil lanzarse a criticar y juzgar este comportamiento, pero es algo normal cometer estupideces cuando se está enamorado.
Poco después ella se fue, y nunca volvió a verla. Duele el amor difícil, pero es ya algo indescriptiblemente cursi y triste el imposible.

Éste fue sólo un episodio, algo cursi, de tantos otros que le ocurrieron. De una forma u otra, es uno de los dramas de la Humanidad, nada único realmente. Pero sí fue la chispa que prendió la duda.

En otra ocasión, éste joven había decidido que era mejor no visitar a su abuela porque tenía que estudiar. Había ido a visitarla en su casa algo aislada, en mitad del campo y cerca de un pueblucho; la viejecilla estaba en las últimas, pero los exámenes finales sólo estaban a una semana. Sus padres le dieron a elegir entre tres días ayudando a cuidar a su abuela o quedarse en la ciudad y estudiar. Eligió estudiar. Nunca más volvió a verla. Tampoco es que la quisiera demasiado, pero la Muerte es algo siempre inquietante.

Una vez estaba con unos amigos en una fiesta. No en un local, era una casa. Se había peleado con un par por una tontería. Típica discusión que cualquiera sobrio toma a broma, pero que borracho adquiere un cariz grave y profundo. El chico se sentía mal, muy mal; vomitó muchísimo en el baño. Algo dentro, mucho fuera; trató de limpiar lo que había manchado. Cualquiera sobrio habría podido hacerlo; pero tan borracho era algo sencillamente imposible. Alguien entró en el baño y lo vio. No lo echaron, pero tampoco volvieron a hablarle. Nunca. Así que nunca tuvo la oportunidad de disculparse, de explicarse. A algunos no volvería a verlos jamás, y a menudo lo atormentaba pensar que la última vez que los vio fue en aquella ocasión.


"Así, que", pensó él, "cada vez que haces algo mal, la vida te castiga. De alguna forma, las cosas que haces se vuelven contra ti. He hecho muchas cosas mal en mi vida, por eso sufro".

O BIEN

Acaso era simplemente que no estaba haciendo nada mal. Que la vida fuera así con él sin ninguna razón en particular. Quizá todo lo malo venía porque tenía que venir, y no porque se lo mereciera. Tal vez todo ese sufrimiento fuera injusto.

Era imposible saberlo.



Dicebant

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