Se nos vende hoy una guerra; una que está lejos de las
épicas matanzas de antaño, de las mutilaciones y los cráteres inundados de
sangre, pero no por ello es menos repulsiva: esta contienda, continúa y
agotadora, es más siniestra y terrible que todas las batallas y exterminios de
la historia. Porque en ella no hay dos bandos más que en el mundo de mentira en
que nos hacen creer que vivimos. No existe un enfrentamiento real, sino una
disputa sobre quién será el tirano que empuñe los fusiles, que empuñe las armas
que cada año derraman aquí, en esta misma tierra, toneladas de sangre; que dejan
detrás los cuerpos desangrados de esas personas, a las que en otra vida, se les
enseñó que robar estaba mal, que desobedecer, estaba mal, que mentir, estaba
mal. A ellos, robar una uva en el supermercado, robar carros enteros, incluso,
no los va a salvar de morir de hambre.
Sólo un bando hay, y me tienta a ratos la idea de que nunca
haya habido más que uno.
Un bando lleno de desprecio y odio hacia un enemigo que sólo
imaginan, o nos hacen creer que imaginan. Los que nos defienden hoy desprecian
a aquellos que dicen defender; son trasposiciones grotescas de todas las
actitudes que atacan: hablan en plural, pero sólo porque se saben rodeados, y
en la soledad, desde lo profundo, se reconocen a sí mismos y a nadie más. “Inconciencia,
pasotismo, estupidez, ignorancia”… A veces parece que pasan más tiempo
criticando a sus compañeros en al miseria que trabajando por cambiar el
Sistema. Y esto es porque ellos son, también, el Sistema.
No hay más que oír el discurso de los que protestan: la
culpa ocupa un lugar primordial; no hay más que quejas egoístas, superficiales,
locales; supura desprecio. Yo los oigo gritar y pienso que los oprimidos hoy,
son sólo opresores sin poder.
Miro hoy a la calle y oigo gritar, luchar, combatir a un
enemigo sin rostro ni humanidad. A un espejismo.
Las raíces de este Sistema son ya demasiado profundas, y lo
han corrompido todo. El individualismo destructor, aplastante, abarca y arrolla
el mundo. Quisiera creer que los que disienten hoy, y se indignan, tienen
motivos más allá del puro egoísmo, pero no es así. Los principios de la masa
que protesta, y de sus líderes, no son sino adaptaciones de los que tienen los
que envían a los antidisturbios.
El pueblo hoy paga para que lo desangren, para que lo
humillen y aplasten, paga a sus “opresores”, porque él mismo es, en conjunto,
sólo un reflejo de la opresión.
En el siglo pasado se sofocó un fuego que no tardó en volver
a prender. Como un incendio mal apagado, a propósito, por cierto (pues, “de nada
sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada
contra el capitalismo que lo origina”, Brecht), vuelve a lanzar a las llamas
al pueblo. Los vencedores adoptaron las maneras de los vencidos, las refinaron,
las hicieron sutiles, suaves, siniestras y terribles. Allá donde se mataba
masivamente, se sigue matando, pero ahora son los mismos ciudadanos de a pie
los que se matan: dejan que hundan el Estado del Bienestar, que la educación,
la sanidad, la dignidad, pasen de ser derechos a ser privilegios; la crisis
dispara los recortes, y los suicidios. Donde había sólo disparos, hoy hay
diálogo, hoy se mantiene una conversación, mientras se muere todo aquello que
queremos salvar, porque el diálogo ha de agotar al tema, pero el tema ya está
agotado: hoy el diálogo con el Sistema no sirve más que para ahogar todo
intento de cambio, para extenuar a los que aún creen la reforma.
A este Sistema no hay que reformarlo, hay que derribarlo.
Cuando Castro asumió el poder en Cuba, dijo que “a pesar de
todo el apoyo popular, la mayoría de cubanos son imperialistas, y ni siquiera
lo saben”.
Hoy se podría decir que el miedo con el que el Sistema
secuestra a la gente, la humilla y la hace doblegarse ante sus demandas, viene
de una idea detrás, de un desprecio hondo, y vivo; una filosofía de odio y
terror que es ya la única notable, en todo y todos. Nos pintan un abismo a la
salida de la Unión Europea, el infierno si contravenimos a los Mercados; nos
subyugan, y lo peor no es eso; lo peor es que, esclavos y todo, pensamos
exactamente como nuestros amos.
Ya hemos perdido. Y, quizá, ni siquiera haya habido nunca
una guerra que pudiéramos ganar.
Pero a la vida no se viene a ganar, sino a vivir hasta que
en el lecho último podamos mirarnos, desnudos, y decirnos sin ninguna vergüenza:
“hice lo que pude”.
Dicebant
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