“Todo el que aspira al poder, ya ha vendido
su alma al Diablo”.
-
Wolfgang von Goethe
Es
imposible que se junte media docena de seres humanos, y no haya uno que intente
imponer su voluntad sobre los otros. En la primitiva sociedad, donde se dividían
las tareas necesarias para la supervivencia, quizá surgiera ya la figura del
líder. Por entonces la inocencia del salvaje no dejaba espacio para mayor mal
que un ocasional abuso. Siendo comunidades reducidas, el poder era algo
diluido, cercano.
Hoy
las sociedades son enormes, y la historia se ha encargado de que el poder sea,
al menos en parte, una concesión de la mayoría hacia un grupo electo. La
división de poderes asegura que los abusos serán mínimos y que éstos,
normalmente, puedan ser castigados.
En
la destrucción de un Estado, las estructuras de poder existentes se derrumban, se
configura una nueva forma de gobierno, y normalmente esto se hace a través del
trabajo de un grupo relativamente pequeño de personas. El poder se concentra
para barrer al anterior régimen y traer uno nuevo. Por desgracia, el poder
corrompe todo lo que toca, y el idealismo nunca o casi nunca sobrevive al
contacto con él.
Dos
siglos de revoluciones aplastadas, de represión y de guerras civiles trajeron a
este país un Estado democrático. Si bien tiene sus fallos, y deja impunes
muchos abusos, es, sin duda, el mejor Estado de cuantos se hayan construido con
base a esta nación de naciones.
La
rebelión, la protesta, aunque completamente necesaria, pues la crítica siempre
debe existir en un Estado libre, trae consigo peligros que a menudo suelen
olvidarse, perderse en un discurso populista que sólo distingue entre élites y
miserables. De buenas intenciones está lleno el infierno, y a menudo presuponer
buena intención, es un error; si un día este Estado flaquea, y comienza la
construcción de uno nuevo, no ha de ser desde el amparo de ningún grupo
cerrado, como una oligarquía, pero tampoco desde la cuestionable autoridad que
conceden las masas. Si se construye
otro Estado, ha de ser en base a la reforma de éste, incluso si termina por
derrumbarse. La democracia liberal no tiene por qué ser destruida para cambiar.
A
una persona, a un grupo cerrado, es mucho más fácil corromperlos que a todo un
Sistema, y aunque la corrupción se hunde en las raíces de éste, no resultará
nada mejor de reducir las manos que ostentan el poder, por mucha fe que
tengamos en ningún líder. Al fin y al cabo la
política no se hace para vengarse del mal, sino para cuidar de que ese mal no
pueda hacer ningún daño (Bismarck).
Hoy
día la rebelión verdadera es imposible: no hay movimiento político de mínima
importancia que no esté controlado por un poder ya existente y establecido
dentro del Sistema regente. Todas las asociaciones más básicas e importantes,
las afectivas, las que podían oponerse al Sistema, han sido o están siendo
destruidas: nos enfrentan a los padres, creando leyes superprotectoras hacia los menores; el trabajo exige movilidad, y la familia la disminuye, volviéndose una carga. No es casualidad tampoco el bombardeo continuo contra la violencia de género, que guarda más intenciones que ser una mera denuncia. Hasta el género nos enfrenta, con políticas "de igualdad" que pretenden la equidad a través de la discriminación. Todo lo que es afectivo, que une individuos, es visto como algo nocivo, anticuado, obsoleto, desde el nacionalismo (que por circunstancias muy particulares sigue en boga) a la institución de la familia. Nos empujan a una lucha constante, por las notas, por el trabajo, por todo. En España es ya visible la destrucción del afecto y la unidad que provoca el Sistema, y en países donde se ha desarrollado más completamente, como EEUU, es ya evidente cómo se han despedazado las pequeñas comunidades, para crear una sociedad uniforme, de seres separados, aislados, tímidos, enfrentados.
Hoy
estamos solos, nos guste o no. La enseña de la libertad ha cortado nuestras
raíces, nos ha aislado. Y los movimientos que tienen fuerza, la tienen porque
el poder se la concede; un poder fáctico, que es el que gobierna hoy. Si se
destruye el Estado, entonces ese poder fáctico será, casi seguro, el que
construya el nuevo gobierno.
Quizás la democracia esté enferma, pero no ha muerto, ni morirá mientras se mantengan la transparencia en las elecciones y la libertad de expresión. Y quizá este gobierno sea títere del Mercado, pero es seguro que su destrucción, no importa bajo qué bandera ni consigna, traerá otro que será, directamente, hecho y colocado por los bancos de inversión, por los que hoy controlan la deuda y ahogan a placer a los Estados; por los que ayer y hoy controlan los medios, declaran las guerras y financian las campañas electorales, venden coches y también ideología (Galeano).
Ellos sólo están esperando el momento de librarse de la democracia y de gobernarnos directamente, que sólo nos ven ya como sus esclavos.
Quizás la democracia esté enferma, pero no ha muerto, ni morirá mientras se mantengan la transparencia en las elecciones y la libertad de expresión. Y quizá este gobierno sea títere del Mercado, pero es seguro que su destrucción, no importa bajo qué bandera ni consigna, traerá otro que será, directamente, hecho y colocado por los bancos de inversión, por los que hoy controlan la deuda y ahogan a placer a los Estados; por los que ayer y hoy controlan los medios, declaran las guerras y financian las campañas electorales, venden coches y también ideología (Galeano).
Ellos sólo están esperando el momento de librarse de la democracia y de gobernarnos directamente, que sólo nos ven ya como sus esclavos.
Dicebant
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