"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El peligro de la Revolución




Todo el que aspira al poder, ya ha vendido su alma al Diablo”.
-          Wolfgang von Goethe



Es imposible que se junte media docena de seres humanos, y no haya uno que intente imponer su voluntad sobre los otros. En la primitiva sociedad, donde se dividían las tareas necesarias para la supervivencia, quizá surgiera ya la figura del líder. Por entonces la inocencia del salvaje no dejaba espacio para mayor mal que un ocasional abuso. Siendo comunidades reducidas, el poder era algo diluido, cercano.
Hoy las sociedades son enormes, y la historia se ha encargado de que el poder sea, al menos en parte, una concesión de la mayoría hacia un grupo electo. La división de poderes asegura que los abusos serán mínimos y que éstos, normalmente, puedan ser castigados.
En la destrucción de un Estado, las estructuras de poder existentes se derrumban, se configura una nueva forma de gobierno, y normalmente esto se hace a través del trabajo de un grupo relativamente pequeño de personas. El poder se concentra para barrer al anterior régimen y traer uno nuevo. Por desgracia, el poder corrompe todo lo que toca, y el idealismo nunca o casi nunca sobrevive al contacto con él.

Dos siglos de revoluciones aplastadas, de represión y de guerras civiles trajeron a este país un Estado democrático. Si bien tiene sus fallos, y deja impunes muchos abusos, es, sin duda, el mejor Estado de cuantos se hayan construido con base a esta nación de naciones.

La rebelión, la protesta, aunque completamente necesaria, pues la crítica siempre debe existir en un Estado libre, trae consigo peligros que a menudo suelen olvidarse, perderse en un discurso populista que sólo distingue entre élites y miserables. De buenas intenciones está lleno el infierno, y a menudo presuponer buena intención, es un error; si un día este Estado flaquea, y comienza la construcción de uno nuevo, no ha de ser desde el amparo de ningún grupo cerrado, como una oligarquía, pero tampoco desde la cuestionable autoridad que conceden las masas. Si se construye otro Estado, ha de ser en base a la reforma de éste, incluso si termina por derrumbarse. La democracia liberal no tiene por qué ser destruida para cambiar.
A una persona, a un grupo cerrado, es mucho más fácil corromperlos que a todo un Sistema, y aunque la corrupción se hunde en las raíces de éste, no resultará nada mejor de reducir las manos que ostentan el poder, por mucha fe que tengamos en ningún líder. Al fin y al cabo la política no se hace para vengarse del mal, sino para cuidar de que ese mal no pueda hacer ningún daño (Bismarck). 

Hoy día la rebelión verdadera es imposible: no hay movimiento político de mínima importancia que no esté controlado por un poder ya existente y establecido dentro del Sistema regente. Todas las asociaciones más básicas e importantes, las afectivas, las que podían oponerse al Sistema, han sido o están siendo destruidas: nos enfrentan a los padres, creando leyes superprotectoras hacia los menores; el trabajo exige movilidad, y la familia la disminuye, volviéndose una carga. No es casualidad tampoco el bombardeo continuo contra la violencia de género, que guarda más intenciones que ser una mera denuncia. Hasta el género nos enfrenta, con políticas "de igualdad" que pretenden la equidad a través de la discriminación. Todo lo que es afectivo, que une individuos, es visto como algo nocivo, anticuado, obsoleto, desde el nacionalismo (que por circunstancias muy particulares sigue en boga) a la institución de la familia. Nos empujan a una lucha constante, por las notas, por el trabajo, por todo. En España es ya visible la destrucción del afecto y la unidad que provoca el Sistema, y en países donde se ha desarrollado más completamente, como EEUU, es ya evidente cómo se han despedazado las pequeñas comunidades, para crear una sociedad uniforme, de seres separados, aislados, tímidos, enfrentados.
Hoy estamos solos, nos guste o no. La enseña de la libertad ha cortado nuestras raíces, nos ha aislado. Y los movimientos que tienen fuerza, la tienen porque el poder se la concede; un poder fáctico, que es el que gobierna hoy. Si se destruye el Estado, entonces ese poder fáctico será, casi seguro, el que construya el nuevo gobierno. 
Quizás la democracia esté enferma, pero no ha muerto, ni morirá mientras se mantengan la transparencia en las elecciones y la libertad de expresión. Y quizá este gobierno sea títere del Mercado, pero es seguro que su destrucción, no importa bajo qué bandera ni consigna, traerá otro que será, directamente, hecho y colocado por los bancos de inversión, por los que hoy controlan la deuda y ahogan a placer a los Estados; por los que ayer y hoy controlan los medios, declaran las guerras y financian las campañas electorales, venden coches y también ideología (Galeano).  

Ellos sólo están esperando el momento de librarse de la democracia y de gobernarnos directamente, que sólo nos ven ya como sus esclavos.



                                                                                                              Dicebant

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