En un cuaderno de hojas blancas, bajo los renglones de la hoja pautada, escribía un inocente sobre las bellas hojas del triste septiembre. Escribió muchas líneas de una bonita y simple poesía, y la llamó "Otoño", porque eso era de lo que hablaba, y de nada más. Era la edad del paraíso, cuando los charcos eran mares perdidos en la vasta y misteriosa Tierra, cuando las cosas y las personas eran a menudo bellas y agradables, y no es uno consciente de lo que se siente no arrepentirse del despertar. A su madre leyó el poema, de hojas amarillas y versos que rimaban verbos y "caída" con "melancolía". A ella le gustó tanto que le dio un abrazo,y en el colegio lo felicitaron. Y así pasaba los días aquel niño, soñando y jugando con sus amigos, y consigo mismo. Perdido en mundos de fantasía y color, como sólo la inocencia es capaz de crear en la imaginación. Sabía mucho aquel niño sobre muchas cosas, pero muy poco sabía de lo que era importante en la vida; de esas cosas por las que las personas suspiran y lloran, y escriben poesía, y hacen a los filósofos gastar su vida en consolar un dolor que nunca se irá.
En una hoja de un color apagado que recuerda al del cielo de febrero, con pequeños cuadros y margen, escribía un joven lo que le pidieron. Toda una cara escribió, de un lirismo simple y resultón, quizá algo triste, pero bonito. Aquello se lo dedicó a ella, a esa madre que no se merecía pero necesitaba. Muchos años después, aún mezclados recuerdos con fantasía y sueños, desengañado, le pesaría recordar que por entonces todavía sentía, que ese poema sencillo y conmovedor le gustó a todos, y algunos los dejó al borde de la emoción. Resonaban palabras perdidas en los abismos del tiempo, y es que recordaba incluso esa mirada sostenida, larga, extraña y de un aire triste, que le dedicó el juez en la clase. Aquel día su madre lo abrazó, y colgó aquel poema del refrigerador. Caído y sucio, cansado, acabaría arrancado, cuando ya no le importaba a nadie; su patetismo sublime se fue a extraviar entre las bolsas de la basura.
En una hoja sin pauta ni cuadros escribiría, desgarrado por la inexorable existencia, un poema sin nombre, donde rimaba suerte con muerte y hablaba de espiral y de oscuridad. Nada le dijeron entonces, porque no se lo leyó a nadie. Ni siquiera a aquella chica que lo inspiraba, y por la cual un espejismo que se hacía llamar "Amor" vivió tanto, aunque lo mordieran los celos, y hasta que lo desangró el tiempo. Hacía mucho que había perdido a sus amigos de antes, y ya nada le parecía lo mismo. Fue entonces que aquel pequeño pájaro que cantaba y reía murió y con él se volvió un poco más oscuro su corazón. La indignación lo sumió más aún en el pozo, la rabia contra una injusticia universal y eterna, contra el vacío de la mella que había dejado la muerte en su vida. Un hueco, un espacio sin nada lo secuestraba en los momentos más insospechados, y cuando el dolor parecía ofrecer una tregua, entre las cimas etéreas de la amistad siempre frágil y el cristal de las botellas, la tierra se abría a sus pies. Una sima oscura, infinita, total, una angustia sobrecogedora lo lanzaba a estrellarse contra el espejo, a buscar alivio en el odio, en el desprecio, de si mismo, de todo el universo, pero la misantropía era magro consuelo. A menudo soñaba con unos ojos negros en la noche del mundo, con una oscuridad entre las luces de los focos, y el silencio en el escenario. Miraba con cautela y temor, y se perdía, y sentía que se ahogaba en esa oscuridad como de la pez, como del azabache. Todo el color y la luz del mundo se perdían en esos ojos, que lo hacían soñar roído y corrupto, gusanera repugnante bajo un manto de flores marchitas. La única expresión que conocía, delatado por su mirada y sus manos, por su cara toda y sus labios, era la del que camina por el páramo, por la nada desolada, soñando con llegar a algún lugar, y perdido siempre en ninguna parte. Su mente era insuficiente y limitada, el olvido devoraba lo que el recuerdo desprecia; consumidos sueños iban a morir en la noche de unos ojos que siempre lo habían mirado, desde la negrura de la caída y el vacío, desde el filo de los cristales partidos, desde el reflejo histérico del afilado acero. Había aprendido mucho, pero entre las páginas de los hombres sabios había extraviado la sonrisa. La certeza de la soledad era a veces tan grande que le oprimía las entrañas, lo hacía vomitar lágrimas y la sangre parecía querer arrancarse de sus venas.
Quizá por todo esto tomara un día una hoja tan blanca, pura, limpia, que lo entristecía su pura vista, y allí escribiera un poema que se titulaba "Nada"; porque de eso hablaba, y de eso iba todo, no sólo el poema: a nada sabía ya la bebida, ni el alcohol fugitivo, ni la nicotina, ni la comida en el plato, ni los besos; nada era lo que soñaba, nada esperaba, nada quería, y a ratos tenía la certeza de que nada era, nada sabía y a nada llegaría. Era una levedad insoportable. El hastío de saberse insignificante lo hizo escribir sobre colgarse donde ya no molestara a nadie, pero siempre había pensado que la muerte en público era algo absurdo, ridículo, cursi, estúpido, que hablar del suicidio como quien habla del tiempo es de una inmadurez flagrante. Estaba convencido de que sabía de mundo, y de que al mundo era mejor ignorarlo. Sentíase abrumado por una melancolía que no alcanzaba a entender, por una tristeza que era un abismo, pero que no era mala, de esa pena que lo hacía sentir vivo y lo consoló muchas noches, le recordó que aún podía sentir, aunque se convenciera a ratos de que lo único que sentía era el dolor. Había conocido el Amor entre las mentiras mercenarias del deseo prematuro, entre los engaños y las bambalinas. Su incapacidad para la vida agarrotaba su lengua, su voz era una tortura para sus propios oídos. Lo amargó, en fin, la verdad última y segura, y desconsolado vivía, estrangulando ese espíritu que le lloraba y gritaba en el oído con la abrasadora tenaza del alcohol. No podía evitar la esperanza, ni acallar el ponzoñoso susurro de la desilusión. El afecto y el calor los desconocía, y la sed voraz que lo consumía la calmaba entre los labios unidos, en la carne olvidadiza de la noche, pero nada alcanzaba a tapar las venas abiertas de la vida que se le iba, de un tiempo que se le moría entre los brazos...
Odiaba el cariño, porque odiaba a ese monstruo que lo observaba desde el espejo.
Días y meses, y años hacía que se pasaba horas perdidas en la jornada preguntándose el por qué del despertar. Se contraía el misterioso compás de las agujas del reloj entre las sábanas. Pero aunque durmiera, no soñaba ya. Desde un negro vacío rugían pesadillas informes, vidas soñadas que eran un reflejo del pavor, de su cobardía, de la frustración. Ya sólo le quedaba el tedio. Así que solo se fue, donde nadie lo encontraría, donde nadie lo encontró. Tomó ese camino que es sólo de ida, a ese mundo que nadie sabe dónde está, pero al que todos llegan, al final. Y de sus recuerdos, de sus palabras, de sus besos olvidados y de los que no se dieron, nacieron flores. Si hubiera podido pensar y recordar, se habría alegrado, al final, porque de esa gusanera podrida, de ese erial que era vertedero de sueños, sus sesos, al fin sirvieron, y fueron abono de algo bello, de algo que quizá no sobreviviría al tiempo, como nada que existe y siente, pero aunque no fuera inmune a la muerte, sería una burla al destino, una mueca al silencio de Dios, la sonrisa del ahorcado.
En una tumba sin cuerpo lo lloraban, y en un prado sin lápida se fue a podrir lo que de él dejó el tiempo. Las lágrimas desconsoladas se perdían en los días, en la eternidad inevitable. Hueco y solo, desgarrado, desangrado, destripado, en blanco, abandonado de sí mismo y de todos, miró a esa araña que le trepaba por las entrañas corrompidas, y a la que ni el veneno que invadía su cuerpo, ni la soga en el cuello, ni la humillación detenían. La duda fue su último sueño; una pregunta en el aire, como las vidas de los hombres. Una voz que ya nadie oyó y a la que asfixió el estruendo de la Muerte. Se agarró moribundo a las últimas hilachas podridas de las banderas de sus ilusiones exhaustas, sentía un llanto y un grito que le cortaban la garganta, sólo podía oír ya el triste himno destruido de su propio ser. En las notas apagadas de un gemido expiró, se fue. Tantos años ahogados en este vasto mar, tantas preguntas sin contestar, callaron en lo infinito de la oscuridad.
Y al abismo, a la agonía y el vacío, sólo respondió el silencio.
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