Una niebla negra y densa envuelve el mundo. De la Revolución Social ahogada
por la Revolución Sexual, se ha erigido el culto a la oscuridad: la de la
idiotez de los sentidos y el oscurantismo social para unos, la de la
desesperación, la soledad y el suicidio para otros.
Y es que este Sistema nos empuja a ayudar, nos exige compartir, ser
transparentes, olvidar todo prejuicio y romper con todas nuestras raíces. Pero
nos enfrenta, nos suelta en medio de la arena y nos lanza a una lucha a muerte,
donde cada debilidad puede ser usada en nuestra contra; nos hace cerrados,
manipuladores, egoístas, hipócritas, complacientes. La sangre que mana de las venas
desgarradas de unos, fluye a las arterias de otros.
Construye todo su reclamo y atención sobre la necesidad de que seamos
únicos, irrepetibles, al tiempo que nos hace tímidos, separados, prescindibles.
Reprime y coarta, mientras esgrime la estranguladora bandera de la libertad
total, que arranca raíces y orígenes, que no nos da el albedrío del desarrollo
de nuestro propio ser, sino que nos mutila y encajono en el nombre de la mal
llamada igualdad.
Exalta los sentimientos fuertes, la unidad y cooperación, el trabajo en
equipo, la masificación generalizada, al tiempo que destruye todos los lazos
afectivos, que desgarra las familias, que separa a los amigos, que aplasta todo
afecto; mientras asegura el triunfo de los egoístas. Ridiculiza los
sentimientos con una retórica que nos bombardea con imágenes de una realidad
desgarradora, que nos arrastra al suelo, una realidad, en último término,
falsa; a una mentira construida para asfixiarnos, para que la llamada a la
empatía nos ahogue con el dolor que lo inunda todo, y nos volvamos unos idiotas complacientes,
o unos psicópatas, o nos colapse y nos lleve a la horca.
Hoy habría que levantarse al grito del son que un día esgrimió uno de los
pensadores más geniales de esta tierra: "los que nos dirigen son unos
tullidos, y nos quieren a todos inválidos".
Sustituye las ideas y los sueños por un diluvio de objetos, de cosas que
nos hace confundir con lo que deseamos. Toda la cálida ilusión es corrompida y
transformada en materia, en objetos, en frío que cala y hiela el alma.
Cambia y nos hace ver a las cosas como a personas, y a personas como cosas.
Pretende una cultura del esfuerzo esclavo, eterno y estéril, y la esconden
bajo los deseos de la recompensa inmediata y el placer fácil. Vende antidepresivos
y estimulantes a precio de saldo, a una masa inconsciente en conjunto,
enfrentada y desgarrada en una lucha intestina eterna, atontada y manipulada,
convencida de que tiene que borrar su propia esencia para triunfar, para mandar
y corromperse.
Nos hace así desear el éxito, y nos empuja a la envidia, el egoísmo, la
crueldad, la psicopatía y la neurosis.
Ha abierto los manicomios porque el mundo ya es, todo él, una enorme torre
de locos.
La oscuridad nos devora, y no va de negro ni porta ninguna enseña
siniestra; sonríe a las cámaras y llama al diálogo para agotar todo cambio.
Y mientras en unos la vida demanda que se viva y se exista como ha de ser,
en otros la reflexión, eso que los hace humanos, los empuja a la autodestrucción
y la tumba. El desprecio ignorante y egoísta ha poseído a los que el dolor de
un conocimiento parcial ha hecho misántropos, egocéntricos, crueles;
trasposiciones de las manos que alimentan el mal que los atormenta.
Este Sistema que nos desgobierna se obsesiona con las imágenes y los
ídolos, nos empuja a una vida que no se vive, sólo se recuerda. Los ídolos del
pasado nos persiguen por todas partes, nos atan y hunden. Pero el presente es
uno y no muchos, y sólo la decadencia y la depresión aguardan al que se sabe condenado
al Tiempo, por juez que no acepta atenuante ni fianza.
Una pesada bruma nos intoxica, una tristeza tan grande que mata, que sólo
puede evitarse mirando al suelo. Han arrancado la inocencia de este mundo, han
eliminado la minoría de edad; la madurez es hoy el conformismo, el cinismo, la
hipocresía, la complacencia, el derrotismo idiota del que acepta vivir una vida
que le están desangrando.
Han destruido todo lo bello y sublime; "cuando el niño era niño, muchas
personas le parecían bellas, y ahora, sólo en ocasiones, con suerte."
Como un crisol demasiado saturado, los propósitos, la realidad, el desgarro
entre lo que vemos y lo que nos hacen ver lo ha teñido todo de una oscuridad
insondable, aplastante. Vivimos rodeados de depresivos, acomplejados,
hipócritas, idiotas, manipuladores egoístas, egocéntricos; seres deformados y
desgarrados, que un día quisieron y fueron queridos, y que ahora vagan sin
rumbo ni destino, arrancados de su mundo, exiliados de su inocencia, obligados
a embrutecerse o morir.
Pero no todo se ha perdido. Aún entre las sombras florece una extraña
belleza: la huella y el lucero de una realidad que sólo podemos vislumbrar; un
desgarro en el velo implacable de la Verdad.
Y es que "quizás el Amor no sea un indulto a nuestra condena, pero es lo que más se le parece".
Dicebant
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