"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 21 de octubre de 2012

Se acabó

"Estás enfermo, y no lo estás porque pienses así: piensas así porque estás enfermo".
La enfermedad te ha corrompido por dentro, y ha teñido de negro tu mundo. Se ha llevado todo lo agradable, cálido, bonito. Hasta en los sueños oyes la dulce llamada del Ángel Negro.

Estás enfermo de ti mismo.

Te dirán que puedes ver las cosas de otra manera, que no todo es color rosa, o negro, o tan gris. Se puede, claro, como se puede uno mentir, drogar, o suicidar. 
Se puede.

Tú no estás enfermo. 
No más que cualquiera que lleve tanto como tú, y siga, vivo. Es cierto que el mundo se ha teñido de negro: te estás muriendo. Hay un luto por dentro de ti, un luto que quizás puedas escuchar aún. Durante años tu alma te ha acompañado, y ha descubierto contigo placeres sin nombre, también dolor y decepción; el mero sentir, era aire nuevo y limpio, aire que exaltaba y empujaba a la vida.
Pero te estás muriendo.
Esa pobre alma, esa pequeña amiga y compañera, perderá pronto su hogar. Todas las brasas del amor, se harán histéricas luces eléctricas, la calidez se apagará, y sentirás cristales de hielo desgarrarte por dentro. 
En tus entrañas florecerá el mismo frío que consume los dedos de un cadáver.

Tranquilo, tiene tratamiento.

Un par por la mañana, y las vitaminas ya las tienes; otra por la tarde, y la digestión genial; una antes de ir a dormir, y ningún sueño volverá a atormentarte.
Te venderemos la felicidad por gramos; el frío será un dolor que podrá calmarse, pero jamás será curado, porque el Tiempo no tiene cura.

Pero ya tendrás cosas en las que pensar, en las que tirar todas tus horas, y poder así decir algún día "hice algo con mi vida".

A este Sistema le encanta irnos intoxicando, llenándonos de contrariedad, empujando a la Muerte, y luego sujetarnos las manos a cambio de una razonable tarifa por horas, o por receta, o por cajetilla. Expresamos nuestro ser más profundo después de las desilusiones de la adolescencia, y antes de que el control de las emociones nos traiga un juicio rígido y primitivo, que gobierne lo que sentimos. 
Después ya no somos nosotros. Cambiamos por dentro, y por fuera; cambian nuestros sentidos y juicios, y no porque sepamos más ni porque la artificiosa noción de "madurez" haya hecho efecto en nosotros. Vivimos más de una vida, en una sucesión inexorable, ilimitada en profundidad; y morimos también más de una vez. Porque "el que vive más de una vida, ha de morir más de una muerte".
Vivimos sin saber que estamos vivos, primero; vivimos por descubrir al mundo y a nosotros, después; vivimos para recordar, por último. Que el tiempo es cíclico, y da vueltas. Y pasado los años verás que hubo un límite, un año, un momento, en que todo comenzó a repetirse, en que la vida se dobló en dos y ya todo era un recuerdo atenuado, como el sueño de un instante pasado, que se estira hacia la eternidad. 

Nos erguimos sobre un mundo que es una necrópolis, donde todo el tiempo de vida y muerte de este enorme cosmos nos ha llevado hasta aquí. Nos ha traído para ser quienes somos. Y si quienes somos ven las cosas como al Sistema no le gusta, como "no hay que verlas", pues quizás sea el mundo el que se equivoca.
Por supuesto, podría ver las cosas como como ella, o como él, y estar más contento y todo eso; que al fin y al cabo, si acabas amargado y muerto, peor para ti. Pero se nace para morir, y se siente para sufrir; nada se sabe sin conocer el dolor, y la vida más dilatada no da más que para aprender a vivir. El que vive sabe que la vida es un círculo, y que dada una vuelta, el eje se rompe, y ya sólo queda imaginar que seguimos avanzando.
Te dirán que veinte años no son nada, que tienes toda la vida por delante; también la tienes por detrás.

"Crecer es como subir una escalera". 
Una escalera tan larga que cuando vayas a caer por el abismo que te espera al final, ni siquiera recordarás por qué la seguías subiendo. Se ven desde arriba las cosas mejor, claro, y los que tienen más años ya saben por lo que hemos pasado, por supuesto. Pero subir y subir, aunque deje ver mucho más paisaje, colapsa la visión, nos ciega a los detalles, a lo pequeño, a lo sutil. Hoy sentirás como no sentirás nunca más; lo que hoy te circula por las venas y los sentidos, será algo que no podrás ni imaginar, no dentro de mucho. Una lenta evolución ha determinado que la Razón dicte sobre nosotros, muy pronto. Falta poco para que todo sea lógico y aceptable, comprensible, tranquilizador. Para que se pueda uno mirar al espejo, y el sobrecogedor patetismo de su propia imagen no lo estremezca, y lo derrumbe.

Y es que llegan esos años en que ya no queda nada. Todo te recuerda a algo o alguien. Y cada nueva cara, lugar, sentimiento, es un eco; una suave vocecilla de ultratumba nos susurra, mientras el mundo sigue con su estruendo.

La vida no es una serie de tres o cuatro puntos críticos que puedan resumirse y empaquetarse en libros de unos cientos de páginas, o en películas de un par de horas. La vida es una niebla de pequeños acontecimientos, seres, sentimientos, un éter infinito y eterno que nos rodea, que nos oxida y corrompe, al tiempo que nos sostiene y airea nuestros pulmones. Pero el éter mismo se corrompe, y acaba siendo un vaho corrosivo, un fango repugnante. Quizás puedas verlo ahora, que aún estás abajo, ahora, que sabes más del mundo de lo que jamás sabrás ya; ahora, que todavía te gobierna tu propia alma. 

Qué terrible es escuchar a un moribundo. Sentir su último aliento en tu cuello, y sostener sus brazos, tener sus manos, sentir como sus ojos se apagan en los tuyos.
Entiendo que muchos no quieran ni pensarlo. No se puede aceptar la nada, el vacío, la indiferencia del cosmos a nuestro Destino. Cómo va a creer alguien en nada si se ve morir en el espejo, si espinas de hielo desgarran su pecho por dentro, y los últimos estertores agónicos se trocan en pesadillas que sofocan y aplastan en medio de la noche a los moribundo sueños.
Comprendo a los que se olvidan de sí mismos.

Tú, vive hoy, y mañana, y hasta que nada de esto importe. 
Mil trivialidades patéticas y absurdas estrangularán tu esencia. No podrás entenderlo ya: te perderás en el enorme y decadente complejo de la Razón, de la Verdad, de una sociedad cimentada sobre los cadáveres de sus sueños. 
Pero ya serás mayor, trabajarás, beberás, fumarás, tendrás amigos y colegas, y esposa, y hasta hijos; estarás ciego, sordo, muerto.


Y sólo te quedará pudrirte lentamente, cascarón que te consumes, revolverte en el fango hasta que no puedas ya ni levantarte.


Dicebant

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