"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Analistas, tertulianos y otros oráculos

Me produce hartazgo tanta información irrelevante sobre eventos de cierta importancia y trascendencia. Sobre hechos que no deberían caer bajo la lluvia plomiza de opiniones sin fundamento. Sobre noticias que bien analizadas podrían llevarnos a mejorar su comprensión y, quizá –un quizá retórico–, cambiar nuestra forma de ver los hechos. Sí, señores: estoy harto de tanto oráculo oportunista y sus augurios al tuntún. Estoy harto de analistas y tertulianos.

Y traigo al caso las informaciones vertidas en mil y un medios de comunicación –mass media dirían algunos– al respecto de las elecciones europeas y al tan traído fin del bipartidismo. Leo los artículos, escucho la radio y no encuentro un solo dato que me convenza sobre el anunciado óbito, la caída ineludible de los dos grandes partidos. La historia de una muerte anunciada.

Sacar conclusiones a partir de unos pocos datos es arriesgado pero no imposible. Hace ya tiempo que se han desarrollado herramientas suficientes para poder extrapolar, deducir o inferir –ya sé que no es exactamente lo mismo, pero en este caso nos vale– resultados fiables partiendo de un conjunto finito (y reducido) de muestras. Echando mano de unos conocimientos básicos de estadística sabríamos que es necesario un conjunto mínimo de dichas muestras para tener una probabilidad de error por debajo de un determinado umbral. Es decir, si no queremos equivocarnos mucho más vale que dispongamos de suficientes datos que nos ayude a inferir lo que va a ocurrir antes de que ocurra. Y no es que la estadística haya descubierto la máquina del tiempo que, cual oráculo de delfos, permita adelantarnos a lo que va a ocurrir. Pero si, al menos, preverlo con cierta verosimilitud. Y ahí es donde los tan traídos analistas políticos, los creadores de opinión, las periodistas y los periodistos (opinadores ramplones) pierden toda su credibilidad basándose en un único hecho, un único dato, una única muestra: el porcentaje de votos recogidos por los dos grandes partidos de este país ha caído muy por debajo de su valor habitual. Punto. No hay nada más, no hay un histórico que avale esta tendencia, no hay una explicación comparativa con otros momentos históricos similares. Es, pura y llanamente, una opinión más. Como la de la peluquera de Villalpando del Cogorcio o la de mi tío el del pueblo –oficial de primera en la construcción y en paro, para más señas–. O lo que es peor, una falacia.

Si tomamos el histórico de las elecciones europeas vemos justo lo contrario: en los últimos veinte años se ha producido una concentración progresiva del electorado en los dos grandes partidos, reduciéndose el porcentaje de votantes que se decantan por otras opciones minoritarias (perdón por la tautología). A lo sumo, podríamos decir que se ha roto la tendencia, con una muestra desde luego atípica en la serie. Nada más. Y a su vez, conviene no olvidar que en las actuales elecciones esa misma muestra indica que el porcentaje total acumulado entre ambos partidos es del cincuenta por ciento. Cincuenta. Y que el siguiente en la cola tiene menos de la mitad de los votos. ¿Es el comienzo del fin? ¿Está el bipartidismo avocado a su fin? Mucho me temo que no, al menos en este nuestro querido país. Pero esto es una opinión. Desde luego los datos no nos dicen nada sobre este hecho por mucho que algunos, los mismos que antes se apuntaban a un carro bien distinto, digan lo contrario.Sólo nos queda esperar. Una muestra más será un dato que avale –aunque sea por los pelos– una u otra tendencia. De momento nada sabemos sobre la desaparición del bipartidismo.

Podemos confundir nuestras esperanzas con los hechos. Esas, desde luego, son legítimas aunque disten mucho de la realidad, pero nada nos dicen sobre los otros. Habrá que seguir esperando. Si queremos, participando en la realidad para cambiarla. Pero son necesarios más datos y menos charlatanes paniaguados para comprenderla. Menos oráculos y más expertos.


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