Me produce hartazgo tanta información irrelevante sobre
eventos de cierta importancia y trascendencia. Sobre hechos que no deberían
caer bajo la lluvia plomiza de opiniones sin fundamento. Sobre noticias que
bien analizadas podrían llevarnos a mejorar su comprensión y, quizá –un quizá
retórico–, cambiar nuestra forma de ver los hechos. Sí, señores: estoy harto de
tanto oráculo oportunista y sus augurios al tuntún. Estoy harto de analistas y tertulianos.
Y traigo al caso las informaciones vertidas en mil y un
medios de comunicación –mass media dirían algunos– al respecto de las
elecciones europeas y al tan traído fin del bipartidismo. Leo los artículos,
escucho la radio y no encuentro un solo dato que me convenza sobre el anunciado
óbito, la caída ineludible de los dos grandes partidos. La historia de una
muerte anunciada.
Sacar conclusiones a partir de unos pocos datos es arriesgado
pero no imposible. Hace ya tiempo que se han desarrollado herramientas
suficientes para poder extrapolar, deducir o inferir –ya sé que no es
exactamente lo mismo, pero en este caso nos vale– resultados fiables partiendo
de un conjunto finito (y reducido) de muestras. Echando mano de unos conocimientos
básicos de estadística sabríamos que es necesario un conjunto mínimo de dichas
muestras para tener una probabilidad de error por debajo de un determinado
umbral. Es decir, si no queremos equivocarnos mucho más vale que dispongamos de
suficientes datos que nos ayude a inferir lo que va a ocurrir antes de que
ocurra. Y no es que la estadística haya descubierto la máquina del tiempo que,
cual oráculo de delfos, permita adelantarnos a lo que va a ocurrir. Pero si, al
menos, preverlo con cierta verosimilitud. Y ahí es donde los tan traídos
analistas políticos, los creadores de opinión, las periodistas y los
periodistos (opinadores ramplones) pierden toda su credibilidad basándose en un
único hecho, un único dato, una única muestra: el porcentaje de votos recogidos
por los dos grandes partidos de este país ha caído muy por debajo de su valor
habitual. Punto. No hay nada más, no hay un histórico que avale esta tendencia,
no hay una explicación comparativa con otros momentos históricos similares. Es,
pura y llanamente, una opinión más. Como la de la peluquera de Villalpando del
Cogorcio o la de mi tío el del pueblo –oficial de primera en la construcción y
en paro, para más señas–. O lo que es peor, una falacia.
Podemos confundir nuestras esperanzas con los hechos. Esas, desde luego, son legítimas aunque disten mucho de la realidad, pero nada nos dicen sobre los otros. Habrá que seguir esperando. Si queremos, participando en la realidad para cambiarla. Pero son necesarios más datos y menos charlatanes paniaguados para comprenderla. Menos oráculos y más expertos.

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