Los niños
gritaban huyendo de todo lo conocido, de sus casas, de sus madres y sus juegos,
de ellos mismos. Los niños, como locos, atravesaban carreteras, lagos, parques
y espíritus. Atravesaban todo lo que pudiesen atravesar si eso les alejaba de
donde vivían.
-¿Por qué huir?-
pregunto uno de ellos.
-Siempre lo hemos
hecho.- respondió otro del grupo.
-Estoy cansado,
mis piernas están cansadas, mis brazos están cansados, hasta mi alma está
cansada de correr. Paremos.- dijo el primero.
-Para si quieres,
nosotros seguimos- contesto el grupo.
-Idiotas.
-Idiota tu que no
quieres corre- replico rápidamente el amigo.
-Daniel a comer-
se oye una madre llamando a su hijo.
Entonces el mundo
volvió a su naturaleza y el lago se hizo charco, la calle bordillo y los espíritus
eran las sombras de los árboles del patio que veía como jugaban los niños.
-Mañana seguimos-
dijo Daniel antes de irse.
-Mañana no querré
huir siempre se acaba el tiempo- contesta el primero.
-Mañana será otro
día, lo conseguiremos- Sentencio Daniel antes de irse.
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