Bajo un cielo hecho de las cenizas donde mi agonía me incinera, lentamente.
¿Es mi sangre la que corre por estas manos que quieren estrangularme?
Hubo un tiempo que no recuerdo, días de inocencia que han quedado atrás, aire puro que alegraba al alma. Sólo quedan en la memoria más recóndita, más allá de las puertas del olvido. Mi cuerpo sabe que fueron, pero yo no sé si mi carne me miente sólo por querer que siga aquí, unido a ella. Deseo el vacío, a veces, y aunque no he intentado caminar hacia la sima desde hace muchos meses, a mi ser lo envuelve una bruma, una querencia extraña, hecha de nada.
El dolor no es malo: junto con el aburrimiento y el deseo, aun si el primero lo hace en mucha mayor medida, nos empuja hacia el camino que debemos recorrer; nos señala el sendero hacia lo más hondo de nosotros mismos. Hay momentos, sin embargo, en que la hoguera es demasiado fuerte, la sombra, demasiado grande, y nos sobrecoge y colapsa. Es entonces cuando el dolor sobrepasa los recursos que tenemos para enfrentarlo y aparece la conducta autodestructiva.
Hablo aquí desde mi más sincera experiencia: he querido matarme; lo he intentado, incluso. He probado drogas variadas y muy nocivas, desde el alcohol más destilado al veneno puro del cristal. He visto a mis manos como enemigas, a mi mente como un objetivo a exterminar; he sentido una dulce voz que me llamaba desde el otro lado del viento, más allá de mi ventana, más allá de este mundo.
Sirva mi prosa para aliviar la carga de esa otra humanidad, tan manida y exhausta.
Crecemos, nuestro corazón se achica y nuestro espíritu se vuelve negro del polvo de las eras que pasan. Somos, cada día, al principio, un poco más altos y un poco menos inocentes. Deseamos, al comienzo, incluso, que el reloj agilice su compás y los años se vuelvan días. Nos regocijamos, entonces, en los inviernos que quedan atrás. Pero llega el momento en que buscamos al invierno perdido, a la nieve y al frío que nos hicieron parte de lo que somos, que se incrustaron en nuestro pecho, que nos dejaron esquirlas hechas de rocío helado en las entrañas. Cada amanecer comienza a pesarnos, a cargarnos algo más, a girar los tornos que nos ahorcan. Conscientes de nuestra soledad, con un dolor más allá de todo con lo que es posible lidiar, vagamos, inermes, egoístas, convencidos de que el daño nos ha mutilado, coartado, roto: creemos ser irreparables.
Pero todo ese dolor tuvo un sentido: iluminar, con sus cegadoras llamas, la ruta, entre la onerosa niebla de la esperanza inútil, sinuosa y tétrica en apariencia, hacia nuestro trono sobre el tiempo.
Aceptar la soledad, comprender la agonía, volvernos lo que somos: es todo y uno solo.
La amargura, el rencor, la impotencia son las expresiones más viles de nuestro mortal enemigo: lo que encarnamos. Hemos de sobrevivir a sus devastadoras y oscuras mareas para ver, entre lágrimas, el brillo que deja pasar un útero que se abre; el vientre de los eones nos empuja a la vida, de nuevo, cuando creemos, con total convencimiento, que lo que hemos vivido ya ha sido demasiado para una vida. Y es entonces cuando entendemos que lo que está roto puede arreglarse, que es incluso más bello, más hermoso, más completo que aquello que nunca escuchó el estridente chillido de la piel al ser cortada por el acero empuñado por las manos propias.
Entendemos, al fin, que fuera del alcance de toda la suma del conocimiento y la palabra humanos, de toda letra y filosofía, de todo entendimiento mortal, no está el suicidio: está la vida.
Vemos, habiendo sido testigos de las puertas de la muerte, lo sublime que es, la victoria que supone, la infinita, eterna, y hermosa convicción de continuar nuestro camino, que ya nunca tendrá final.
Dicebant
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