Recuerdo
cuando mi primera pareja y yo, ambos veinteañeros, éramos cinéfilos militantes.
En el mismo fin de semana podíamos ver a Egoyan y Wenders, o a Lynch y Von Trier.
Es verdad que ella dormía parte de las pelis y yo no me enteraba de casi nada,
pero ahí estábamos, queriendo comprender, convencidos de que el arte requiere
esfuerzo y entrega. Supongo que algo siempre te queda, y que vas conformando tu
universo estético a través de experiencias que, racionalizadas o no, dejan su
impronta.
De
aquella etapa es SMOKE (WAYNE WANG / PAUL AUSTER, 1995), una película que
cuando la vimos de estreno nos fascinó y que luego, con los años, me ha seguido
cautivando. Con guion de Auster y dirección de Wang (aunque Auster también
codirige, sin aparecer en los créditos) nos habla de un microcosmos de
personajes que gravitan en torno al estanco de Auggie Wren. Es una bella
historia con momentos muy emocionantes, profundos, urdida
con relatos independientes pero que finalmente se engarzan, para conseguir un
conjunto estable y sólido. Es de esas películas con las que sientes que creces,
mientras paseas con Harvey Keitel y William Hurt por las calles de Brooklyn.
Auster,
como novelista, es para mí un descubrimiento reciente, sin embargo. Hace unos
días terminé BROOKLYN FOLLIES (Anagrama, 2006) y ahora estoy con INVISIBLE (Anagrama, 2009). He de reconocer que
su narrativa contiene muchos de los elementos que me fascinaron en sus
películas, pero, a pesar de ello, y de sus deslumbrantes destellos narrativos,
me he sentido decepcionado. Quizás sea culpa de las altas expectativas que puse
en él o, simplemente, que no todos los escritores, por muy buenos que sean, nos
tienen que gustar. Como dije antes, la crítica negativa no tiene sitio en mi
sección, así que me quedo con el Auster guionista de la espléndida Smoke.
Que
disfrutes.

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