El Pedro Lanas, un tipo como tú y como yo, miente al menos
cuatro veces al día. Podría parecer poco. Podría parecer que somos honrados. Lo
cierto es que cuatro mentiras al día hacen más de mil quinientas mentiras al año. Y más de
cien mil a lo largo de nuestra vida.
Con apenas seis meses de edad, un niño ya sabe fingir el
llanto para llamar la atención: ya sabe mentir. Desde ese momento y hasta su
muerte irá haciendo sus mentiras cada vez más sofisticadas y complejas, más
convincentes, más parecidas a la verdad.
Hay muchísimas causas por las cuales alguien podría mentir.
Normalmente, las mentiras más simples van dedicadas a los demás. Se usa de
ellas para ganar tiempo, para caerle mejor a alguien; para obtener alguna
ventaja, en general. Por ejemplo, resulta muy conveniente afirmar que hemos
hecho lo que todo el mundo ha hecho para no sentirnos excluidos.
Pero mentir a los demás es una falta relativamente vana. La
terrible verdad es que a la gente le encanta engañarse. Mentirse a sí misma.
Pensar, por ejemplo, que basta mirar al suelo cuando nos apunta un fusil para
que no nos disparen; no mirar a un terrorista para que no nos mate. Olvidar. O
hacer como que se olvida, que es lo mismo. Y en parte tienen razón: no podemos
controlar físicamente la realidad, pero controlar el enfoque que le damos es
casi igual de efectivo. En otras palabras: mentirnos funciona.
Así llegamos a una sociedad sistemáticamente basada en la
mentira. En la suposiciones. En las obviedades. Pasamos la vida, por ejemplo,
obviando la incoherencia de casi todo lo que nos rodea: la incoherencia de un
estado que se supone busca el beneficio de sus ciudadanos, pero que se suicida
económicamente; la incoherencia de una justicia que se supone busca castigar el
delito, pero que decide de adelantarse al crimen (esto es, castigar a los que
no son delincuentes, por hecho de que pudieran llegar a serlo), dando origen a
generaciones de jueces capaces de completos disparates en nombre de un sentido
de ley que ha perdido el norte, y respaldados por un cuerpo legal aprobado por
un poder legislativo dirigido por pseudodictadores escogidos de listas
cerradas, por ciudadanos demasiado cómodos en su sofá, delante de sus
televisiones controladas por Mediaset y Planeta, como para preocuparse por la
política. O la incoherencia de una sociedad que nos exalta a ser nosotros
mismos, mientras reprime y amputa cualquier signo de independencia e
individualidad real.
Y cómo olvidar la incoherencia de nuestros nuevos y jóvenes
paladines de la libertad, capaces de un discurso y unas maneras que recuerdan
fácilmente a los que hace menos de un siglo se proclamaron también radicales,
renovadores, revolucionarios, y sólo nos legaron un rastro de cenizas y muerte.
La incoherencia, en fin, de nuestras propias ideas, que ignoramos o pretendemos
ignorar, por no tener que reconocer la verdadera dejadez con que actuamos con
respecto a casi todo. La poca atención que le prestamos a la vida.
¿O acaso hay alguien
que pueda justificar su mera existencia sin recurrir a clichés religiosos o
pseudocientíficos? Y éstas son, quizás, las mentiras más graves. Y las más
necesarias.
Como necesitamos el aire hemos acabado por necesitar la
mentira. Porque la mentira es incluso un acto de piedad, como colocar una venda
en los ojos de los demás para evitar que vean lo que nosotros hemos visto: la
mentira que es el mundo y la nada que queda fuera de él, que la verdad es prescindible y todavía más: que la verdad es inútil. La mentira alivia el
sufrimiento, y la esperanza y la ilusión y la fe, y la creencia y la
imaginación, y hasta el recuerdo, son todos en esencia mentiras. Pero la verdad
del aquí y ahora, la verdad material e instantánea, es tan delgada, tan
débil y efímera que cuesta creer que lo
que sobreviva en la conciencia y la memoria no sean sino mentiras. Pensar en el
hecho de ser una insignificancia en el eterno e infinito universo, una nada que
desparecerá para no volver jamás; que ningún esfuerzo, ninguna gota de sudor o
sangre, ninguna lágrima, ningún muerto, significó nunca nada; que en realidad
no hay nadie que nos conozco realmente, que sepa por qué obramos y pensamos
como lo hacemos, que nos comprenda de verdad y nos juzgue con justicia. ¿A
quién podría hacer esto feliz?
Llama la atención que la culpa por la mentira suele recaer
en los que mienten, cuando la mentira viene de fuera, no de dentro. Como no hay
dos personas iguales, así todos mentimos de los modos y por los motivos más
variados, pero existe una mentira, la más común con diferencia, que seguro que
a todos nos es familiar:
-
¿Qué te pasa?
-
Nada.*
*Mentira
Dicebant
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