"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 5 de febrero de 2012

Una persona cualquiera

El Pedro Lanas, un tipo como tú y como yo, miente al menos cuatro veces al día. Podría parecer poco. Podría parecer que somos honrados. Lo cierto es que cuatro mentiras al día hacen más de mil quinientas mentiras al año. Y más de cien mil a lo largo de nuestra vida.
Con apenas seis meses de edad, un niño ya sabe fingir el llanto para llamar la atención: ya sabe mentir. Desde ese momento y hasta su muerte irá haciendo sus mentiras cada vez más sofisticadas y complejas, más convincentes, más parecidas a la verdad. 

Hay muchísimas causas por las cuales alguien podría mentir. Normalmente, las mentiras más simples van dedicadas a los demás. Se usa de ellas para ganar tiempo, para caerle mejor a alguien; para obtener alguna ventaja, en general. Por ejemplo, resulta muy conveniente afirmar que hemos hecho lo que todo el mundo ha hecho para no sentirnos excluidos.

Pero mentir a los demás es una falta relativamente vana. La terrible verdad es que a la gente le encanta engañarse. Mentirse a sí misma. Pensar, por ejemplo, que basta mirar al suelo cuando nos apunta un fusil para que no nos disparen; no mirar a un terrorista para que no nos mate. Olvidar. O hacer como que se olvida, que es lo mismo. Y en parte tienen razón: no podemos controlar físicamente la realidad, pero controlar el enfoque que le damos es casi igual de efectivo. En otras palabras: mentirnos funciona.

Así llegamos a una sociedad sistemáticamente basada en la mentira. En la suposiciones. En las obviedades. Pasamos la vida, por ejemplo, obviando la incoherencia de casi todo lo que nos rodea: la incoherencia de un estado que se supone busca el beneficio de sus ciudadanos, pero que se suicida económicamente; la incoherencia de una justicia que se supone busca castigar el delito, pero que decide de adelantarse al crimen (esto es, castigar a los que no son delincuentes, por hecho de que pudieran llegar a serlo), dando origen a generaciones de jueces capaces de completos disparates en nombre de un sentido de ley que ha perdido el norte, y respaldados por un cuerpo legal aprobado por un poder legislativo dirigido por pseudodictadores escogidos de listas cerradas, por ciudadanos demasiado cómodos en su sofá, delante de sus televisiones controladas por Mediaset y Planeta, como para preocuparse por la política. O la incoherencia de una sociedad que nos exalta a ser nosotros mismos, mientras reprime y amputa cualquier signo de independencia e individualidad real.
Y cómo olvidar la incoherencia de nuestros nuevos y jóvenes paladines de la libertad, capaces de un discurso y unas maneras que recuerdan fácilmente a los que hace menos de un siglo se proclamaron también radicales, renovadores, revolucionarios, y sólo nos legaron un rastro de cenizas y muerte. La incoherencia, en fin, de nuestras propias ideas, que ignoramos o pretendemos ignorar, por no tener que reconocer la verdadera dejadez con que actuamos con respecto a casi todo. La poca atención que le prestamos a la vida.

 ¿O acaso hay alguien que pueda justificar su mera existencia sin recurrir a clichés religiosos o pseudocientíficos? Y éstas son, quizás, las mentiras más graves. Y las más necesarias.

Como necesitamos el aire hemos acabado por necesitar la mentira. Porque la mentira es incluso un acto de piedad, como colocar una venda en los ojos de los demás para evitar que vean lo que nosotros hemos visto: la mentira que es el mundo y la nada que queda fuera de él, que la verdad es prescindible y todavía más: que la verdad es inútil. La mentira alivia el sufrimiento, y la esperanza y la ilusión y la fe, y la creencia y la imaginación, y hasta el recuerdo, son todos en esencia mentiras. Pero la verdad del aquí y ahora, la verdad material e instantánea, es tan delgada, tan débil  y efímera que cuesta creer que lo que sobreviva en la conciencia y la memoria no sean sino mentiras. Pensar en el hecho de ser una insignificancia en el eterno e infinito universo, una nada que desparecerá para no volver jamás; que ningún esfuerzo, ninguna gota de sudor o sangre, ninguna lágrima, ningún muerto, significó nunca nada; que en realidad no hay nadie que nos conozco realmente, que sepa por qué obramos y pensamos como lo hacemos, que nos comprenda de verdad y nos juzgue con justicia. ¿A quién podría hacer esto feliz?

Llama la atención que la culpa por la mentira suele recaer en los que mienten, cuando la mentira viene de fuera, no de dentro. Como no hay dos personas iguales, así todos mentimos de los modos y por los motivos más variados, pero existe una mentira, la más común con diferencia, que seguro que a todos nos es familiar:

-          ¿Qué te pasa?
-          Nada.*


*Mentira 
                                                                                                                      

Dicebant

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