“Ser perfecto es mucho menos perfecto que llegar a ser en perfecto; ser bueno vale menos que convertirse en bueno. Es imposible ser feliz, hay que llegar a serlo. Es imposible la compasión sin fragilidad, la vida sin muerte. No se puede ser valiente sin riesgo y sufrimiento. ¿Quién puede conocer nada sin conocer el dolor?
¿Y qué es el hombre?
- Soy el tiempo que le llevó a Dios convertirse en Dios, dijo el hombre.”
- Eckhart de Hochheim (1260-1328)
Hace tiempo leí una noticia que me llamó muchísimo la atención: el alcalde de una pequeña localidad impulsó una reforma legal para… prohibir la muerte.
¿Cómo sería el mundo si estuviera prohibido morirse? ¿Y si estuviera prohibido no ser feliz?
En realidad no hay que abusar de la imaginación para conseguir una imagen precisa de un mundo donde el dolor es ilegal. No hay más que vivir para verlo.
Vivimos en un mundo que reprime sistemáticamente a todo lo que pueda producir tristeza o descontento; lo hace desaparecer o lo convierte en algo trivial y ridículo. Por ejemplo, las fuertes pasiones que gobernaron a toda una generación de románticos, cuyas y obras e influencia han dado a la literatura algunos de sus mejores momentos, son hoy pasto de una sociedad para la cual “nada es para tanto”. ¿Te has peleado con alguien? No importa, seguro que puedes arreglarlo. ¿Qué te pasa, estás triste? Bah, alégrate, que la vida es para disfrutarla. ¿Te han dejado? Bueno, habrá otras, u otros. Incluso la muerte ha pasado de ser algo grave y terrible a verse como una simple molestia, como eso que siempre le pasa a otro, y para lo que hay que pagarle funeral a algún vejestorio y/o poner cara de circunstancia durante un largo y pesado entierro. En resumen, si no eres feliz, es porque no quieres. Si estás triste, es porque te da la gana estar triste. Eres tú, que naces libre e igual a todos los seres humanos sobre esta Tierra, tú, que naces como producto de millones de años de evolución y selección, y bajo, en este caso, un gobierno que protege la libertad individual, quien elige cómo estar. Es tú culpa estar así, para bien o para mal.
Y quizá sea cierto.
Seguramente estoy triste porque quiero, y no porque no sea más que un grano insignificante en una playa infinita, condenado a no ser nunca nada, y a morir después de toda una vida de alimentar con tu trabajo, y acaso con tu sangre, a un sistema que te lava el cerebro para creas que está bien que te obliguen a trabajar en una cadena de producción donde cobras 3 por fabricar algo que luego te venderán por 15, que te obliga a desear lo que convenga a la industria y el mercado que desees, que te ha convencido de que a la seguridad bien vale sacrificar toda emoción verdadera, que te hace cumplir leyes y normas que realmente no entiendes más que como interese al orden establecido, que te fuerza desde el primer momento a la mediocridad y la uniformidad, que te entrena para posponer cualquier meta real en la vida hasta después de los 67 años, que falsea y oculta las estadísticas de suicidios, que sustituye todas tus aspiración y deseos y las supedita a lograr éxito laboral, el éxito del esclavo. Triste porque tengo ojos y la desgracia de no haberlos cerrado.
Se ha extirpado de la existencia todo motivo por el que vivir. ¿De qué vale ahora la vida? ¿Acaso se vive simplemente por vivir? Pero existir no es vivir, y el humano está dotado de razón y de sentido, y por eso no es un ser cualquiera. Su existencia no se reduce a la de un punto en la sucesión infinita de la evolución. Su vida tiene un objetivo trascendental, más allá de su mera condición animal, un objetivo que está guiado no por las leyes que rigen al universo, mucho menos por las que rigen a la sociedad, no por la lógica y la razón que son hijas y madres de esas leyes, sino por las emociones. Si hay algo en la naturaleza del hombre que desafía toda lógica es, precisamente, la irracionalidad.
¿Acaso algún otro animal actúa simplemente movido por la ira o por el deseo?
No.
Así como el absurdo y la locura que se dan en la mente humana no existen fuera de ella, ocurre que el producto de ese continuo absurdo que es al final nuestra vida, no está supeditado al pasar del universo. Ocurre que nuestras vidas son tragedias que trascienden el tiempo y el espacio.
Quisiera no saber que me equivoco. No saber que el tiempo que tardamos en aprender a leer en vida es el que ocupa el tiempo, una vez muertos, en volvernos una nada que ya no es ni polvo que respiren los gusanos. Ignorar que todo está regido por leyes inmutables e infinitas. Y que incluso los recuerdos, o el mismo Amor, no son sino productos de un conjunto de reacciones químicas.
Quisiera no saber. Pero sé. Y por eso quiero olvidar. Olvidar todo lo que sé. Olvidarlo, porque el conocimiento no hace sino dudar y sufrir. Y de nada vale ya; olvidaré.
Tal y como un día me olvidarán a mí.
- Dicebant
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