"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 11 de marzo de 2012

Cuando el niño era niño


Entonces, entornando sus ojos y gesticulando notablemente, Lenin añadió sin alegría alguna: “Pero no puedo escuchar música a menudo: afecta a mis nervios, me hace no querer sino decir dulces naderías, adorar a aquellos que, viviendo en este infierno, son capaces de crear cosas tan hermosas. Pero los que acaricies hoy serán los que te muerdan mañana; por eso hay que golpearlos, golpearlos sin ninguna piedad, aunque en la idea estemos en contra de cualquier violencia contra el pueblo.
¡Qué difícil es todo esto!”
-          De una conversación entre Lenin y Maxim Gorki.

En la naturaleza del ser humano está la contradicción. A los seis meses un niño aprende a fingir el llanto para atraer la atención de los padres. Y poco después aprende algo muchísimo más importante que mentir a los demás: mentirse a sí mismo, creerse sus propias mentiras.

Mucho se ha hablado de la creciente indiferencia de la sociedad. Contra la corrupción que asola la democracia sólo se levantan unos pocos; se les presta una mínima atención, y son silenciados rápidamente. Las cosas no cambian. La gente necesita la chispa, pero no actúa guiada por reflexión real, sino por el mero impulso de la imitación.
Como niños.
Mucho se ha dicho sobre la infantilización de la sociedad: cada día más apáticos y caprichosos. Cada día más dados a ceder libertad por seguridad, por felicidad. La masa de la población se entrega a una cultura controlada por unos pocos grupos de telecomunicaciones, o subvencionada por ministerio; reprimida en fin, filtrada y controlada, y cierra los ojos al resto. Los padres malcrían a sus hijos: demasiado ocupados trabajando o descansando, ¿qué tiempo se tiene hoy para criar a nadie? Y qué decir de la música… Poco hay que se salve; y en general, de la juventud. Proféticas resultaron aquellas palabras de Cristiano Guilson, allá por los 80:
Los videojuegos no afectan a los niños. Si fuera así, y el Comecocos nos hubiera afectado a nosotros cuando éramos niños, ahora estaríamos deambulando por lugares oscuros, comiendo píldoras de colores y escuchando ritmos electrónicos repetitivos.

En fin, que cuanto más avanzamos y crecemos, más niños nos volvemos. Y es bueno que sea así. 
Tiene que ser así.

Es muy fácil criticar a la sociedad, quejarse de todo lo que te rodea y de la actitud de la gente, de los políticos, de los medios. Pero mucho más difícil, y más adulto, es tratar de comprender por qué la gente actúa así, por qué pasa todo esto; entender que, tal vez, no seas tú quien lleva la razón, que a veces irracionalidad misma tiene razón.
La verdad de toda esta infantilización no es la que creía: no responde a ninguna manipulación política e industrial sobre la sociedad. Quizás sí beneficie en algún sentido a alguna parte de la política y la sociedad, pero ahora creo imposible que sea exclusivamente debido a ninguna campaña contra la madurez y la autocrítica. No, la realidad es muchísimo más sencilla y humana.
La verdad es que quien no es niño siempre, no llega a la edad de dejar de serlo. Los niños nacen viendo el mundo de una manera muy abierta, y tratando de entender todo lo que les rodea. Qué gran acierto sería que fueran entonces adultos. Cuando todavía no saben, no conocen, no han visto el negro mar que los rodeará y aislará siempre. Cuando desconocen por completo a la sociedad que los contiene, al inmutable y terrible mundo que impone sus leyes sin preguntar a nadie. La tiranía del tiempo es en la infancia la de una tortuga: queremos ser mayores; qué error tan grande. Y qué bueno sería ser comprensivos y críticos a medida que conocemos las cosas; sin referente más que la propia raíz de la existencia. Y encontrando suficientes motivos para la vida en el mismo hecho de estar vivos.
Pero las cosas no son así.
Pasa el tiempo y vamos entendiendo: en la vida no hay motivos ni sentido; la Justicia y el Amor son sólo sustantivos, sin realidad; suceden cosas buenas, que acaban prematuramente, y cosas malas que te hacen tenerte como el borracho sobre el baño, a punto de vomitar, pero sin llegar a hacerlo; cosas que desafían toda lógica; cosas que hay que olvidar; nada se entiende, nada de nada; todo lo ideal y justificado llega a ser injusto y horrible.
Entonces, ¿cómo se pedir otra cosa? Se tiene que ser un niño. 
Y así pasó que pasó el tiempo y entendí que la verdad no es la de fábula de pobres oprimidos y tiranos. Entendí que la realidad es mucho más simple y humana; que hay que ser niños para vivir en este mundo; que se puede vivir de la ilusión, y que todos vivimos de ella; que los adultos son los que se miran en el espejo y se ven, ven su vida, sus errores, los que cometieron y los peores, los que no cometieron; y que no critican al mundo, que lo comprenden, y entienden que es así porque ha de ser así; con diferente forma, quizás, pero mismo fondo. Entendí los niños viven de la mera raíz, sin motivo ni ilusión más que la misma vida; que cuando el niño es niño el vacío no existe, y cuando es adulto lo consume.

Entendí que los adultos se matan, los niños no.


                                                                                                                       Dicebant

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