Piensan los vencidos que el tiempo les valdrá alguna
victoria. Y existe en algún lugar de su imaginación algo que les hace creer que
no son ellos los que pierden.
La Victoria es la justa madre de los derrotados, sus gestos
de piedad o compasión son causa de impotencia y envidia. La constancia en la
derrota obliga a la mente a inventar excusas: se pierde porque las normas están
mal, porque los que juzgan están ciegos; la victoria puede ser mala, a veces, y
la derrota buena. En algún lugar de su imaginación está en los vencidos la
convicción de que no son ellos los que han perdido, de que no se merecen ese
agrio y vomitivo ardor en el cerebro.
Tú, el que pierde,
tal vez quieras creer que los breviarios de los vencidos son
mucho más sublimes y trágicos que los de los que ganan. Que sepas que la
derrota sólo conmueve a los derrotados. Los vencidos sólo logran apelar a los
vencidos.
quizá pienses firmemente que la historia la hacen los que
ganan, pero también los que pierden. Los que ganan, ganan todo lo que hay por
ganar. Los que pierden no tienen nada.
seguro que crees que con lamentos de perdedor se llega a
algún lugar. Las lágrimas son sublimes en la pantalla, no en tu cara; las
emociones son algo de libros y películas, y ridículas cuando son tuyas,
siempre. Piensas que ser patético sirve de algo.
Al mundo le da igual lo que piensas, a nadie le importa lo
que crees; menos aún lo que piensan y creen los que pierden.
La impotencia y la rabia se mezclan con la envidia. Sueñas
que ganas y sólo en tus sueños ganan los que pierden y pierden los que te
ganan.
Pero incluso los sueños te abandonarán. El podrido trapo de
ilusiones que tapa tus ojos también se cansará de tus tristes ideas. Hasta los
sueños se suicidarán por no tener que aguantarte. Ellos saben que son el
legítimo patrimonio de los que te ganan.
Los recuerdos son benévolos con el vencido. Por pura
sugestión, pasado el suficiente tiempo, ninguna derrota parece tan terrible,
tan aplastante: se pierden las dimensiones de la realidad. El que gana no
necesita recuerdos: la eterna realidad es su santuario, y los penosos
derrotados son sus trofeos.
El que gana no necesita saber por qué gana. Al que pierde le
va la vida en saber por qué ha perdido. El que pierde ha de rendirse a la
reflexión, ha de rendirse frente al frenesí del tiempo, que exige vivir sin
pensar, y que se ha encargado de que a lo único que lleve el pensamiento sea a
la Muerte. Allí es donde llegan todos los derrotados. Allí es donde van todos
los perdedores. Los que ganan son inmortales: la Muerte es algo que sólo existe
para los que piensan en ella. El mayor trofeo de la Victoria es la inercia de
la vida, la Vida en sí misma: no hay nada que pensar, han ganado a la Muerte.
Al final llegará la apatía. No serás diferente: creerás que
lo eres. Pero para ti eso es suficiente.
El tiempo lo único que da es lo merecido a los que ganan, y
la certeza de la derrota a los vencidos. El pasado es un alucinógeno que te
hará creer que eres mejor, y que la derrota pasa. Quizá la derrota pase, pero
no pasa el perdedor. A tu realidad la consumirá el pasado, que te hará ver el
presente con mejores ojos, aunque el mundo sepa ver lo patética que es, y
arderá el futuro en tus sueños y en tus entrañas; el futuro, que sólo sirve al
hombre que no ya es nada para asegurarle que será menos.
Termino honrando a la Verdad; a Ella, la eterna vencida. Ella, que vive en las palabras que nadie se atreve a decir, y nadie oiría
aunque se dijeran, las cosas que nadie ve, y el mundo ignoraría si las supiera,
en todo esos sentimientos e ideas que sabes que son siempre ridículos y
estúpidos, siempre absurdos, que sé que nunca son tuyos.
A este muerto infame Ella lo conmueve, y yo sé algo que es
cierto:
sólo aprende el hombre que pierde.
sólo aprende el hombre que pierde.
Dicebant
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