"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

domingo, 20 de mayo de 2012

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A ... ... 

No ha mucho, el autor de estos versos,
Con ese loco orgullo de la intelectualidad
Defendía el "poder de las palabras" - negaba que nunca
se originara un pensamiento en el cerebro humano
que excediese a la expresión de la humana lengua.
Y ahora, como en burla de aquella jactancia,
dos palabras - dos dulces sílabas extranjeras
Voces itálicas hechas sólo para ser murmuradas
por ángeles durmientes a la luz de la Luna, "Rocío
suspendido como sartas de perlas sobre la colina de Hermón, -
han despertado de los abismos de su corazón,
pensamientos que no son pensamientos, que son las almas del pensamiento,
Ricas, mucho más ardientes, mucho más divinas visiones
de las que jamás el serafín arpista, Israfel,
(El que tiene "la voz más dulce entre todas las criaturas de Dios"),
Pudo aspirar a pronunciar. ¡Y yo!... Mis hechizos se han roto
La pluma cae impotente de mi mano que tiembla
Con tu amado nombre por tema, aunque tú me lo pidas,
No puedo escribir – no puedo hablar, no puedo pensar-
Ay!, no puedo sentir; porque no es posible sentimiento
Así, inmóvil en el áureo
umbral de la puerta, abierta de par en par, de los sueños
Contemplando, arrobado, ante mí la brillante visión,
Y estremeciéndome, cuando miro a la derecha,
y la izquierda, y a lo largo del camino.
Entre vapores sin púrpura, lejos ya muy lejos
Donde los ojos mueren – a ti sola.



Annabel Lee

Hace muchos, muchos años
            en un reino junto al mar,
Vivía una doncella a quien quizá conocéis
            con el nombre de Anabel Lee
Y esta doncella no vivía con otro pensamiento
            Sino el de amarme, y ser amada por mí.

Yo era un niño y ella era una niña,
            En ese reino junto al mar.
Pero amábamos con un amor que era más que amor –
Yo y mi Anabel Lee;
Con un amor que los alados serafines del Cielo
            nos envidiaban a ella y a mí.

Y esta fue la razón por que, hace ya mucho tiempo,
            En ese reino junto al mar,
Sopló un viento de una nube, y heló
A mi hermosa Anabel Lee
Así fue que vino aquel familiar de alta cuna
            Y se la llevó lejos de mí
A encerrarla en un sepulcro
            En ese reino junto al mar
Los ángeles perdieron la mitad de su felicidad en el Cielo
            Porque me envidiaron a ella y a mí
¡Sí! – Esa fue la razón (como todos los hombre saben
            en ese reino junto al mar)
Por la que aquel viento sopló una nube en mitad de la noche
            Helando y matando a mi Anabel Lee.

Pero nuestro amor era mucho más fuerte que el amor
            de ésos que eran mayores que nosotros
            de muchos que eran mucho más sabios que nosotros
Ni los ángeles en el paraíso celestial,
ni los demonios del profundo océano,
Podrán jamás separar mi alma del alma
De la hermosa Anabel Lee

Porque la luna jamás luce sin traerme sueños
            De la hermosa Anabel Lee

Y las estrellas nunca se alzan sin que sienta el brillo de sus ojos
            De la hermosa Anabel Lee

Y por eso, toda la noche yazgo a su lado
Al lado de mi querida – de mi amada- de mi vida, de mi novia,
            En su sepulcro junto al mar
            En su tumba, junto a la sonora mar.



El cuervo

Una vez, en una melancólica medianoche, mientras cavilaba débil y cansado
Sobre cierto primoroso, arcaico y curioso volumen de saber olvidado - Mientras cabeceaba casi adormecido, de pronto se oyó un golpecito Como de alguien que llamaba quedamente, llamaba a la puerta de mi habitación. "Será algún visitante", refunfuñé, que llama a la puerta de mi habitación – 
            Sólo esto y nada más.

¡Ah!, claramente me acuerdo que fue en el yerto de diciembre,
Y cada una de las moribundas ascuas labraba su espectro sobre el enlosado.
Ansiosamente yo anhelaba la mañana;
Vanamente había probado a obtener
De mis libros una tregua al dolor – al dolor por la malograda Leonora – 
Por la singular y radiante doncella que los ángeles llaman Leonora –
            Innominada aquí, para siempre jamás

Y el sedoso, triste, incierto crujir de cada cortina de púrpura
Se estremecía – me llenaba de fantásticos terrores jamás reconocidos antes;
De modo que ahora para aquietar los latidos de mi corazón, me puse de pie, repitiendo,
“Será algún visitante que suplica entrada a la puerta de mi habitación –
Algún tardío visitante que suplica entrada a la puerta de mi habitación” –
            Esto es y nada más.

Entonces mi alma cobró vigor; y ya, no vacilando más,
“Señor”, dije, “Señora, sinceramente imploro vuestro perdón;
Pero la verdad es que estaba adormilado; tan suavemente vinisteis a llamar,
Y tan débilmente vinisteis a golpear, golpear a la puerta de mi habitación
Que apenas estaba seguro de haberos oído” – y entonces abrí de par en par la puerta: -
            Tinieblas y nada más.

Atisbando en el fondo de aquellas tinieblas estuve largo espacio maravillándome, temiendo,
Dudando, soñando sueños que ningún mortal osó jamás soñar;
Pero el silencio no fue interrumpido, ni la quietud dio señal,
Y la única palabra que allí se dijo fue la susurrada, “¿Leonora?”
Yo la susurré, y un eco repitió, murmurando la palabra: “¡Leonora!”
            Sólo esto y nada más.

Volviendo a la habitación con toda mi alma ardiendo,
No tardé en oír de nuevo un golpecito más fuete que antes.
“Sin duda”, dije, sin duda algo sucede en la celosía de mi persiana;
Veamos, pues, lo que pasa ahí y exploremos ese misterio –
Cálmese por un momento mi corazón y exploremos ese misterio; -
            Es el viento y nada más.

Abrí entonces de golpe la ventana, cuando, con mucho retozo y aleteo,
Saltó dentro un soberbio Cuervo de los santos días de antaño.
No me hizo la menor reverencia; ni un minuto se detuvo ni paró,
Sino que con un aire de caballero o dama se emperchó sobre la puerta demi habitación –
            Se emperchó y posó, y nada más.

Entonces aquel pájaro de ébano, induciendo a mi triste imaginación a sonreír,
Ante el grave y severo empaque de la facha que ponía,
“Aunque tu copete esté mocho y descañonado, tú”, le dije, “no eres sin duda un cobarde,
Lívido, torvo y antiguo Cuervo extraviado de la Nocturna rivera –
¡Dime cuál es tu nombre señorial en la rivera Plutónica de la Noche!”
            Contestó el Cuervo: “Nunca más”.

Mucho me maravilló el oír a aquel desmañado pájaro discurrir tan llanamente,
Aunque su respuesta poco significado – poca pertinencia ofrecía;
Porque no podemos menos de convenir en que ningún ser humano viviente
Tuvo jamás la suerte de ver a un pájaro sobre la puerta de su habitación –
Ni pájaro ni otro animal sobre el busto esculpido encima de la puerta de su habitación
            Con un nombre semejante al de “Nunca Más”.

Pero el cuervo posado solitariamente sobre aquel plácido busto sólo pronunció
Aquella única frase, como si su alma en aquella única frase se hubiese vertido.
Nada más profirió; no agitó ya ni una pluma.
Hasta que yo apenas murmuré “otros amigos me han dejado ya –
A la mañana este me dejará también, como mis Esperanzas volaron”,
            Y entonces dijo el pájaro: “Nunca Más”.

Me estremecí ante el silencio roto por aquella respuesta tan oportunamente pronunciada.
“Sin duda”, dije, lo que él dice es todo su material y repuesto
Recogido de algún infeliz maestro a quien el implacable Destino
Acosó más y más, hasta que su canto se quedó en un solo estribillo
Hasta que los trenos de su Esperanza se quedaron con este melancólico estribillo
            De “Nunca Más”.

Pero como el Cuervo continuaba incitando a toda mi alma triste a sonreír,
Acto seguido empujé un sillón de cojines delante del pájaro y el busto y la puerta;
Luego hundiéndome en el terciopelo, me puse a encadenar,
Fantasía con fantasía, pensando lo que aquel siniestro pájaro de antaño –
Lo que aquel torvo, desmañando, lívido, macilento y siniestro pájaro de antaño
            Quería decir croando: “Nunca Más”.

Así me estaba sentado enfrascado en mi cavilar, pero sin pronunciar una sílaba
Para el ave cuyos encendidos ojos ardían ahora dentro de mi corazón;
Yo estaba sentado, y cavilando esto y mucho más, mientras mi cabeza cómodamente reclinada
En el cojín forrado de terciopelo en que se recreaba la luz de la lámpara,
Pero cuyo forro de violáceo terciopelo, con la caricia de la luz de la l-lámpara
Ella no oprimirá, ¡ay de mí!, ¡Nunca Más!

Entonces me pareció que el aire se adensaba, perfumado por un invisible incensario
Mecido por Serafines cuyas pisadas retiñían en el suelo alfombrado.
“¡Desventurados”, grité, “tu Dios te ha concedido – por esos ángeles que te ha enviado
Tregua, - tregua y nepente, en tus memorias de Leonora!
¡Bebe, oh, bebe de ese buen nepente y olvida a esa malograda Leonora!”
            Repitió el Cuervo: “Nunca Más”.

“¡Profeta!”, dije yo, “¡Ser maléfico! – profeta, sí, ¡seas pájaro o demonio!
Ya te envíe el Tentador, ya la tempestad te arroje, aquí a esta playa,
Afligido, aunque impávido, en esta desierta tierra hechizada –
En esta Mansión que el horror visita – dime la verdad, yo lo imploro –
¿Hay aquí – hay aquí bálsamo, en Judea? – dime – dime, ¡yo lo imploro!
            Repitió el Cuervo: “Nunca Más”.

“¡Profeta!, ¡profeta!”, dije yo “ser maléfico – profeta, sí, ¡seas pájaro o demonio!
Por ese cielo que se comba sobre nosotros – por ese Dios que los dos adoramos
Dile a esta alma de pesar agobiada si, en el distante Edén,
Abrazará a una bienaventurada doncella a quien los ángeles llaman Leonora”
            Repitió el Cuervo: “¡Nunca Más!”

“Sea esta la palabra de nuestra separación, ¡pájaro o demonio!” – chillé irguiéndome –
“¡Húndete de nuevo en la tempestad y en la ribera Plutónica de la noche!
No dejes aquí ni una negra pluma en prenda de esa mentira que tu alma ha pronunciado.
¡Deja inviolada mi soledad! - ¡deja ese busto encima de mi puerta!
¡Quita tu pico de mi corazón, y lleva tu figura fuera de mi puerta!
            Repitió el Cuervo, “¡Nunca Más!”

Y el Cuervo sin revolotear ya jamás, está posado todavía,
Sobre el pálido busto de Palas, precisamente sobre la puerta de habitación;
Y sus ojos tienen toda la semblanza de un demonio que está soñando,
Y la luz de la lámpara derramándose sobre él proyecta su sombra en el suelo;
Y mi alma, fuera de esta sombra que yace flotante en el suelo,
            No se levantará – ¡Nunca Más!


                                             Edgar Allan Poe

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