Los detectives encargados de averiguar la identidad del cadáver hicieron una máscara mortuoria de la cara, un molde de su rostro en yeso, y publicaron su imagen. Nadie identificó aquel cuerpo.
La falta de pistas sorprendió mucho a la policía: a pesar de la muerte, y de la terrible desfiguración que sufren los que mueren ahogados, el rostro era increíblemente bello: sus facciones, equilibradas, su expresión, serena, feliz; evidenciaba una felicidad casi sobrenatural, reflejaba una paz tan vasta que inquietaba.
Sobre ella se diría que era "como una frágil mariposa para nosotros, quienes, despreocupados y eufóricos, nos lanzamos a la llama de la vida, abrasando nuestras finas alas".
Tan hermosa era, que a los pocos años comenzó a popularizarse el busto de aquella máscara como un artículo de decoración. Toda la alta sociedad burguesa, y por supuesto todos los bohemios y artistas querían bustos en mármol de la joven ahogada en el Sena. Durante décadas fue estereotipo de belleza en Europa; un autor comentaba a principios del siglo XX: "toda una generación de jóvenes se han criado queriendo parecerse a ella".
Y así inspiró películas, novelas, a autores de todo Occidente: Camus, Nabokov, Rilke, además de escritores americanos, ingleses...
Pero el enigma de su sonrisa quedaría por siempre oculto: nunca nadie ha logrado averiguar nada de aquella joven.
Tiene el mundo un fino sentido de la ironía. O mejor dicho, un humor más negro que la muerte.
A mediados de la década del sesenta, se popularizó un muñeco para las prácticas de reanimación cardiovascular. El modelo estándar impuesto por aquel entonces, y que sigue usándose hoy, es una réplica del busto superior del cadáver de la llamada "desconocida del Sena".
Y así, miles, millones, cientos de millones de personas han besado sus labios, apretado su pecho; han querido salvarla vida de aquella chica que se mató hace ya más de un siglo; si por soledad o Amor, jamás lo sabremos.
Salvarla a ella, a esa pobre niña, que lo único que quería era morir.
Dicebant
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