Si es de sospechar que B. Laden facilitó inconscientemente su liquidación después de comprobar los efectos imperiales de la caída de las Torres, ¿qué pasará con esta crisis económica? Como se dice del cáncer, casi tantos viven de ella (auditorías, especuladores, paraísos fiscales, empresas, países enteros, periodistas) como mueren por ella. La irresponsabilidad de la información vende crisis a cualquier precio. Es difícil no recordar, en estos momentos de espectáculo continuo, aquella idea según la cual la información es básicamente un mecanismo de exorcismo, de blanqueo anímico: Francia tiene problemas, pero España está al borde del precipicio; Portugal está mal, pero a Grecia le va peor. Esperando que el otro caiga más bajo todavía, los distintos bancos, los partidos políticos y las naciones europeas se turnan para ver a quién colocan en la parrilla de la prima de riesgo y la huida de capitales.
Aunque estemos en la idea de que para gobernar un país, y gobernarse a sí mismo, es necesario no tomar en serio la información, no deja de asombrar ver cómo muchos profesionales de la política, con sueldo, hablan como si no vieran los telediarios. Si el terrorismo ha logrado en casi todos los países pactos de Estado, ¿por qué no lo consigue el “terrorismo” acéfalo de la especulación bursátil? ¿Cuándo, por ejemplo, el Estado español ha estado contra las cuerdas con ETA como ahora lo está con el acoso de “los mercados”? Pero tal vez la respuesta esté en que la presión criminal de los mercados es impersonal y “objetiva”, y esto impresiona a derecha e izquierda.
“España está de hecho intervenida”. Este misil de Aznar dirigido contra el gobierno de Zapatero es repetido sin vergüenza, seis meses más tarde, en algunos portavoces de izquierda contra el gobierno de Rajoy, sin importar mucho las consecuencias comunes. El particularismo de los partidos, que no tienen reparo en utilizar cualquier fracaso del otro para ganar puntos, se duplica en el particularismo de los periodistas… que a su vez duplica la burbuja global. El aislamiento sectario de cada grupo de presión sostiene la virtud pública de la supuesta transparencia. La misma piratería empotrada, conservadora o socialdemócrata, que ha generado esta situación prolonga ahora la agonía. De aquellos lodos, esta inundación.
Hay que decir que la ideología ha jugado y sigue jugando un papel funesto, pues no hace más que proporcionarle coartadas a los cuadros intermedios y superiores que debían hacerse cargo, lo más abiertamente posible, de la situación. La ideología ha sido el dique imprescindible, junto al escandaloso “jet de vida”, para que miles de expertos que tienen la responsabilidad de gestionar la crisis, paradójicamente, nunca la hayan sufrido. Por si sus coches blindados fueran poco, y los privilegios de la tecnocracia, la pose ideológica les hace definitivamente impermeables a cualquier grieta. Como el Titanic, la orquesta siguió tocando mucho después de chocar con el hielo. Tardamos en reconocer que estábamos bajo una burbuja desinflada; tardaremos en reconocer el paisaje del otro lado. Y uno de los principales problemas es la nomenclatura, de derecha y de izquierda, que mantiene la alternancia en la gestión política.
¿De qué se ríen mientras tanto los líderes globales en sus reuniones? Strauss-Kahn fue casi un ejemplo naïf por sus excesos carnales, pero de Barroso a Draghi, la estirpe de los extraños oficinistas que nos gobiernan da miedo. ¿Alguna vez pisan la calle? Dan ganas de recordar la frase de un líder suramericano, hoy en día poco querido en Europa: “La elites, de cumbre en cumbre; los pueblos, de abismo en abismo”. Viene al pelo también aquella exclamación indignada del alcalde Nueva Orleáns, del mismo partido que gobernaba en Washington, ante el olor de los cadáveres en el agua: ¡Déjense de ruedas de prensa y muevan el culo! ¿Quién le diría hoy algo parecido a la encantadora señora Merkel? Nadie. Para empezar, porque Europa, bajo el paraguas militar estadounidense, no existe más que como una coordinadora de economías nacionales con intereses distintos. Y no hay ningún signo de que algún día vaya a ser otra cosa.
De Brasil a Islandia, de Rusia a Argentina, no existe ni un solo país que haya salvado sus muebles sin apoyarse en una cierta sensatez popular y nacionalista. ¿Hace falta que aparezca en el horizonte una señora Le Pen para que los expertos se pongan las pilas? En este punto el despiste de los políticos españoles ha sido particularmente llamativo. Es necesario volver siempre, tanto a nivel nacional como individual, a un principio de excepción, de diferencia. Sin esto no hay comunidad posible, ni paz relativa, ni alianzas en marcha. Si lo universal es hoy algo más que espuma, o una burla cruel, lo es gracias a singularidades fuertes que mantienen su independencia de los caprichos acéfalos (o sea, secretos) del mercado. Imaginemos, por relativa que sea, qué sería de la independencia alemana, rusa, china o estadounidense sin una política (económica y militar) unilateral, impermeable a la ilusión global, a un señuelo que siempre ha estado destinado a los débiles.
Y la fuerza nacional no es tanto un problema de tamaño como de decisión e inteligencia políticas. Aunque la facilite, no es el tamaño lo que permite la independencia; es la decisión la que, hasta cierto punto, hace el tamaño. Naciones tan distintas como Holanda o Cuba son ejemplo de esto. Si hay alianzas vendrán después de una resistencia en la singularidad. No hace falta que venga ningún extremista para que aceptemos que esta diferencia nacional rellena y polariza la democracia formal. Sin ella, ¿qué sería un Estado? Algo tal vez parecido al caso español, una federación de reinos de taifas.
¿No podemos imaginarnos la vida fuera de mamá Europa? ¿Aunque ella siempre haya abandonado a sus hijos pequeños en vísperas de la matanza? Y sin embargo, durante mucho tiempo todas las naciones han vivido sin “Europa”. En realidad, bajo las grandes entidades que llevan el premio en la fotografía oficial, la riqueza europea siempre se ha basado en una vida escandalosamente nacional, comarcal y local. Inglaterra, Alemania y Francia jamás han olvidado esto.
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