"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

miércoles, 27 de junio de 2012

¿Qué tapamos con la palabra crisis? Parte 3


¿Es necesario, además, un populismo? Es posible, con ejemplos tan distintos, tan distantes y dudosos, como los de Nasser, Kennedy, Lula, Obama, Putin… Indudablemente, es necesaria una nueva espiritualidad política. Es urgente pensar lo colectivo como si fuera una sola comunidad, es decir, con la piedad que guardamos para un solo cuerpo. Es posible que algunos países latinoamericanos, eslavos o musulmanes, que tratamos un tanto despectivamente, nos den alguna lección en esta sabiduría política.

En este orden de cosas, se puede decir que España ha sido víctima de un titubeo que casi no tiene precedentes. La democracia, el pluralismo, Europa, el bienestar… todo lo usamos, y nos lo creímos, como si fuera una religión. Por eso hemos llevado el error de la especulación terciaria más lejos que otros… y tardamos más que otros en ver los inevitables signos (no hay ganancia sin pérdida) de un trauma. Es difícil no mencionar en este punto un déficit típicamente español en la relación con la, digamos, sobriedad real. Un déficit en la sabiduría analógica que no tiene fácil comparación fuera de nuestro entorno ibérico. Se podría decir que parte del problema de “coherencia territorial” en el Estado español es éste. Entre nosotros, el País Vasco y Cataluña jamás han renunciado a una identidad diferencial, y su corolario de producción primaria, agrícola, industrial o literaria… Por el contrario, creyentes de la liquidez europea y mundial, nosotros siempre hemos visto como un atavismo ese empecinamiento en la diferencia. Era asombroso, hace ya más de veinte años, atravesar los campos de Castilla, de Canarias y Galicia, y ver el territorio abandonado y la gente apiñada en las costas, cultivando el dinero fácil del escaparate turístico. Es necesario decirlo de la manera más suave posible: no sólo la clase política es inepta, también las poblaciones del Sur, engañadas por las subvenciones envenenadas de la UE, han caído en una molicie difícil hoy de superar.

Existe de hecho un choque de culturas que se oculta en Europa, y no sólo entre el Sur y el Norte. Fíjense en esta estupidez a propósito de la palabra austeridad, que no sólo viene de Alemania: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. ¡Pero si vivir, lo que se dice vivir, es hacerlo “por encima” de las posibilidades calculables! Si nos limitamos a calcular las posibilidades y a atenernos a ese cálculo, no sólo el crecimiento económico es imposible, sino que vivir es imposible. Para empezar, ni siquiera tendríamos hijos (en efecto, recién llegada al terreno del cálculo y la planificación, el índice de natalidad bajó en picado entre nosotros). Ser un “emprendedor”, en cualquier sentido de la palabra, ¿no significa arriesgarse, negarse a vivir según las posibilidades, que casi siempre calcula otro? Al contrario, las “posibilidades” las evalúan un vivir, una sombra de vivir que siempre va por delante.

La ideología de la mediación repite: “Sin heroísmos, por favor”. En suma: Atiendan a las pantallas. Pero sin heroísmo no se puede vivir; para empezar, el heroísmo de interrumpir el estruendo de las pantallas y atender a lo que nos rodea. La vida misma es crisis; es, lo quiera o no, una crisis perpetua. No sólo en África, en buena parte del mundo ni siquiera la palabra crisis tiene esta connotación apocalíptica nuestra, más que nada porque el espejismo de la estabilidad tampoco ha tenido nunca esta pregnancia. En todo caso, parte de la crisis es pasarse el día hablando de la crisis, viviendo a sus expensas.

¿La solución no comienza por abrir interruptores, por no perder más tiempo en la comunicación de la crisis, que es la comunicación de la miseria? Hacer cosas, militar en la propia vida y en sus percepciones, con toda la parcialidad y el oscurantismo que tiene cualquier decisión, cualquier elección, cualquier acción.

Los “tallos verdes” comenzarían por dejar de ocuparse de la economía, a cada minuto y en la gigantesca pantalla plana de las tertulias. Por cien vías diferentes, la atención a las pantallas no puede dejar de generar más paro. Por decirlo del todo, es una de las pocas situaciones en las que al ciudadano se le deja estar quieto, inactivo, invisible, sin interactuar en el nerviosismo bursátil del cuerpo social. Pero a la ferocidad de la competencia capitalista sólo se la puede vencer con el feroz amor por vivir. Y hay una vieja lección de la que aún tendríamos algo que aprender: es necesario mirar la economía con los ojos de la política, y a la política, con los de la vida.

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