"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Desfiladeros del amor en la idiotez genérica (1)


“Mi misterio es simple: no sé cómo estar viva”. Aprendizaje. Clarice Lispector.
Imperialismo informativo, actualización profesional y tecnológica, trabajo y paro hasta las cejas. Amigos, cañas, series de televisión, rutina familiar y problemas de pareja. Ligues secretos, neurosis depresivas y esporádicos brotes de cólera. Finalmente, la obligatoria empresa de la identidad se apoya en un perenne estado larvario. Se trata de un oscurantismo existencial enlazado con las redes, pues es sabido que secreto y publicidad trenzan la consistencia de esta época. La formación permanente termina asociada a una deformación vital también permanente. ¿Cómo salir de esta esquizofrenia difusa, perversamente funcional?
I
Entre la discreción intelectual y la sobreactuación empresarial, tenemos la remota memoria de un territorio abandonado. El estilo de vida de los nuevos pijos, el gesto deconstructivo de los últimos progres, apenas oculta la tragicomedia en la que hoy está inmerso el lugar oscilante del varón. ¿Qué papel tiene él en un mundo dominado por el catolicismo social, el consenso, el whatsapp y el imperialismo del contexto?
¿No sería necesario, para que hubiera “hombres” y las mujeres -según dicen- se aburriesen menos, que algún día ocurriesealgo, algún acontecimiento que nos saque del letargo? ¿Cómo recuperar para alguna decisión, quizás para una nueva dulzura, la “violencia de vivir” de la cual los hombres -más que las mujeres- hemos sido expropiados?
El muro del fin de la historia y de los grandes relatos, esa letanía que nos coaccionó a abandonar toda esperanza de intervención en el mundo, parece que también ha caído. Lo que ha entrado en crisis, en el plano anímico y cultural, es precisamente la supuesta bondad mundial de este liberalismo del consenso sin fin, de la circulación infinita, de la política como mera gestión. La resurrección del Estado y del concepto mismo de “pueblo”, la aparición de minorías y naciones que se separan del cuerpo traslúcido de la mítica globalidad, parecen legitimar otra vez la necesidad de reinventarse personalmente. Ahora bien, ¿no exige esto rescatar, del baúl de las sucesivas “muertes”, algún sentido no ridículo de la idea de virilidad?
Para ello sería preciso darle forma otra vez a la experiencia de la exterioridad, al afuera de lo que llamamos “cultura”. Ese coraje sería necesario si queremos revitalizar las relaciones, en primer lugar, con el fondo sombrío de sí mismo. ¿Lo masculino no comenzaría hoy por resistirse al “arresto domiciliario”, este patético sedentarismo ligado a las “nuevas” -e incesantemente obsoletas- tecnologías? Parodiando a una mujer del siglo XX, diríamos que “para gobernarse, los hombres deben aprender a no ver la televisión”.
Estamos hablando -perdonen las molestias- del valor para la ruptura, para interrumpir el flujo de la circulación. ¿Lo viril, su tuviera algún sentido actual, no estaría ligado a la potencia de decidir a solas, desconectados de la interactividad? Cierto, atender a un deseo, común y singular a la vez, siempre necesita abandonar lo seguro, renovarse por fuera. Sería hora, entonces, de atreverse a esquivar el imperativo social de transparencia y perder el miedo al demonio de la época: la exclusión, la marginalidad.
Se impone el valor de una ascética, de una relación -sin cobertura- con la intemperie que nos libere de esta histérica pasión por la visibilidad y el reconocimiento. El amor, la sexualidad y la familia vendrán después, por añadidura… O no vendrán, pero al menos tendríamos una primera ética al encontrar compañía en nuestra más íntima desolación. Como dice Walser: “Sí, es bueno ser devuelto por la miseria a las cosas sencillas”.
De cualquier modo, esta común soledad nada tiene con ver con el aislamiento, menos aun con la brutalidad. Todo lo contrario, exige atender al sentido contingente de ese encuentro que nos constituye. ¿No es esto además, esta necesaria contingencia, lo que el “uno a uno” de la mujer desea, bajo demandas muy distintas? ¿Qué parece a veces que ellas querrían, si querer aún fuera posible?: que los hombres se atrevan a la fortaleza de un temblor ajeno a cualquier género, a las generalidades establecidas.
El género, incluidas sus variaciones minoritarias, es un ardid gregario que “la sociedad” inventa para corroer la singularidad real, aquello que más teme. La sociedad busca la normalización de cada existencia en una identidad fija, localizable en una planicie visible. En este panorama de paridad tramposa -su primer objetivo es desactivar el “afuera” que la mujer representa, también lo que en cada vida hay de femenino e impar- ¿no debe el varón recuperar por su cuenta la relación con el misterio de vivir?
Cuando además, todos los poderes establecidos que corroen el carácter en nombre del consenso practican una coacción soterrada. Es preciso entonces resistir la presión estadística, volver a recuperar una “hombría” en el silencio, en las vacuolas de no comunicación. Lo masculino sería hoy una existencia analógica de un exterior que no admite duplicación social, ni es susceptible de acceso informativo. ¿Debemos reencontrar una buena relación con el desierto, con la aspereza de los límites y su incertidumbre? Sí, como dice una mujer de carácter en una película reciente: Un hombre es ridículo si no se atreve a estarsolo.
Virilidad, podríamos decir, sería hoy una alta indefinición. Mantener el secreto de una fuerza aparte, negarse a entender la existencia como un “armario” del que hay que salir. En este sentido, se podría decir que el machismo es ridículo por no ser suficientemente viril, pues no ha bajado a la ambigüedad de una vida que deviene, que juega con sus contingencias.

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