Las
balas vuelan en todas direcciones, y los muertos se amontonan en fosas.
Toneladas de sangre nos inundan, y los sesos desparramados brotan como
setas de la tierra roja y negra.
El
mundo entero es ya todo él un vasto campo de batalla, escenario de una
guerra eterna, que se libra en todos los frentes. Y como en todas las
guerras, están los que van caminando, al matadero, y los que reciben los
informes de muerte y ganancias sentados en su despacho, en el breve
intermedio entre fiestas, drogas y orgías.
No
importa que nos mientan, que nos apaleen, laven el cerebro, vuelen los
sesos, para convencernos de la paz; esta paz en que a los pobres nos
siguen ahorcando y fusilando, y bajo la cual nosotros somos quienes
pagamos las balas y ponemos el cráneo.
Y a los pobres ya nos estrangulan hasta los sueños, y sólo soñamos ya con salir de pobres; soñamos como soñaría una pulga con comprarse un perro.
Han ahogado todas las ilusiones, todo bajo el peso de esta crisis
eterna, de este Sistema cimentado sobre una necrópolis de sueños. Ahora
todo se mira como se mira al mercado, y ya no se habla, no se piensa, ni
siquiera se siente sin calcular qué se gana, qué se pierde; cuándo
mentir, y cuándo soltar la verdad, como un disparo.
Bajo esta paz que nos estrangula, subastamos nuestro ser por kilos.
Porque
sólo se puede ser de una manera, y no de otra, para triunfar; para
ganar, para derrotarse a uno mismo y vaciarse; que te llene este mundo
con la bilis putrefacta de la inocencia muerta, de la infancia que han
mutilado, del Amor que se tiró por la ventana cuando el mundo entró por
la puerta; donde las ideologías han desangrado a las ideas.
Porque esta sociedad perdona a menudo a los criminales, pero jamás a los que sueñan.
Sólo
existe un molde donde encajar, y lo que no quepa, hay que mutilarlo; en
todo sentido en el que difieras, será la vida dolor, sin ninguna
tregua, equilibrio ni compasión.
Porque algunos nacen a lo dulce de esta vida amarga,
otros a una noche que jamás acaba.
Pensar
es lo más peligroso, y mata como cualquier otra enfermedad: con docenas
de complicaciones, como ahogamiento de esparto, aplastamiento en
cemento, o sobredosis de plomo en el cerebro.
Como
la idea corrompe a la lengua, así ha corrompido la lengua a todas las
ideas; las raíces de este Sistema caníbal se han enquistado en el mismo
corazón del mundo. La lengua de hoy es la de la televisión, de los
anuncios, de los libros más vendidos; una lengua simple, directa,
llamativa, profundamente superficial. Y ya nos han convencido de que
todo se puede explicar; de que toda sensación y sentimiento se pueden
resumir en palabras, imágenes, en ídolos materiales de toda clase. Ya no
queda realmente nada inefable, nada que sólo pueda sentirse, que sólo
pueda vivirse.
Esta
guerra ha engendrado generaciones de soldados cada vez mejores; cada
vez más grises, reprimidos, y uniformes. Esta ansia de normalidad que
nos arrasa, es el triunfo del mal.
Deja crecer a las flores, decía Mao, deja que se desate la guerra entre las ideas.
Porque
subyugar al mundo sólo tienes que exterminar la genialidad, la
excepción, todo lo único y valioso. Y ya ni siquiera hace falta
secuestrar y asesinar a los que disientan: ellos mismos se secuestran,
se someten a un mundo que les venda la vida a cambio de todas sus ideas;
integrando en el Sistema a los idealistas, corrompiéndolos a base de
una fina lluvia de amor por el dinero, de falso desengaño, obligándolos a
endurecerse o morir, a embrutecerse, a aprender a servir. Se les vende
la derrota y la muerte como si fueran la vida y la victoria.
La gente hoy se lamenta de lo cruel que es el mundo, pero engaña, utiliza y abandona; a los demás, y a sí mismos.
Ser sincero es pintarse una diana en un campo de tiro.
Hoy queremos vivir el momento, vivir como si no hubiera mañana,
pero vivimos mirando al ayer: las fotos nos son imprescindibles; sin imágenes, sin materia fría y
muerta que explique lo que vivimos, todo ha sido como un sueño, como
una locura. Creemos vivir, preocupados de vivir, y lo que nos aterra es
la muerte, e ignórandola, olvidándola, desterrándola de palabra y
pensamiento, nos rendimos a ella y nos marca por completo, como la
sombra delata, define, al candil.
Nadie
comprende ya que no vivirán más vida que la que han vivido, y que la
vida que quisieran verdadera será sólo un espejismo. Todo el dolor que
los consume nace de lo que les queda de ellos mismos, de eso que aún no
ha amputado este mundo, pero que se está desangrando.
Que si de algo vale morir, es de ser uno mismo.
Dicebant.
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