Que se descorche el
champán y se abran los pétalos nuestras galas, que la alegría nos inunde desde
lo más hondo: hemos vencido.
Esta ha sido una
larga guerra, y nuestro enemigo se ha probado testarudo y fanático en su
lucha.
Pero ya no importa.
Sal a la calle, y
míranos. Mira esos ojos que te observan desde los gigantescos carteles; la
gloria, hermosura, poder que contemplas son nuestros. Nosotros dictamos los
ídolos de hoy, nosotros creamos a tus Dioses. Es nuestro este mundo, y son nuestros
esclavos quienes lo pueblan. Esclavos que se creen libres, y, precisamente por
eso, son los más fuertemente encadenados de cuantos se han arrastrado entre los
negros anales de esta historia.
De la historia que
nosotros hemos escrito.
Que viva este día y
su sol radiante, que ilumina el mar de nuestras playas, que brilla a través de
los cristales de nuestros barcos. También es nuestro el cielo, que ponemos y
quitamos estrellas como nos conviene, y a tus mismos ojos los taparemos, si nos
place. El humo que cubre y emponzoña, que envenena y corrompe sale de nuestra
industria, de nuestras fábricas de dinero y poder. De un poder y de un dinero
que no se acabarán jamás, que son de aire y espacio, que no son nada, pero lo
son todo. Pues nosotros nacimos del empuje mismo de la historia, y de la
podrida estirpe de los decadentes aristócratas de antaño, nacimos: un poder
colosal y perfeccionado, hijo de su era, tentado sólo por el dinero.
No importa la lucha
ya, que hemos ganado. Toda guerra que se comience hoy está perdida antes de
empezar. Estamos en los ojos, en los oídos, en las almas de todos cuantos son
nuestros huéspedes y sirvientes; de todo el mundo. Tus ideas son las
nuestras, nuestra lengua es la única que aprendes, y son nuestras mentas las
que engendran la tuya. Hemos moldeado todo: desde el paisaje de roca y bosque
hasta la misma raíz de tu propio ser. Así como la idea corrompe el lenguaje,
nuestro lenguaje corrompe tus ideas. Y los que viven, viven como nosotros
queremos que viva: que nadie vive sin pensar exactamente como vive, que todos
los que piensan y no viven como piensan, mueren. Mueren por su mano, o por su
idea. Mueren, y se entierran en la tierra fría, o la oscuridad de la
inconsciencia.
Mueren por sus
propias manos, además. La sangre no empapa nuestras manos ni nuestra etérea
conciencia. Son los mismos sediciosos, rebeldes, terroristas, los que se ponen
la soga, los que se desgarran las venas, los que tiran la silla. A ellos los
hemos ahorcado sin tender una sola cuerda: a su alma exhausta la anega, la
aplasta, la estrangula esta corriente que recorre el mundo. Esta corriente que
retumba, y cuyos ecos permanecen para siempre en las mentes, hasta que todo lo
que oyen, no es sino un eco repetido, o hasta que el terrible clamor de sus
propio ser, que choca y se desgarra entre las fauces del mundo, revienta sus
tímpanos, y el dolor conduce a la locura y a la muerte. Que la única patria de los sueños es el olvido, y la de los que sueñan, el tormento y el suicidio.
Vae victis, ay, de los vencidos, ay, que se arrastran en su
propio fango y no persiguen más que un delirio. Cuyos mundos son solo sombras
bajo el sol, con un cielo donde nosotros somos todas las estrellas. En sus
demacrados placeres está nuestra huella, y los persiguen porque nosotros somos
quienes los quieren, quienes se sacian viendo correr por sus propias venas la
sangre que se arranca de otros, con mentira y falacia, con fuego y acero, por
nuestro éxtasis y vida, y por su tormento y muerte.
Pero no todo es
podredumbre y cieno: hoy el hombre tiene la felicidad al alcance de su
mano.
¿Quieres ser feliz?
Pues entrégate. Dame
un poco de tu vida, abre una pequeña grieta en ese muro de miedo que te separa,
que la corriente ácida penetre, disuelva, abrase. Sólo tienes que darnos un
poco de tu personalidad, un poco de tu ser, un poco, sólo un poco. Toda la
gloria de la que oyes puede ser tuya, si te tapas los oídos; todo el placer que
ves puedes sentirlo, si cierras los ojos.
Si callas cuanto que
sientes, y te quiebras.
Nosotros te
reconstruiremos. Y de la piedad absurda y primitiva, del idealismo barato e
inexperto, nacerá el señor de los esclavos. Serás el único humano, en un mundo
de herramientas que hablan y se quejan, que dominarás y sabrás controlar.
La mediocridad que
anega esta tierra, la dejadez, la corrupción que brotan como gusanos de un
cadáver, son el destino de los traidores. De los que ven y no les gusta lo que
ven, de los que se encierran en su mundo de ilusiones, como niños asustados,
mientras los conducimos a la horca. El muro que nace del mismo cielo y se
derrumba, y aplasta, será tu condena si no eres nosotros, en nosotros. No
moveremos un dedo, y te arrastrarás tú solo a al abismo, ala quieta paz de los
chillidos que te rodean, de las voces que no hacen más que recordarte tu
condena.
Levántate, Lázaro, y
mira: este reino es el nuestro. Este mundo es lo que nosotros digamos. Dios es
cuanto ordenamos que sean tus ídolos. El Amor es un vago recuerdo, una
ridiculez exaltada, una cursilada en labios temerosos. Hemos
aplastado a las emociones, hemos colocado a nuestro frío y negro rey en su
trono, y la Muerte que exhala rodea a esta vida como al sombra al candil, que
la delata, y la define. La libertad se vitorea para que temas a los barrotes, y
la vida se exalta para que temas a la Muerte. La genialidad nos sirve, como las
plantas nacen, y luchan unas con otras por ver quién alcanza a su sol, a su
Dios. Todos nos sirven, y cuanto más libres y rebeldes, más ciegos y más
esclavos.
Ríndete.
Mira en el espejo:
sabes que esos ojos, que están vivos y no muertos, que están vacíos y rellenos,
son los míos.
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