"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

martes, 1 de enero de 2013

Hemos vencido



Que se descorche el champán y se abran los pétalos nuestras galas, que la alegría nos inunde desde lo más hondo: hemos vencido.

Esta ha sido una larga guerra, y nuestro enemigo se ha probado testarudo y fanático en su lucha. 
Pero ya no importa.

Sal a la calle, y míranos. Mira esos ojos que te observan desde los gigantescos carteles; la gloria, hermosura, poder que contemplas son nuestros. Nosotros dictamos los ídolos de hoy, nosotros creamos a tus Dioses. Es nuestro este mundo, y son nuestros esclavos quienes lo pueblan. Esclavos que se creen libres, y, precisamente por eso, son los más fuertemente encadenados de cuantos se han arrastrado entre los negros anales de esta historia. 
De la historia que nosotros hemos escrito.

Que viva este día y su sol radiante, que ilumina el mar de nuestras playas, que brilla a través de los cristales de nuestros barcos. También es nuestro el cielo, que ponemos y quitamos estrellas como nos conviene, y a tus mismos ojos los taparemos, si nos place. El humo que cubre y emponzoña, que envenena y corrompe sale de nuestra industria, de nuestras fábricas de dinero y poder. De un poder y de un dinero que no se acabarán jamás, que son de aire y espacio, que no son nada, pero lo son todo. Pues nosotros nacimos del empuje mismo de la historia, y de la podrida estirpe de los decadentes aristócratas de antaño, nacimos: un poder colosal y perfeccionado, hijo de su era, tentado sólo por el dinero.

No importa la lucha ya, que hemos ganado. Toda guerra que se comience hoy está perdida antes de empezar. Estamos en los ojos, en los oídos, en las almas de todos cuantos son nuestros huéspedes y sirvientes; de todo el mundo. Tus ideas son las nuestras, nuestra lengua es la única que aprendes, y son nuestras mentas las que engendran la tuya. Hemos moldeado todo: desde el paisaje de roca y bosque hasta la misma raíz de tu propio ser. Así como la idea corrompe el lenguaje, nuestro lenguaje corrompe tus ideas. Y los que viven, viven como nosotros queremos que viva: que nadie vive sin pensar exactamente como vive, que todos los que piensan y no viven como piensan, mueren. Mueren por su mano, o por su idea. Mueren, y se entierran en la tierra fría, o la oscuridad de la inconsciencia.
Mueren por sus propias manos, además. La sangre no empapa nuestras manos ni nuestra etérea conciencia. Son los mismos sediciosos, rebeldes, terroristas, los que se ponen la soga, los que se desgarran las venas, los que tiran la silla. A ellos los hemos ahorcado sin tender una sola cuerda: a su alma exhausta la anega, la aplasta, la estrangula esta corriente que recorre el mundo. Esta corriente que retumba, y cuyos ecos permanecen para siempre en las mentes, hasta que todo lo que oyen, no es sino un eco repetido, o hasta que el terrible clamor de sus propio ser, que choca y se desgarra entre las fauces del mundo, revienta sus tímpanos, y el dolor conduce a la locura y a la muerte. Que la única patria de los sueños es el olvido, y la de los que sueñan, el tormento y el suicidio.

Vae victis, ay, de los vencidos, ay, que se arrastran en su propio fango y no persiguen más que un delirio. Cuyos mundos son solo sombras bajo el sol, con un cielo donde nosotros somos todas las estrellas. En sus demacrados placeres está nuestra huella, y los persiguen porque nosotros somos quienes los quieren, quienes se sacian viendo correr por sus propias venas la sangre que se arranca de otros, con mentira y falacia, con fuego y acero, por nuestro éxtasis y vida, y por su tormento y muerte.

Pero no todo es podredumbre y cieno: hoy el hombre tiene la felicidad al alcance de su mano. 
¿Quieres ser feliz?
Pues entrégate. Dame un poco de tu vida, abre una pequeña grieta en ese muro de miedo que te separa, que la corriente ácida penetre, disuelva, abrase. Sólo tienes que darnos un poco de tu personalidad, un poco de tu ser, un poco, sólo un poco. Toda la gloria de la que oyes puede ser tuya, si te tapas los oídos; todo el placer que ves puedes sentirlo, si cierras los ojos. 
Si callas cuanto que sientes, y te quiebras.
Nosotros te reconstruiremos. Y de la piedad absurda y primitiva, del idealismo barato e inexperto, nacerá el señor de los esclavos. Serás el único humano, en un mundo de herramientas que hablan y se quejan, que dominarás y sabrás controlar.

La mediocridad que anega esta tierra, la dejadez, la corrupción que brotan como gusanos de un cadáver, son el destino de los traidores. De los que ven y no les gusta lo que ven, de los que se encierran en su mundo de ilusiones, como niños asustados, mientras los conducimos a la horca. El muro que nace del mismo cielo y se derrumba, y aplasta, será tu condena si no eres nosotros, en nosotros. No moveremos un dedo, y te arrastrarás tú solo a al abismo, ala quieta paz de los chillidos que te rodean, de las voces que no hacen más que recordarte tu condena.

Levántate, Lázaro, y mira: este reino es el nuestro. Este mundo es lo que nosotros digamos. Dios es cuanto ordenamos que sean tus ídolos. El Amor es un vago recuerdo, una ridiculez exaltada, una cursilada en labios temerosos. Hemos aplastado a las emociones, hemos colocado a nuestro frío y negro rey en su trono, y la Muerte que exhala rodea a esta vida como al sombra al candil, que la delata, y la define. La libertad se vitorea para que temas a los barrotes, y la vida se exalta para que temas a la Muerte. La genialidad nos sirve, como las plantas nacen, y luchan unas con otras por ver quién alcanza a su sol, a su Dios. Todos nos sirven, y cuanto más libres y rebeldes, más ciegos y más esclavos.
Ríndete. 

Mira en el espejo: sabes que esos ojos, que están vivos y no muertos, que están vacíos y rellenos, son los míos.

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