"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

viernes, 12 de abril de 2013

Tras el muro

En un cielo de polvo arcaico, como el sol que apenas alcanza a iluminarlo, vuelan los monstruos que esperan a consumir el mundo. De huesos brillantes y abrasadores, de mirada antigua y fuerte, de un alma que consume desde la médula. Bajo sus ojos, una vieja cabaña donde dos amantes se quisieron; las camas están deshechas, los fuegos están extintos, y hasta la madera del suelo y las paredes, podrida. Lo único que queda de su Amor, que iba a ser eterno como el Tiempo, es una osamenta opaca y triste, y un cráneo fragmentado, manchado aún de sangre reseca; las cuencas vacías están abiertas, y son una pregunta al aire, como las vidas de los hombres. Los libros están quemados, las estanterías están rotas, y los espectros de ceniza y dolor vagan entre las ruinas.

En la ciudad hay fantasmas, y son del color de un cadáver podrido en las aguas. Todos los edificios están abandonados, y lo único que sigue igual que siempre, igual que al comienzo del mundo, son los altares al recuerdo, donde una llama, débil pero tenaz, ilumina las salas de piedra. Y entre los fuegos mortuorios hay vasijas, tributos de seres perdidos en las vastas corrientes del olvido. Del suelo, duro y seco, mana un polvo que lo invade todo, que reseca los ojos, la garganta, los sesos. Respirar es doloroso. Las vetas de las hogueras hechas piedra, del calor petrificado que daba vida a sus entrañas, están enterradas bajo el inexorable peso del tiempo. Las arañas y los cuerpos resecos reclaman esas galerías, de soledad, en nombre de la nada. Las lámparas se han apagado, y, aún entre las rocas y hacia el interior de la montaña, el frío ha hecho suyo ese universo oscuro. Y la verdad sólo la sabe un loco, viejo y débil, inmóvil en su cama desde que tiene memoria, consumido por el desánimo y desgarrado por las fauces del mundo. Clama, postrado, que aún vive algo entre las sombras, y que no está perdido el que aún mira a la luz, aunque sea desde las tinieblas. La habitación está vacía, todo a su alrededor es un cascarón gastado, no queda nadie vivo para escucharlo.

Hay un reino, más allá de los límites de todas las mentes, en que los tentáculos del saber se prolongan por colosales pasillos, sobre un negro mar, teñido con la sangre de los ingenuos, que, corrompida y triste, se ha vertido y se ha deshecho en un vaho como la pez. Los sabios moran en las entrañas de este singular infierno, vestidos aún con sus vetustas sábanas, la carne podrida y desprendiéndose de sus huesos, las cuencas vacías; detenidos para siempre en el trono de su arrogante sabiduría. Su Dios gobierna desde la Ciudadela, que se alza en el centro de estos océanos de maldad, de envidia y de vida corrupta; sus mil ojos lo controlan todo, y así ninguna luz llega a filtrarse entre las tinieblas de su infinita biblioteca, llena de libros que todos tocan y miran, y nadie lee.

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