"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

jueves, 13 de junio de 2013

Tributo

Es curioso que el llanto comience siendo un signo de vida, un augurio de vitalidad, y que sea con lágrimas con que se escriben tantos epitafios.
Y yo ya he escrito demasiados, para ninguna tumba. He muerto tantas veces sin dejar cadáver, que se me ha olvidado sentir, lo que no sea el duro y seco camino que sigo ahora, marcado por las agujas que se levanta y caen, clavándose en mi cuello a cada vuelta, cada vez más adentro. 
Camino por una tierra de ceniza, envuelto en el polvo de los que fueron antes que yo. Me siento perdido, solo. Conmigo van sólo unos ojos penetrantes, y cansados; que saben ver debajo de la piel, y que están extraviados en el hastío de todo lo que han visto. Se levantan del suelo los espectros de mil recuerdos de dolor, de las grietas en mis entrañas que se no se cerrarán jamás. Son de arena fría, y de lava por dentro; son como el beso que sólo desgarra los labios, y nada más. Avanzo sin sentir nada, entre los fantasmas arrodillados, adorando a ídolos que construyen en la noche, y de los que huyen al alba. Brota arañas del suelo, y se revientan en mis manos. Tan ingeniosas y delicadas, ellas, tan feas. Me sumergo en los túmulos a mis sueños, en los cien cenotafios sobre los que flota tu nombre, tu voz, tu piel. Allí te busco, entre las ruinas y las tumbas. Pero están todas vacías. Entre las criptas olvidadas, yacen los mil esqueletos resecos que un día fui, que son parte de lo que soñé y fui demasiado cobarde para decir o hacer. Los restos corrompidos de esas mil imágenes de amor, tan bonitas, de deseo, tan indulgente, de cariño, tan cálido. Sus días han pasado, y la carne ya se he podrido y caído. Son los monstruos que se despiertan a mi paso, los fanáticos de mi culto de olvido, de dolor, de sangre. En los pozos que se han abierto entre los pasillos, veo el abismo, y en él reflejo tus ojos, tan profundos, tan absorbentes, tan lejanos. Como a las estrellas, te veo en  cada noche, en todo el negro tan mal llevado de este mundo. Y, como una estrella, sé que no estás ahí para que toque, y que vivirás sólo una noche, como mis sueños. Claro que aquí siempre es de noche.
Me pregunto si volaré como los locos, como aquel demente que escribió con su sangre los principios de su demencia, y se perdió en la oscuridad de los cielos. Me levantaré la piel y haré con ella alas, para alejarme de estas costas viciadas, de esta tierra tan triste y agotada. La sangre que se vierta será mi tributo a los misteriosos dioses de la ceniza, y ella me dará la fuerza para continuar, para desgarrar hasta el final, hasta el abrazo del silencio, de las estrellas, de mis sueños, en los que sólo te veo a ti.
Despierto, con el miedo a mi lado, deshecho en lágrimas, preguntando porqués demasiado dolorosos como para escucharlos. Una bestia de fuego y fango me ha revuelto las tripas, y me roto los huesos. No puedo levantarme. Unas manos de hueso me sujetan, tenaces y frías. Estoy empapado, manchado, y vacío. He vomitado el dolor, y el placer, y con ellos todo mi ser.
En el espejo veo una sombra, un recuerdo, tu sombra, yo.


Pasaste por esa barra sin mirarme. Me hablaste de fotos, de alcohol, de buenos ratos. Pero yo no quería las luces rojas, ni las canciones deprimentes, ni el agrio sabor del café irlandés; te quería a ti. Y a mis torpes palabras de cariño a ratos inocente, a ratos viciado, sólo respondió el asco en tu semblante.
Comencé a escribir por ti, para ti. Y hable de querer, de dolor, o de tantas otras, sólo te leo a ti. Lo hago sin querer, porque es lo único que sé hacer. Frente al fuego que me rompe las venas, le pregunto a ese Dios de silencio y condescendencia si acaso es en tu pelo donde está ese muerto que abandonó mi cuerpo. Que dó de fueron toda esa inquietud, los temblores, las mariposas, como arañas, en las entrañas. No ha pasado una vuelta de este mundo sin que te viera en el rubio de su sol, en la suavidad de sus nubes, en la calidez de su calor; pero el mío dejó de girar aquella noche. Ahogada la garganta en calor e indiferencia, escuchando con morbosidad autodestructiva las historias de todos los que pasaron por tus brazos y tu cama, y que no eran yo. Estoy detenido en una mañana sin sol, en el frío que me caló hasta llevarme a la locura, aplastado por el peso de las mantas, en una habitación extraña y gélida. 

No tenías por qué haberte disculpado. No tenías que sentirlo. Tu bondad me arrancó los intestinos, me quebró los huesos. Yo quería odiar, limpiarme en las llamas del despecho, borrarte de mi semblante. Pero tú, con tus ojos tristes, tus salidas tan absurdas y graciosas, tus palabras de una madurez aterradora, encerraste al fuego, lo enterraste, junto a mis sentimientos. Y debajo de mi piel, brotaron mil flores de llama y dolor hueco, de belleza oscura como tus ojos tiernos, del ardor que sentía cuando veía tu cuerpo. Cómo quisiera sacarlas, abrirme en canal y dejarlas crecer; alejarme de este árbol reseco y muerto que es este mundo mío, y romperme la piel, cortar y desgarrar hasta que el calor de los besos que nunca me diste, de tu cuello que nunca toqué, de tus pechos, que nunca fueron para mí, me envuelva, y en su abrazo de silencio y quemar sordo, descienda hacia el foso que veo en mis sueños. Donde al fin me encuentro con el muerto que me abandonó hace ya tanto tiempo; entre tu pelo, en tus manos, sobre tu cuerpo. Donde la luz no existe, y todo se disuelve en el halo de tu piel, en tus desgarradoras formas, en el pardo de tus iris malditos.


Dicebant

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