Crecen las llamas en ramos, en flores, en las rosas que jamás viste en mis manos; crecen mil espinas rojas de culpa en mis brazos. Las cicatrices no perdonan al que cava en su piel, buscando su corazón, que él mismo mató y tiene enterrado.
Dejar caer las manos, la lengua, los labios, cesar en el aire que nos arrastra, disiparse en la niela de las eras como el dolor marchito de un mal sueño.
Siente la hoguera bajo la carne, a tus pulmones hacerse cardos y enterrarse en las arterias, a la sangre escapar por las simas abiertas de tu piel.
Ser uno mismo y no ser. Ser la bruma que cubre los ojos al amanecer, el dolor que nos invade al despertar. Buscan las manos al Dios al que nunca le importamos, y se topan con el grito histérico y carmesí del metal.
En mi noche las estrellas se apagan; es la noche del mundo, y todo se ha deshecho bajo la luz trémula de una luna moribunda: sólo queda estable el suelo árido de los abismos donde aún resuena el eco del calor de tus manos.
Calor al ave que cae, indefensa, al pobre insecto que se derrumba, al animal que piensa y, por ello, se condena.
Pasar, correr, rezar, caer exhausto frente a un adiós premeditado. Criminal Destino, tú sabías el mal que los días llevaban en su abrazo de infinito, pero fuiste demasiado malo, o demasiado bueno, como para enviar un heraldo.
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"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.
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