Conocía como eran las relaciones con los hombres, todos pensaban en su
beneficio. Aun así seguía siendo adicta a ellos, eran los únicos que conseguían
despertar su apetito y ella evidentemente despertaba el de muchos otros. Culpa
de ello, su cuerpo sobre humano, su cintura y cadera, unas piernas que según se
acercaban subían los latidos de los chicos que la veían. Tres pendientes en la
oreja izquierda y otro en la nariz, un tatuaje por encima del vaquero que terminaba
en el secreto del mundo. Sus ojos, una mirada
penetrante a la par que llamativa. Ella era una incógnita en sí misma y un
objetivo para muchos pretendientes.
Se fue abandonando en el paso del tiempo, pero el tiempo seguía
comportándose bien con ella. Sin cuidado alguno su cuerpo seguía siendo perfecto,
seguían los hombres muriendo por dormir entre sus brazos, por despertar en su
cama. Algunos privilegiados conseguían acompañarla y viajar al país de las
delicias, donde solo unos pocos conseguían que ella también llegase. Su
decepción con el sexo seguía creciendo con cada hombre que fingía poder más
pero estaba seco, sin energía y muerto. Al principio solo sus símiles
conseguían coronar su ombligo, llegar a ella y conquistarla. No abría sus
sabanas a cualquiera, pero eso cambio…
Cambio hasta que la era indiferente la vulgaridad de sus amantes, quería
disfrutar. Solo quería eso.
Pensó que tal vez sería culpa suya, que tantos hombres vieron su cama que
se había olvidado del cuerpo de la mujer, del suyo propio. Probo otros métodos
para el clímax… nada era eficaz. Sucumbió a la pereza, a la desidia. Dejo de
sentir el apetito sexual típico de una adolescente. Dejo de pedir nada y solo
pensaba en la condena que la había tocado vivir.
Una cafetería fue testigo del cambio de mentalidad, de pronto volvió a tener
hambre. La culpable era una chica de otra tribu social. De otro nivel cultural.
Rubia de pelo corto, labios pintados de rojo y un novio de la mano. Sus miradas
se cruzaron en la mitad del salón, las dos pararon el reloj que descansaba
encima de la barra. Se sintieron cerca y se vieron desnuda la una frente a la
otra. El ordenador que estaba utilizando emitió un sonido a la vez que el novio
tiró de la otra. Sus ojos jugaron al escondite durante el resto del tiempo,
hasta que los tres pendientes se levantaron de su mesa y se fueron de aquel
sitio.
El ambiente se respiraba húmedo, dos cuerpos fueron los culpables. La
atracción dio paso a la excitación y esta última a la lujuria. Hicieron por
verse otras veces, cada una a su manera y pensando que la otra no sintió nada.
Que solo unos pantalones se apretaron y una cabeza deliró. Fue tan claro, diez
segundo de sexualidad pura. Cuatro ojos mirándose, un tiempo que decidió pasar
a segundo plano… Una blusa que se abría descosiendo los botones, una camiseta
de tirantes que rozando el cuerpo subía para desaparecer. Dos mujeres, una
frente a la otra deseándose y dos cuerpos encontrándose en una realidad
paralela.
Sus respectivas tendencias sexuales no fueron cuestionadas por ninguna de
las dos. La chica de los labios rojos seguía queriendo al novio que cogía su
mano y el tatuaje seguía sintiendo el amor odio de los hombres. Tenían claro
que el deseo y el amor van por caminos diferentes, o tal vez, no lo tenían
claro pero querían pensar así. Y es que donde el corazón reina ningún cerebro
cabe. Inconscientemente volvían a pensar la una en la otra. Los sueños eran
ahora el lugar de sus encuentros, sueños tan profundo que no se acordaban de
haberse dormido cuando despertaban y no estaban juntas. Una conexión especial,
la que solo tienen los enamorados se formó entre ellas.
El novio a un lado se dio cuenta que no era correspondido, sus ojos ya no
brillaban con sus palabras y voz se fue apagando en la distancia. La cama
volvió a abrirse en busca de olvidar la casualidad. Nuevos hombres llegaron pero ninguno caló tan hondo como una simple mirada. Quienes habían visto la
forma del final del tatuaje no conseguían despertarla de su locura, no hacían
de ella la misma que era antes.
Había mejorado, llegaban al delirio divino durmiendo la una con la otra.
Los encuentros sexuales no fueron los únicos protagonistas, las cenas
románticas, los paseos por ningún lado. Todo habían tenido y no se conocían.
La cafetería volvió a verlas coincidir, esta vez el desenlace fue distinto.
-Me puedes poner un café con leche, por favor.- Dijo la melena rubia al
camarero del lugar.
-Que sean dos- Sonó desde la puerta mientras que también sonaba el ruido de
la cafetera.
Volvió a surgir ese cruce de miradas que el primer día paralizó todo el local.
Esta vez acompañado por una sonrisa y una recogida de pelo. Se siguieron, aun
sin cruzar palabra entre las dos y casi de forma involuntaria se sentaron la
una frente a la otra. En la mesa de la esquina, donde el ruido del ambiente no
llega, donde la intimidad oscureció el resto.
-Carlota- Dijo una.
-Pilar- Contesto la otra.
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