La historia de la melancolía nos incluye a todos, como decía Bukowski.
En cuanto a mí, estoy inerme frente al dolor: me empuja; soy su vasallo.
Pero no soporto ya tanta idolatría de la soledad y la tristeza.
Me pudro por dentro, y los mil demonios salen de mis sueños y me persiguen cuando despierto. Sólo quería querer, y ya no tengo nada. La tarde se ha desangrado en mi ventana. El cielo empieza a vomitar luceros sobre la manta negra que nos oprime. Hay muros en todas las direcciones, pero nadie los ve; hay balas que nos pasan rozando, y nadie las nota. Un miasma que me ahoga me está inundando los pulmones. Fumo, y el humo es fuego purificador que limpia los bronquios del limo corrosivo que anega el mundo.
Soy un preso.
Soy la pesadilla.
Soy el fracaso.
El tedio me sume en un letargo cómodo: sin amor, sin vida; no se está tan mal. Miro a las fotos en mi memoria, y voces de ultratumba me acosan. Alas que ya no volverán a volar parten de mis nubes oscuras y rotas a buscar la respuesta quebrada por la agonía, por el jardín de sufridos poetas que quisieron meterse en la cama contigo.
Soy un cascarón sin piel ni huesos de verdad. Mis hojas son falsas, mi prosa es barata, mi poesía es inexistente.
Me destruyo y en la destrucción encuentro una forma de vida adecuada al mal que campa en mi oceánica eternidad, partida en dos de la pena. Dejo caer unas pocas lágrimas; siento que te vas. Ya no estás; nunca estuviste; nunca te conocí; nunca nos veremos. Nací para descubrir la certeza que ya tenía: el horizonte dibuja la cuchilla que espera a caer sobre mi cuello.
Arriba, en lo alto, ya se marcha.
Ya surcará bóvedas que me están vedadas.
Y yo lo intento; con tanta fuerza que todo mi poder se convierte en fuego que arde en mis venas; y yo lo intento; hasta que todo este ánimo, toda mi vida, se hace una daga de hielo que se cubre con un rocío de espinas hechas de uñas.
De tus uñas.
Pero yo ya sé que, aunque no me atormentaran nunca más ni el miedo ni la muerte, no viviré ya para volver a verte.
Promesas rotas bajo la lluvia que aún espero.
Juré tantas veces seguir en la torre de la soledad, en mi alto castillo de trabajo diario, de duro y áspero esfuerzo. Pero soy un trozo de madera carcomido por las termitas, por los hongos, por la humedad de tus ojos tristes. No quería escucharte llorar, pero veo tus lágrimas casi cada día frente a los espejos, que me acompañan en la vigilia y en el sueño.
Me duele la cabeza,
tengo un profundo ocaso dentro, una araña infesta los recovecos que dejan mis sesos. No era nada, y lo sigo siendo.
Sé que lo sabes:
Me quedan la guillotina y el alcohol y las pastillas, Amargura, acerba compañera.
Oscuridad en mis ojos frente al espejo. Mis héroes son ya todos fantasmas. Durante tanto tiempo me limpié solo.
Ya no aguanto.
Un gigantesco velo de rosas negras cubre mi mirada. Una lenta oruga escala por los tallos y devora las flores. No hay nada. Yo también estoy roto. ¿No lo ves? Nadie puede arreglarme. Dicen algunos que arreglar con oro o plata hace más bellas las cosas, y el hecho de que se rompieran las favorece. Pero mi oro se ha oxidado y mi plata se ha vuelto negra. Ya lo único que me queda es una amatista sentada en un rincón, con todas las esquinas rotas, como yo.
Yo creía en la eternidad.
Ahora todo es aridez y desierto extraño. Todo es frío y cenotafios con tu nombre. Todo es una maraña de ilusiones vanas, de venenosas áspides esperando que salga de la cama. Siento una escalinata a la hoguera que me entra por el estómago y me sale por la boca.
Camino, ni siquiera seguro de mí mismo, rumbo al fuego de tu infinitud.
Negro balandrán, bandera hecha jirones en mi mástil, dos monedas de plata para el capitán.
Es todo lo que me queda.
Dicebant
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