"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

sábado, 24 de mayo de 2014

Dejé que tus garras me desgarraran las entrañas

Mi pecho yace abierto, más allá de donde nadie ha posado jamás sus ojos. Tus labios son el abismo a donde van a morir y a pudrirse mis besos; los que te di y los que nunca fueron sino un sueño. Abro mis manos, sólo para sostener en el inmenso vacío de mi negro fúnebre una brizna de tu luz.

Excavo hoyos en el suelo de este mundo árido y yermo y de los poros en la tierra brota sangre, no agua. Pero yo soy sólo una voz en el coro de las almas que nadie va a salvar, y el pálido reverberar de mi grito me recuerda la soledad a la que nos condenó este universo injusto; la fragilidad de tu piel de mariposa herida; la tristeza de tus ojos vacuos por el destino cruel e inmerecido.

Cae la lluvia de mi alma sobre los infinitos pozos de tu virtud maltratada, y mil ideas negras circulan mis sesos: mi cráneo yace abierto en el asfalto; mis muñecas sudan néctar carmesí; mi pálida tez se hace fantasmal frente al acerbo olor de las almendras. Duerme tranquila hoy: es sólo una pesadilla más.

Hay noches en que todo el cosmos cae a mis pies, y, entonces, parece que fue hace tanto tiempo que nos conocimos...

Cuando los cuervos abren sus alas para volar, yo ya sólo recuerdo tus pupilas infinitas quebradas por el llanto. Cuando la llamarada inmensa de la angustia hace su nido en mi pelo, medio millón de botas desfilan hacia el infierno.

Estoy seco, borracho, algo desquiciado;
demente, abrasado, enfermo;
triste, dejado, solo.

Nado por Estigia en busco de los vestigios de mis recuerdos. Cadáveres inmensos como el mar de mi llanto me abrazan en la oscuridad. Y ya sólo puedo pensar en el pardo de tu iris, concebido en la felicidad de una tierra lejana para cosas más bellas y altas que este inmundo todo al que un Dios olvidadizo nos ha condenado.

Acepte mis dos monedas, querido capitán. Que ya nos conocemos, Caronte, y sabes que mi único camino es el que lleva al interior del Hades, con una vida tomada por ella misma, por unas uñás que ansían cortar la garganta que tanto me quema, que revienta por los estrépitos que nunca fueron.

Otra noche pasa, otro día hecho madrugada por el augurio de un lecho cálido pero inalcanzable. Vislumbro mi destino en tu andar quedo y seguro. Sé que tú eres mi musa y mi fatum eternos; pero que yo sólo fui hecho para deshacerme en agua salada de lágrimas incontenibles, en sangre derramada por la propia voluntad, en deseos de una vida inmortal a tu vera.

Caen las hojas de mi otoño; las dejo caer. Se sacude la invernal sima de tu querer abusado mis poemas baratos.

Una vez más, y nunca más, será mi ánima un faro en la insondable mar del tiempo.

Sálvame.
Sálvame.
Sálvame,
con tu amor inmenso.


Dicebant


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