Diez años sobre
la espalda del niño y cuatro veces más sobre la del padre. Un camino mal
iluminado por las farolas que descansan en lo alto de las aceras los conduce
hasta su casa.
-Hijo, ya queda
poco.
-Sabes papá, ya
sé que seré de mayor.
El padre se
detiene, le excita saber que su hijo tiene un sueño, que sabe cómo será su
vida, aunque esta meta sea eliminada de sus recuerdos dentro de unos años. La
fuerza con la que el niño habla conmueve al padre que siente como su orgullo
empieza a brotar.
-Cuéntame hijo.
-Quiero ir a la
universidad y ser escritor.
Sorprendido, el
padre no sabe cómo contestar al hijo. -¿escritor? De esos hay muchos hijo, y
pocos valen la pena.-
-Pero yo quiero
serlo…
-Hagamos un trato
¿quieres?
-Vale
-Se el mejor
escritor y yo haré lo imposible para que vayas a la universidad.
El hombre en una
mezcla de sensaciones, desilusión por no poder cumplir la promesa que le hace
al pequeño y a la vez ilusión por saber que quiere ser su hijo. Mira sus manos
ásperas y trabajadas, decepcionado consigo mismo. Ve a su hijo pasar frio
mientras anda con los pies cansados y sin fuerza, y le da su abrigo.
-Ya queda poco
cariño
-Lo sé, lleva
quedando poco desde hace mucho
-Menos queda
Un coche, rojo
metalizado, pasa por su lado a una velocidad que solo los estúpidos ponen en
ciudad, pisa un charco formado por el agua que caería alguno de los días
pasados y les salpica. Antes de que el agua contacte con el niño, el padre se
pone entre medias e impide que se moje.
-Gracias papi
-He dicho que
haría lo imposible para que llegaras a la universidad- Ríe, el hijo también lo
hace.
-Me acuerdo cuando íbamos a la casa del pueblo
en coche, que viajes tan largos.
-¿Es mejor andar
verdad?
-Diferente, en el
coche no pasaba frio.
-Ahora haces
deporte.
-¿Por qué
vendiste el coche?
-Para hacer
deporte, si vas en coche a todos los lados engordas hijo.
-Cuando sea
escritor tendré diez coches.
Se ríen juntos,
la felicidad que irradia el pequeño contagia al padre que por un momento se
olvida que está en la calle. Se abrazan y un pensamiento en forma de lucidez
invade la cabeza del padre. “Ojala pueda comprarte aunque sea solo un coche,
ojala puedas ir a la universidad”
-Sabes hijo, yo
también tenía un sueño cuando era un niño como tú.
-¿Cual papa?-
Ahora el excitado era el hijo.
-Abrazarte…- Tuvo
el mismo sueño que su hijo, ir a la universidad. Pero él no consiguió
cumplirlo, como seguramente tampoco pueda cumplirlo el niño. No puede decirle
que los sueños para los pobres son imposibles y que solo son eso, sueños.
-¡Que suerte
papi! Lograste el tuyo-
-Si hijo- ríe- Te
abrace…-
-Yo también
lograre el mío- La firmeza con la que habla el niño es alentadora, a ratos
consigue despertar en el padre el mismo sentimiento. Se cree que todo puede
conseguirse, como si fuera posible el mundo para él.
-¿Te digo una
cosa? Los sueños solo se cumplen si crees en ellos.- La creencia y la fe poco
tienen que ver con los sueños, la verdadera frase, que le pasa por la cabeza al
padre aunque no la diga, era otra distinta. “los sueños solo se cumplen si
puedes mantenerlos” otro pensamiento ronda ahora sobre él. ¿Un niño merece
saber que está condenado al fracaso? No tenía respuesta para ello. Pero tampoco
quería ser el verdugo de su hijo.
- Lo sé, por eso
creeré mucho en el mío
-Lo conseguirás
hijo.
Mientras estaban
hablando, iban andando y sin darse cuenta. Acaban de llegar a su portal. La luz
de la entrada estaba fundida, la mayoría de los buzones descolgados o sin
puertas y cables por fuera de las paredes. En la esquina superior derecha
estaba el suyo, una carta se dejaba ver por la rendija del buzón. El padre lo
abre y saca la carta.
Aviso
de desahucio.
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