"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

jueves, 22 de mayo de 2014

DISTIMIARIO

Estos días atrás estuve escuchando una entrevista a SOLEDAD LORENZO, una galerista que apoyó a artistas como Tàpies o Barceló, en la que hablaba, entre otras cosas, de lo fundamental que es la mirada cultivada para entender el arte. Una de las preguntas del entrevistador era una duda bastante extendida, ¿puede alguien engañar con su obra dentro del panorama del arte contemporáneo?, es decir, ¿cualquier persona puede pintar algo, colgarlo en una galería y convertirlo en arte? Pues según ella, no, ya que el arte es arte cuando cumple determinados parámetros. El problema, comentaba, estriba en que no nos enseñan, o no procuramos por nosotros mismos, a desarrollar nuestra visión artística, y por tanto no somos capaces de discernir entre el arte de verdad y el que no lo es, o sea, que no conocemos los componentes objetivos para la adecuada valoración.
Creo que tiene toda la razón, aunque es difícil que la gente que no posee ese tipo de mirada especializada le cueste imaginar cómo es; una mirada que, todo hay que decirlo, se desarrolla intelectualmente, no se nace con ella, ni tiene nada de sobrenatural. Pasa igual con el resto de las artes, ya sea música, arquitectura, teatro, danza...: los elementos para su análisis y posterior valoración son objetivables y, por tanto, aplicables a una tipología artística en conjunto.

Y todo este preámbulo me sirve para una apreciación personal, me temo que poco objetiva, sobre la última novela que he terminado de leer: EL ENREDO DE LA BOLSA Y LA VIDA de EDUARDO MENDOZA (Seix Barral, 2012). He de decir que partía con la mejor predisposición. Conocía las tres entregas anteriores sobre este mismo personaje, que disfruté muchísimo, y he leído nueve de las catorce novelas de Mendoza, un escritor por quien siento mucha admiración. Pero no sé qué ha pasado con ésta, que no me ha hecho gracia. El personaje principal, que en su momento me pareció todo un descubrimiento por parte del autor, creo que ha envejecido mal, o que no encaja con el momento actual, y la trama la he sentido un poco deslavazada y sin esa capacidad de seducción que, para mí, está en otras de sus novelas. Y, sobre todo, que esperaba reírme, reírme mucho, como con EL MISTERIO DE LA CRIPTA EMBRUJADA o EL LABERINTO DE LAS ACEITUNAS, y, sí, he sonreído, pero las carcajadas de antaño no han aparecido por ningún lado.

No obstante, y siguiendo la acertada argumentación de Soledad Lorenzo, la galerista de arte, quizá mi mirada necesite más profundidad y a mí me falten conceptos que me lleven a una mejor apreciación literaria. Eduardo Mendoza ha recibido multitud de elogios por esta obra, pero yo no la veo a la altura del resto de su bibliografía.
De momento, y a falta de mayor desarrollo personal, esto es lo que hay. Si te apetece reír con Mendoza yo sigo aconsejando, para no alejarnos demasiado en el tiempo, EL ASOMBROSO VIAJE DE POMPONIO FLATO (Seix Barral, 2008).

Que disfrutes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario