Nunca me gustó aquel tipo. Lo supe nada más verlo. Cinco minutos antes. En la panadería. Tenía demasiadas ideas en la cabeza. Y eso es una carga demasiado pesada, todo el mundo lo sabe. Pero eso no era lo peor. Lo que me produjo verdadero asco fue su manera de mirarme. Su voz. Aquella cara tan normal. Su flequillo engominado levemente peinado hacia atrás. Sentí una arcada y mi cuerpo estuvo a punto de reaccionar sin control.
― Buenos días ―me dijo con una
sonrisa de cartón.
Aquello era lo peor. La manera en la
que se dirigió a mí. Con aquella educación enlatada. Haciéndome sentir su
superioridad y su desprecio. Dejando claro que era un ser muy por encima de mí.
Un tipo como los demás. Muy amigo de sus amigos. Un miembro más de la manada.
Sin escrúpulos. Ahogado por una corbata que había dejado colgada en el aparador
de su habitación. Con las huellas de la rutina en el cuello. El rey de un mundo
de mentiras. Era domingo, pero daba igual. Los tipos así no cambian nunca,
aunque lo intenten. Por eso hice lo que hice.
― Buenos días ―repitió con la misma
sonrisa.
Por supuesto, yo no respondí. Me
concentré en sus pupilas negras. Manteniendo su mirada inerme. Me hubiese
gustado clavarle mis pensamientos en aquellos puntos oscuros que exhalaban
prepotencia. Inyectarle en su cerebro verdades con una jeringuilla de ácido
sulfúrico. Los demás también me miraron. Sentí su calor en mi espalda. Su sucia
hipocresía. Su agonía callada y persistente. Sus chillidos de cerdos bien
cebados.
― Perdone… ―me dijo mientras me
tocaba con una mano fría.
Pero no le dejé terminar. No podía
soportar más su cercanía. Su presencia. Su mera existencia. Sus latidos, su
respiración, el sudor de su cuello. Todo era un atentado a mi persona. A la
vida. A la propia creación. Por eso lo hice. Cogí mis cartones y me fui a otra
parte.

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