"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

viernes, 9 de mayo de 2014

El cuervo


Cuantos ojos habrán visto el mismo cielo que los del viejo. El tiempo ha sido testigo de las pupilas que se clavaban en su estrella. Estrella que vigila y protege a todos por igual. Hoy el Sol ha brillado desde la montaña por donde todos los días, desde que el viejo tiene conciencia, sube. Nunca cambia, nunca defrauda…No como las personas.

Es el castigo de su propia suerte, aunque tal vez ésta no tenga culpa de su miserable existencia. Nunca hizo nada por nadie, no desde que tiene conciencia, desde que ve el sol salir por la montaña que el tiempo ha ido erosionando. En su nido, solo, se lamenta de no tener visitas. Que nadie le lleve flores, que nadie beba con él. Dejó que su naturaleza alada colonizase su cuerpo y se abandonó en un vuelo sin mirar a la mujer que dejó en tierra.

La espalda desnuda cubierta por dos alas negras, las caderas simulaban ser partes del pájaro que le guio a su destrucción. Eran dos, dos cuervos, marcados por la misma señal. Marcados por una vida que no les trato como ellos quisieron. Recolector de historias y amante taciturno, su cerebro respondía no, pero no era el hombre quien mandaba en su cuerpo. Ella dejo el hombro al desnudo, su piel blanca, fina… cuasi trasparente, dejaba ver una pluma del ave que la comandaba en la oscuridad de su plumaje. Negro y blanco en combinación perfecta, en una sintonía inexplicable. Su hombro insinuaba lo que su espalda escondía.

Hombre de pasiones y arrebatos dejo que la intriga de una camiseta fina y semicaida, de otras alas negras y unas curvas delicadas, le guiase. Tan tierna, tan pequeña para el resto y con un cuerpo tan descarado… Voluminosa  delantera objetivo de miradas cuando el escote descansaba sobre ella. Pero su espalda… Cuántos otros habrán podido verla y rechazarla por sus alas. Nunca descansaría sola, no mientras el viejo cuervo estuviese con ella, mientras que se elevasen juntos sin importar el suelo.

La ropa era la jaula del pájaro que, poco a poco, ganaba terreno a la mujer. Ropa que cubría a la vez senos y piernas, que escondía sus alas a los ojos del resto. Mismo pájaro, diferente evolución, La vida quiso que sus plumas cayesen allí donde ellos quisieran estar, que no existiesen fronteras para sus cuerpos. Una espalda que jamás debió de ser enseñada y un cuerpo que jamás volvería a ser de un hombre. Hombre que ya tenía mujer. Mujer que se quedó en tierra. Las plumas caen al suelo mientras el cuervo solo dice estar arrepentido, mientras su voz se hace humana para decir lo siento. ¿Cómo iba a saber él, siendo hombre, que el sexo es solo sexo? Dejó que los dos cuerpos alados se vieran más a menudo y a la mujer abandonada en casa.

Fue verlo… Clavar su vista en ese cuerpo que quería ser el de un cuervo, como él lo era, y nunca más ser hombre. El destino los unió, ninguno pudo impedirlo. Bajó la camiseta de su hombro, siguiendo el negro de la pluma que se dejaba ver y vio desnudarse frente a él a la mujer y volar su virtud bajo las alas de un cuervo. Las garras, hechas manos, arañaron su espalda mientras los dos cuerpos, ya de pájaros, en su nido se abandonaron al placer de la pareja.

Pero los días pasaron y las plumas caídas crean un sendero que nadie ha visto, que nadie sigue. Solo arrancándose las plumas intenta volver a ser hombre, solo sigue siendo pájaro como en su día eligió ser. Una mañana, la ventana movió las cortinas del nido donde las dos aves yacían, donde el hombre dejo de ser hombre y la mujer hizo lo propio. En el alfeizar de la ventana se posó por última vez un cuervo… Con las alas abiertas de par en par abrazo el cielo. Cielo que vio a la mujer ser cuervo y al cuervo despegar. Cielo que la arropó entre sus nubes como si de a un ángel caído, de piel blanca armonizada con el negro, se tratase. El macho siguió la estela con los ojos  que la hembra dejaba a su paso con sus patas desnudas, con sus plumas… Con el pico intento agarrarla por el cuerpo y sus alas despegar tras ella. Pero su cabeza hizo de hombre y solo vio como abandonaba el nido.

La mujer supo de los encuentros de los dos pájaros y sus desventuras, supo también que su hombre tenía pico y alas, y en silencio abandono la casa comprendiendo que no era suyo; que un cuervo nunca será un hombre por mucho que lo hubiese sido. Sigue el hombre esperando ver  al cuervo blanco y negro volver por la ventana, sin que llegue nadie. Y comprende ahora que el cuervo resultó ser urraca. 

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