Está en el esófago.
Es como una araña.
De los pelos que brotan en legión de sus piernas, nacen los
ácidos que me están devorando. Ese monstruo se alimenta de mis entrañas, y de
sus dos ojos negros y profundos, como el cielo sucio de esta ciudad inmunda emana
un juego que me está llegando a la lengua.
Me tira hacia abajo, como si me
tuviera atenazado,
agarrado con hierro al rojo de las carnes del cuello.
En la
boca noto la sangre que en los momentos de rabia y gritos salta de las paredes,
empapa mis labios.
Era primavera y aún
no se había levantado.
La noche anterior la había pasado olfateando el rastro
que dejaron ellos al marcharse. No quería dejar ninguna huella antes de que
entraran. Le pesaba tanto su propia alma que se la hubiera arrancado, de haber
sido un hombre instruido y haber sabido dónde estaba. Apenas podía caminar
últimamente. Las piernas se le habían agarrotado con tanto correr alrededor de
la casa. En el viejo camino que llevaba al cementerio siempre había un hombre
sentado en el banco. Apenas miraba a las flores que brotaban del cielo nocturno.
Sus ojos estaban siempre perdidos en el pozo donde el lago, en aquel vientre de
agua donde nadaban los pequeños pájaros acuáticos. La guerra se los había
llevado a todos; una oscuridad los reclamaba en el lejano este. Nunca había
sentido tanto mal dentro de sí. Ataca como un ácido, como un disolvente que le
hubieran inyectado y que estuviera reventándole las entrañas. En sus manos había
os gusanos. Vio un fantasma. Era una vieja, una mujer tan mayor, tan horrible
como la Muerte. Las tumbas nacen de las sombras olvidadas. Este es un dolor tan
fuerte. Es todo tan estúpido, tan vacío tan solitario. Me espera una sola cosa
al otro lado: el silencio. No quisiera mirar los ojos que me devuelve el
espejo. En ellos capto el cedazo donde todo el dolor. Romperse la garganta
mientras mira uno a las simas abiertas por el dolor. Abrirse a los sentidos que
nacieron en el tiempo para sufrir, lanzarse al camino que es una cuesta abajo
hasta el infierno. Responderé al diablo cuando me convoque a las llamas y al
sufrimiento sin límites que mi tiempo entre demonios y dolor ya ha sido
suficientemente eterno. La pena que conoce el pájaro que muere congelado. La
compasión que inspira una voz lastimera. El patetismo es menos terrible cuando
se conoce, cuando los rincones oscuros del alma han sido cartografiados.
Un hombre se
levanta de su cama y mira el reloj.
Ni siquiera ve la hora que es.
Sólo mira.
El despertador no ha sonado.
Sale de su cama. Sale de su casa. Lavado el pelo y
el traje. Toma el volante y se estrella contra otro en sentido contrario. Lo
hizo con completa voluntad.
Estaba aburrido.
Hubo una vez en que
leí que la muerte podía ser la mayor señal de desprecio, de repulsa por el
mundo. Hay quien ve en ella autocompasión, un chillido terminal, lastimoso.
Pero los que en vida hablaron mal, no se callarán. La gente es así. Es
despreciable. Preferir la destrucción sobre la creación; la paz, la quietud
total del silencio infinito, sobre esta constante agitación, sobre este
estremecimiento como de gusanera, también tiene su valía. Es una señal de
arrogancia, grande. Pero nada importa ya. Callarse, girar ligeramente el
volante. Avanzar un poco en la calle. A nadie le importa, simplemente, porque
tú eres el único al que es relevante que le importe, y te da absolutamente
igual. Hablar o callar, vivir o morir.
Es lo mismo,
es uno.
Y ya estoy cansado
de tantas voces y tanta suciedad, y tanta cara mugrienta.
Este páramo
repugnante ya me ha ultrajado lo suficiente.
Me asomaré al
balcón y veré a este cielo roto.
De sus nubes quebradas caen las lágrimas que
lloran los que están mirando.
En sus ojos vacuos no entra ni sale nada. Son
como el vacío que nos separa. En los muros negros que se alzan entre las
paredes de nuestras casas están tapiadas las ilusiones, y de la misma anestesia
que te clavan cuando el alcohol empieza a carbonizar el hígado, está hecha la
que atenaza las intenciones, la voluntad que nos nace de dentro, y dentro se
muere. Esa voz tan profunda que nadie oye, que parece que habla desde donde
está la tierra podrida, el agua estancada.
De las fosas de sus
ojos apenas cabe decir nada, esperaba a aquella señora mucho antes de
despertar. En la calle del pueblo aquel apenas había nada que ver. Mira que te
lo dije, que te fueras, pero nunca me hiciste caso. Ahora tendrás que hacer
frente a todo lo que dejaste olvidado.
Dolor,
dolor,
dolor.
Angustia,
sufrimiento, vacío. Negro, oscuro, terrible, tenebroso. Lúgubre, tétrico,
brumoso.
La neblina hedionda está inundando la habitación.
Moriremos todos
ahogados, como los que cuelgan de los árboles.
Dicebant
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