"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

sábado, 17 de mayo de 2014

Está en el esófago (escritura automática)



Está en el esófago.
Es como una araña.
De los pelos que brotan en legión de sus piernas, nacen los ácidos que me están devorando. Ese monstruo se alimenta de mis entrañas, y de sus dos ojos negros y profundos, como el cielo sucio de esta ciudad inmunda emana un juego que me está llegando a la lengua. 
Me tira hacia abajo, como si me tuviera atenazado, 
agarrado con hierro al rojo de las carnes del cuello. 
En la boca noto la sangre que en los momentos de rabia y gritos salta de las paredes, 
empapa mis labios. 

Era primavera y aún no se había levantado. 
La noche anterior la había pasado olfateando el rastro que dejaron ellos al marcharse. No quería dejar ninguna huella antes de que entraran. Le pesaba tanto su propia alma que se la hubiera arrancado, de haber sido un hombre instruido y haber sabido dónde estaba. Apenas podía caminar últimamente. Las piernas se le habían agarrotado con tanto correr alrededor de la casa. En el viejo camino que llevaba al cementerio siempre había un hombre sentado en el banco. Apenas miraba a las flores que brotaban del cielo nocturno. Sus ojos estaban siempre perdidos en el pozo donde el lago, en aquel vientre de agua donde nadaban los pequeños pájaros acuáticos. La guerra se los había llevado a todos; una oscuridad los reclamaba en el lejano este. Nunca había sentido tanto mal dentro de sí. Ataca como un ácido, como un disolvente que le hubieran inyectado y que estuviera reventándole las entrañas. En sus manos había os gusanos. Vio un fantasma. Era una vieja, una mujer tan mayor, tan horrible como la Muerte. Las tumbas nacen de las sombras olvidadas. Este es un dolor tan fuerte. Es todo tan estúpido, tan vacío tan solitario. Me espera una sola cosa al otro lado: el silencio. No quisiera mirar los ojos que me devuelve el espejo. En ellos capto el cedazo donde todo el dolor. Romperse la garganta mientras mira uno a las simas abiertas por el dolor. Abrirse a los sentidos que nacieron en el tiempo para sufrir, lanzarse al camino que es una cuesta abajo hasta el infierno. Responderé al diablo cuando me convoque a las llamas y al sufrimiento sin límites que mi tiempo entre demonios y dolor ya ha sido suficientemente eterno. La pena que conoce el pájaro que muere congelado. La compasión que inspira una voz lastimera. El patetismo es menos terrible cuando se conoce, cuando los rincones oscuros del alma han sido cartografiados.
Un hombre se levanta de su cama y mira el reloj. 
Ni siquiera ve la hora que es. 
Sólo mira. 
El despertador no ha sonado. 
Sale de su cama. Sale de su casa. Lavado el pelo y el traje. Toma el volante y se estrella contra otro en sentido contrario. Lo hizo con completa voluntad. 
Estaba aburrido.

Hubo una vez en que leí que la muerte podía ser la mayor señal de desprecio, de repulsa por el mundo. Hay quien ve en ella autocompasión, un chillido terminal, lastimoso. Pero los que en vida hablaron mal, no se callarán. La gente es así. Es despreciable. Preferir la destrucción sobre la creación; la paz, la quietud total del silencio infinito, sobre esta constante agitación, sobre este estremecimiento como de gusanera, también tiene su valía. Es una señal de arrogancia, grande. Pero nada importa ya. Callarse, girar ligeramente el volante. Avanzar un poco en la calle. A nadie le importa, simplemente, porque tú eres el único al que es relevante que le importe, y te da absolutamente igual. Hablar o callar, vivir o morir. 
Es lo mismo, 
es uno. 
Y ya estoy cansado de tantas voces y tanta suciedad, y tanta cara mugrienta. 
Este páramo repugnante ya me ha ultrajado lo suficiente.

Me asomaré al balcón y veré a este cielo roto. 
De sus nubes quebradas caen las lágrimas que lloran los que están mirando.
En sus ojos vacuos no entra ni sale nada. Son como el vacío que nos separa. En los muros negros que se alzan entre las paredes de nuestras casas están tapiadas las ilusiones, y de la misma anestesia que te clavan cuando el alcohol empieza a carbonizar el hígado, está hecha la que atenaza las intenciones, la voluntad que nos nace de dentro, y dentro se muere. Esa voz tan profunda que nadie oye, que parece que habla desde donde está la tierra podrida, el agua estancada.
De las fosas de sus ojos apenas cabe decir nada, esperaba a aquella señora mucho antes de despertar. En la calle del pueblo aquel apenas había nada que ver. Mira que te lo dije, que te fueras, pero nunca me hiciste caso. Ahora tendrás que hacer frente a todo lo que dejaste olvidado. 
Dolor, 
dolor, 
dolor. 
Angustia, sufrimiento, vacío. Negro, oscuro, terrible, tenebroso. Lúgubre, tétrico, brumoso.
La neblina hedionda está inundando la habitación. 

Moriremos todos ahogados, como los que cuelgan de los árboles.



Dicebant

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