Alza el cuchillo por el mango, se relame los dientes con la lengua y, poco a poco lo acerca a la piel. La rasga suavemente, la piel que corta se abre y a la vez se enrolla sobre sí misma, escucha el leve sonido de una voz entrecortada, seca, que no deja de llorar.
Ella alza la cabeza, asqueada, "mierda", tiene que dejar el cuchillo, "se le ha aflojado la mordaza", piensa. Se acerca con la silla en la que está sentada y, sin mirarle a los ojos le coloca el pañuelo lo mejor que puede.
Según su piel, debe de ser jóven, unos veintipocos. Y ella lo sabe, ya había calculado su edad, que fuera mayor que ella era un requisito primordial, "son tan tontas a esa edad".
Y vuelve sobre sus pasos, sobre el cuchillo y sobre el antebrazo. De repente le apetece dibujar...
Ya había trazado una raya fina, demasiado fina, de hecho, así que la repite. Posa el filo justo donde comenzó a desplegar la piel y lo hunde un poco más, ve carne, carne roja manchada de sangre y aprieta un poco más, es tan fácil...Va todo rodado si está afilado y, sin querer, se pasa. Ha llegado al fondo, ha tocado hueso y ya no para de sangrar.
Suspira, coge una bayeta y limpia, absorve. "Ya tengo el tronco", piensa, y mientras, coloca un poco más arriba la punta del cuchillo "no, demasiado grueso", se aparta junto con su silla hacia la bandejita plateada, elige entre un cuter y un bisturí, se decanta por el bisturí sin dudarlo. Pero antes de volver a su sitio observa el pelo de la chica, ya no hace ruido, se ha desmayado, tiene la barbilla apoyada en el pecho. Ella hace un chasquido con la lengua, le hubiera gustado más si hubiera estado despierta, pero debe seguir con su obra.
Vuelve sobre el brazo y clava la punta afilada y un tanto oxidada del bisturí suavemente cerca de la doblez del codo y comienza a trazar pequeñas eses y zetas alrededor de la gran herida, a los lados de la piel abierta y despegada. Limpia, corta, raja y limpia, le gusta tanto cómo le estan quedando las ramas... Le cae el sudor en forma de gotas y encharca la parte de arriba de una de las ramitas, ha terminado. Se aparta y admira su obra de arte, tuerce la cabeza, "mediocre" piensa. Tiene una de las comisuras de sus labios abierta, "tampoco tenía las herramientas adecuadas".
Su árbol no para de sangrar, ella lo quería rojo, pero pensaba que a estas alturas ya se habría vuelto costra.
No le da más importancia y mueve la silla hacia el otro lado de la camilla, hacia el hombro izquierdo de la chica, se acerca, ahora ya no le apetece dibujar...
Coge con fuerza el bisturí con el dedo índice en la punta, lo acerca al cuello.
- Diana, Diana venga, come de una vez.
Agita la cabeza, mira de frente. Un plato, cinco platos más en una larga mesa, y mira al suyo, un trozo negruzco y seco de carne la espera. Frita, requemada, sin gota alguna de sangre...Y en su mano derecha el típico cuchillo dentado de cortar carne, justamente pinchado en el extremo inferior de esta. Tiene la boca abierta, seca, se relame los labios y parpadea, se acomoda mejor en su silla de ruedas.
-Si, mamá -contesta.
Coge el tenedor con la mano izquierda y se dispone a comer.
Ella alza la cabeza, asqueada, "mierda", tiene que dejar el cuchillo, "se le ha aflojado la mordaza", piensa. Se acerca con la silla en la que está sentada y, sin mirarle a los ojos le coloca el pañuelo lo mejor que puede.
Según su piel, debe de ser jóven, unos veintipocos. Y ella lo sabe, ya había calculado su edad, que fuera mayor que ella era un requisito primordial, "son tan tontas a esa edad".
Y vuelve sobre sus pasos, sobre el cuchillo y sobre el antebrazo. De repente le apetece dibujar...
Ya había trazado una raya fina, demasiado fina, de hecho, así que la repite. Posa el filo justo donde comenzó a desplegar la piel y lo hunde un poco más, ve carne, carne roja manchada de sangre y aprieta un poco más, es tan fácil...Va todo rodado si está afilado y, sin querer, se pasa. Ha llegado al fondo, ha tocado hueso y ya no para de sangrar.
Suspira, coge una bayeta y limpia, absorve. "Ya tengo el tronco", piensa, y mientras, coloca un poco más arriba la punta del cuchillo "no, demasiado grueso", se aparta junto con su silla hacia la bandejita plateada, elige entre un cuter y un bisturí, se decanta por el bisturí sin dudarlo. Pero antes de volver a su sitio observa el pelo de la chica, ya no hace ruido, se ha desmayado, tiene la barbilla apoyada en el pecho. Ella hace un chasquido con la lengua, le hubiera gustado más si hubiera estado despierta, pero debe seguir con su obra.
Vuelve sobre el brazo y clava la punta afilada y un tanto oxidada del bisturí suavemente cerca de la doblez del codo y comienza a trazar pequeñas eses y zetas alrededor de la gran herida, a los lados de la piel abierta y despegada. Limpia, corta, raja y limpia, le gusta tanto cómo le estan quedando las ramas... Le cae el sudor en forma de gotas y encharca la parte de arriba de una de las ramitas, ha terminado. Se aparta y admira su obra de arte, tuerce la cabeza, "mediocre" piensa. Tiene una de las comisuras de sus labios abierta, "tampoco tenía las herramientas adecuadas".
Su árbol no para de sangrar, ella lo quería rojo, pero pensaba que a estas alturas ya se habría vuelto costra.
No le da más importancia y mueve la silla hacia el otro lado de la camilla, hacia el hombro izquierdo de la chica, se acerca, ahora ya no le apetece dibujar...
Coge con fuerza el bisturí con el dedo índice en la punta, lo acerca al cuello.
- Diana, Diana venga, come de una vez.
Agita la cabeza, mira de frente. Un plato, cinco platos más en una larga mesa, y mira al suyo, un trozo negruzco y seco de carne la espera. Frita, requemada, sin gota alguna de sangre...Y en su mano derecha el típico cuchillo dentado de cortar carne, justamente pinchado en el extremo inferior de esta. Tiene la boca abierta, seca, se relame los labios y parpadea, se acomoda mejor en su silla de ruedas.
-Si, mamá -contesta.
Coge el tenedor con la mano izquierda y se dispone a comer.
Mire.
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