Hoy he vuelto de viaje.
Es bueno volver a casa después de algún tiempo. La vida y la rutina de la que huías parecen otras, atractivas, deseadas. Y buscas en lo distinto lo familiar, y ves en lo de siempre algo distinto.
En el lugar de donde vengo los ríos son grandes espinas
dorsales con nervios por donde fluye la vida. En el lugar al que he llegado hoy
los ríos están muertos, nada fluye y, como una fotografía antigua, cumplen una
mera función estética. La médula espinal es ahora de asfalto y cemento, y los
pulsos eléctricos viajan de ciudad en ciudad con densidades antes
insospechadas. Ciudades. A través de las ventanillas del avión he visto
ciudades brillando, cargadas de energía, interconectadas, como neuronas, cada
una buscando a las demás a través de líneas nerviosas, cada una con sus axones.
Algunos de ellos perdidos, huérfanos sin haber alcanzado su destino: quizá un
camino a un campo baldío; quizá una ruta hacia una colina cercana; o a un
basurero. Un coche partió de una de ellas con los faros encendidos, como si de
un impulso nervioso se tratase, y desencadenó una nueva pulsión que se propagó
hacia otra más lejana, buscando una nueva sinapsis, en un aparente efecto
causal. Y vi un córtex a escala planetaria que debería servir para aumentar de
manera masiva nuestra capacidad de resolver problemas. Una inmensa red de
interconexiones que era la base física necesaria para crear cualquier realidad
imaginada.
En 1943, los neurólogos
McCullogh y Pitts realizaron los primeros modelos de redes neuronales y en 1949
Donald Hebb desarrolló el concepto de aprendizaje neuronal, estableciendo las
bases para comprender una telaraña que el tiempo hacía mucho que dominaba. Una
red neuronal es un sistema de
interconexión de unidades simples (neuronas) que
colaboran entre sí para producir un resultado complejo. Cada neurona realiza
una tarea sencilla, que por sí sola no resuelve ningún problema específico. Sin
embargo, una vez conectadas en red, la capacidad de resolución de problemas es
asombrosa. Los insectos, por ejemplo, son capaces de construir nidos de una
complejidad y características tan solo equiparable a grandes proyectos de
ingeniería con sencillas reglas que ejecutan cada uno de sus miembros, cada una
de sus neuronas. Un aparente desconcierto que ordena, cambia y estructura
buscando un fin común.
Sin embargo aquel conjunto de
núcleos de ladrillo y luz, de axones, de dendritas urbanas, con la estructura
necesaria para crear cualquier realidad imaginada, se empeña en dar las mismas
respuestas una y otra vez. La red parece bloqueada, generando resultados que no
responden a ningún fin. Fallo de sistema. Descontrolada. Fallo de sistema. Incapaz.
Aunque el problema no radica
tanto en la capacidad como en el aprendizaje. Un sistema que aprende es un
sistema que se adapta: coge una muestra de la salida (la realidad creada) y la
toma como referencia de entrada del propio sistema, creando un lazo que modifica el comportamiento de
este en función del resultado producido. Una interconexión con señales en ambos
sentidos que permite adaptarse a la realidad de la que él mismo participa.
Aprender. Pero las ciudades no aprenden. Crecen en una sola dirección, sin
tener en cuenta sus efectos. Quizá se han vuelto demasiado grandes, demasiado
pesadas para avanzar. Grandes tumoraciones que engordan asfixiando a sus
células, ahogando cualquier entidad viva de su interior. Metástasis. Una masa
enorme de células inservibles, una mutación sin control, un crecimiento
desmesurado que provoca malformaciones en un córtex herido.
Miré de nuevo por la ventana
y vi que el avión estaba a punto de tomar tierra. Ya no era capaz de ver las
neuronas, ni sus dendritas. Tan solo veía cúmulos de edificios aislados,
cerrados en si mismos y coches que desaparecían engullidos bajo sus muros. Y
personas que caminaban junto a ellos. Y carreteras que en lugar de unir dividían.
Pero ya no vi neuronas.
Pero ya no vi neuronas.

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