Tengo miedo.
Tengo ansiedad.
Tengo angustia.
Miedo de perderte, de que toda mi fuerza y mi suerte sean sólo un dictado de un destino incompresiblemente cruel.
Ansiedad ante lo imposible, ante la impotencia que se engendra de tanto dolor sin respuesta.
Angustia de verte con la piel en carne viva en medio de un mundo lleno de infección y parásitos.
Ya no espero nada. Ya no deseo apenas. Mi única tranquilidad es la de verte sana, fuerte, decidida.
Mi reina de hielo...
Erígete sobre un trono hecho de sangre coagulada por el frío de tu ausencia. Arráncame el virote que yace alojado en mi pecho. Ábreme en canal y no tengas miedo de mirar dentro.
Sé que he hecho el mal, que me he dejado caer en la tentación, y que si hay un Dios honesto que lea estas palabras, sabe que es mucho más lo que guarda mi garganta que cuanto puedan expresar los limitados vocablos de esta lengua insípida, ineficaz, helada.
En el silencio de una noche sin tu sol, me retuerzo en agonía entre el humo gris y los vacuos versos. Y siento que la única posibilidad de rebelión contra el demonio que nos guía es hacerme uno con la nada.
Pero no quiero dejarte sola
en la oscuridad.
Un ejército de ángeles negros lucha en mis sueños contra la luz de tu recuerdo.
Siento que, abriéndome los ojos, me los has cerrado.
Pero da igual cuánto me extienda, cuánta letra mane de mis manos, cuánto fluido escarlata deje salir de la herida.
La flecha sigue ahí.
Estéril.
Árida.
Fatal.
Estoy herido de muerte.
Dicebant
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