El
hecho de vivir entre centones no es en si mismo una agonía. Pues, al contrario
de lo que Úrculo Flavio apunta en sus memorias, no es la guerra la forja de los
hombres o, al menos, no lo es si nos atenemos al sentido estricto que cualquier
estudiante mediocre daría por respuesta. Ahora bien, si tomamos guerra como
conflicto, como lucha entre partes, como proceso de enfrentamiento que produce
un vencedor y un vencido, una catarsis quizá, un redescrubrimiento, entonces, Flavio,
puede que llevases razón, y el motus
latino implícito en cualquier guerra sería la esencia misma de los hombres –permítaseme
no utilizar el sustativo epiceno ser humano pues, a pesar de ser un sinónimo
más ostentoso y, en muchas ocasiones, preferible, produce en mi una repugnancia
tan sólo comparable a la de los individuos que se etiquetan con él, ¿no somos
algo más que seres por más que nos adjetivemos como humanos?–. Vivir aquí,
entre sábanas, bajo mantas de tacto variado y mil colores, no es por tanto una
prisión, una condena, a pesar del tiempo transcurrido, sino una prueba más,
quizá una trampa, para probar la esencia de mi naturaleza. Y es tanta la
costumbre adquirida a lo largo de los años que, a veces, cuando alguna visita
decide acompañarme sin permiso, y se acercan –oh, con tanta irreverencia– junto
a mi cama, murmurando sandeces sin sentido, prefiero hundirme en mi preciosa
cueva, rodeado de cálidos recuerdos, cubierto por un muro impenetrable de seda,
de lana, de suaves almohadones. Aplaco su osadía con indiferencia y continúo mi
lucha cotidiana, en la oscuridad velada de mi lecho, sintiéndo el peso de mi
cuerpo y de mi mente, notando el aire templado que mi respiración produce en nubes
de vapor que me adormecen, e intento reducir el tiempo a un simple destello en
mi memoria.
La
llama de la mesa tiembla y la cera se aglutina en sus cimientos, como si no se
atreviese a huir, aferrada a la luz que la ilumina. Los ecos hace tiempo que
cesaron y de nuevo el silencio me rodea, como un ungüento sucio y pegajoso.
Unos tacones desdicen el mutismo y marcan el compás en la entresala. Los peldaños
crujen. Veinte. Veinte quejidos, los conozco. El corredor retumba y noto la
brisa en mis pestañas, la levedad del aire que entra por la puerta antes de que
los tacones se detengan. ¿Por qué no entras ya? ¿A qué esperas? El tiempo se
detiene y se eterniza y tan solo escucho su respiración pausada. Al poco sus
piernas se entrechocan, los tacones huérfanos caen junto a la puerta y los pies
descalzos se posan en el suelo. Y andan. Noto calor junto a mis piernas, el
peso de su espalda relajada, las sabanas atraídas por la gravedad que parecen
caer hacia su cuerpo. Y su mano aferra mi mano. Y su boca sopla el polvo
dorado. Y la llama se apaga.

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