"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Thumano



             El hecho de vivir entre centones no es en si mismo una agonía. Pues, al contrario de lo que Úrculo Flavio apunta en sus memorias, no es la guerra la forja de los hombres o, al menos, no lo es si nos atenemos al sentido estricto que cualquier estudiante mediocre daría por respuesta. Ahora bien, si tomamos guerra como conflicto, como lucha entre partes, como proceso de enfrentamiento que produce un vencedor y un vencido, una catarsis quizá, un redescrubrimiento, entonces, Flavio, puede que llevases razón, y el motus latino implícito en cualquier guerra sería la esencia misma de los hombres –permítaseme no utilizar el sustativo epiceno ser humano pues, a pesar de ser un sinónimo más ostentoso y, en muchas ocasiones, preferible, produce en mi una repugnancia tan sólo comparable a la de los individuos que se etiquetan con él, ¿no somos algo más que seres por más que nos adjetivemos como humanos?–. Vivir aquí, entre sábanas, bajo mantas de tacto variado y mil colores, no es por tanto una prisión, una condena, a pesar del tiempo transcurrido, sino una prueba más, quizá una trampa, para probar la esencia de mi naturaleza. Y es tanta la costumbre adquirida a lo largo de los años que, a veces, cuando alguna visita decide acompañarme sin permiso, y se acercan –oh, con tanta irreverencia– junto a mi cama, murmurando sandeces sin sentido, prefiero hundirme en mi preciosa cueva, rodeado de cálidos recuerdos, cubierto por un muro impenetrable de seda, de lana, de suaves almohadones. Aplaco su osadía con indiferencia y continúo mi lucha cotidiana, en la oscuridad velada de mi lecho, sintiéndo el peso de mi cuerpo y de mi mente, notando el aire templado que mi respiración produce en nubes de vapor que me adormecen, e intento reducir el tiempo a un simple destello en mi memoria.

            La llama de la mesa tiembla y la cera se aglutina en sus cimientos, como si no se atreviese a huir, aferrada a la luz que la ilumina. Los ecos hace tiempo que cesaron y de nuevo el silencio me rodea, como un ungüento sucio y pegajoso. Unos tacones desdicen el mutismo y marcan el compás en la entresala. Los peldaños crujen. Veinte. Veinte quejidos, los conozco. El corredor retumba y noto la brisa en mis pestañas, la levedad del aire que entra por la puerta antes de que los tacones se detengan. ¿Por qué no entras ya? ¿A qué esperas? El tiempo se detiene y se eterniza y tan solo escucho su respiración pausada. Al poco sus piernas se entrechocan, los tacones huérfanos caen junto a la puerta y los pies descalzos se posan en el suelo. Y andan. Noto calor junto a mis piernas, el peso de su espalda relajada, las sabanas atraídas por la gravedad que parecen caer hacia su cuerpo. Y su mano aferra mi mano. Y su boca sopla el polvo dorado. Y la llama se apaga.


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