Madeleine. Te has vuelto a ir y me has dejado huérfano, indefenso, postergado. Oh, Madeleine, no puedo olvidarme de ti. Hace apenas unas horas que nos hemos separado y mi habitación ya está fría. Mi cuerpo sufre la desdicha, pues el olor de tu piel aún permanece pegado a las paredes y el charco en el suelo sigue ahí, recordándome que no hace mucho estuviste aquí, sobre mí, con tu sexo suave, cálido, húmedo. Fuente de vida y calor. Me tumbo en el suelo y me restriego contra él, como un perro en celo, para impregnarme aún más de tu hedor ácido y dulce. Las gotas en tu vello rizado diluyéndose en mi piel, penetrando en mi alma a través de los poros abiertos. Abiertos como tú. Te apretaba y rezumabas. Como una naranja fresca y jugosa vertías sobre mí tu zumo tibio y sentía los chorros deslizarse por mi vientre, entre mis inglés. Hilos húmedos que buscaban el suelo, siempre hacia abajo. Madeleine, ¿por qué siempre esas prisas? Para que no sepan, para que no crean ¿no comprendes que ya no es necesario correr? Hemos vivido demasiado para darnos cuenta de que las explicaciones son siempre palabras vacías, huecas. Y aunque lo hicieran, ¿hay que ocultarlo? Ni tus hijos ni tus nietos se iban a asustar ya…
Microrrelatos, poesia, cuentos, articulos de opinion, blog literario, criticas de cine, distimiario, el tio figaro...
"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.
Etiquetas
C.Mercado
(2)
Decibant
(33)
El Rey Cínico
(7)
Ignacio Castro.
(17)
Lunes Cínicos
(7)
Manu.
(49)
Manuel Escudero
(18)
Martes de sentimientos.
(21)
Mireia
(9)
Poemas
(8)
Raul Chelista
(4)
VladimirTatis
(5)
microsCOPISTA
(15)
viejo
(46)
miércoles, 4 de junio de 2014
Carta a Madeleine
Madeleine. Te has vuelto a ir y me has dejado huérfano, indefenso, postergado. Oh, Madeleine, no puedo olvidarme de ti. Hace apenas unas horas que nos hemos separado y mi habitación ya está fría. Mi cuerpo sufre la desdicha, pues el olor de tu piel aún permanece pegado a las paredes y el charco en el suelo sigue ahí, recordándome que no hace mucho estuviste aquí, sobre mí, con tu sexo suave, cálido, húmedo. Fuente de vida y calor. Me tumbo en el suelo y me restriego contra él, como un perro en celo, para impregnarme aún más de tu hedor ácido y dulce. Las gotas en tu vello rizado diluyéndose en mi piel, penetrando en mi alma a través de los poros abiertos. Abiertos como tú. Te apretaba y rezumabas. Como una naranja fresca y jugosa vertías sobre mí tu zumo tibio y sentía los chorros deslizarse por mi vientre, entre mis inglés. Hilos húmedos que buscaban el suelo, siempre hacia abajo. Madeleine, ¿por qué siempre esas prisas? Para que no sepan, para que no crean ¿no comprendes que ya no es necesario correr? Hemos vivido demasiado para darnos cuenta de que las explicaciones son siempre palabras vacías, huecas. Y aunque lo hicieran, ¿hay que ocultarlo? Ni tus hijos ni tus nietos se iban a asustar ya…
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario