Esa sonrisa de sus ojos se tornó muda... Y comenzó a brotar de ella plata en forma de lluvia... Era el dolor infringido por mis palabras... Por mi último y cálido roce en su mejilla rosada. Ocurrió que, como al tirar del hilo que cuelga de una antigua sábana, comenzaron a deshilacharse sus ojos. Comenzando por sus negras y apretadas pestañas, las cuales, una a una se dejaron morir, cayendo sobre sus ojeras púrpuras en un sucio y húmedo remolino. Acto seguido la curvilínea que dibujaban sus ojos arrugados y tristes se deshizo al caerse las pestañas y tan sólo se veía una fina línea transparente. Después vino cada párpado, los cuales cayeron despegándose de las cejas, hacia la gravedad, y dejando entrever lo que a mi me parecían sus preciosos ojos azules cristialino. Espera. Él nunca tuvo los ojos azules, siempre fueron el vivo color del Otoño. Se me sobrecoge el corazón y noto mis manos en forma de puño y algo suave chocando contra mi pecho una, dos, tres veces... Y me doy cuenta de que no eran sus ojos los derretidos, de que son los míos. De que estoy llorando.
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"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.
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