Era un bar de Carabanchel. Era un domingo de principio
de otoño y también eran casi las diez. Una luna crecía y con pesadez se
ocultaba por el cipresal del cementerio San Justo. El humo de los que fumaban
en la puerta penetraba al bar sin permiso quebrando sueños, voces y fracasos.
Incluyendo al camarero, se podría contar ocho
o nueve personas. El más joven de todos jugaba en la máquina tragaperras. De
vez en cuando, la golpeaba a patadas al ver que no le devolvía el dinero.
“¡Avance, un, dos, premio!”. Un partido de futbol en la televisión que nadie
miraba. En la esquina de la derecha una pareja acordaba el precio de unos
cuantos besos. La mujer, sonriendo con picardía, giraba el cenicero con un
dedo, mientras el hombre le susurraba al oído la cantidad ofertada. Y estaba
ella, Paloma, celebrándoles los chistes machistas a dos hombres sentados casi
en la entrada del bar. Uno encendía y apagaba un mechero, el otro cortaba en
tres una raya de cocaína.
Al otro lado de la barra Juan acomodó el
taburete, exhaló lo que le quedaba de humo, escupió con desgano y terminó el
ron que le restaba en el vaso. Iba vestido con su mono de trabajo, aunque era
domingo. Ojos de sapo y barriga como un barril de cerveza. Su rostro siempre
cansado.
–Hola, mi amor –saludó Paloma antes de bajar
las escaleras del baño.
–Hasta luego –dijo Juan con desgano.
Ella se detuvo:
–¿Hasta luego? Bueno, que no me voy a ir por
la taza del váter.
–Nunca se sabe –dijo él con sorna y sin
mirarla.
Pidió otro trago alzando su regordeta mano y
volvió escupir al suelo.
–¡Qué te den, idiota! –masculló ella y
desapareció por las escaleras. Bajó como si hiciera el amor con cada peldaño al
pisarlos.
–Que polvalzo tiene la tía esa –dijo el amigo
de Juan liando un porro–. Si se dejara, la pongo mirando pa´Cuenca.
–¡No me joda, si por diez euros se acuesta
contigo y el resto de tu familia! ¿No lo sabías?
Abajo solo había oscuridad, trastos
almacenados y un olor indefinible, casi irrespirable. Un ruido y varios
movimientos detrás de unas cajas de cerveza amedrentaron su deseo de orinar.
“Aquí me hacen de todo y nadie se da cuenta”. Miró hacia arriba y escuchó las
risas y conversaciones de los parroquianos. Dio varias veces al interruptor de
la luz, pero continuó en penumbra. Con agobio encendió un mechero y se metió
con prisas al baño. Cerró la puerta. La llama le tiñó el rostro de color ámbar
y empezó a orinar equilibrándose para no caerse, no sentarse, ni mojarse, pero
antes del minuto soltó el mechero, maldijo varias veces al sentir el ardor del
fuego. Lo buscó tentando con la mano. Solo palpó papeles, colillas de
cigarrillo y preservativos usados. Resopló. De pronto se cayó una botella.
Creyó escuchar murmullos y luchó para no caerse en la huida.
Arriba el joven continuaba en la tragaperras
sin ganar dinero, ya la pareja de la esquina había acordado un precio y no
estaban. El partido de futbol estaba en los minutos de descuento. En una mesa
cuatro jugaban casino con unas cartas tan viejas como ellos. Juan permanecía
aferrado a su trago, contándole, entre risas, al amigo la primera vez que
estuvo con ella:
–Una noche me vino con una receta médica de su
hijo supuestamente enfermo, pidiéndome para comprarla. Le dije que no tenía,
pero me ofreció tener sexo por solo diez euros. Y aunque hacía más de un mes
que no me acostaba con mi mujer, le di el dinero sin hacer nada con ella.
–¿Qué no?, no te creo, macho –rió el amigo.
–Pero la segunda vez que me vino con el mismo
cuento sí que se la metí hasta el cerebro. Nos fuimos al lado del cementerio y
ahí dale que te pego. Pin pan, pin pan, no veas como la puse… Pero luego tuve
un sueño, un sueño raro que se repetía cada noche. Soñé que cada vez que se la
metía engordaba, cada vez que la miraba pidiendo dinero para el hijo que no
existía, su peso aumentaba sin parar, hasta que, ¡Pum! Explotó de tanto follar
y de tanto pedir, eso soñé –Juan bebió un trago largo y continuó–: No vea como
se asustó mi mujer al despertarme sudado, a gritos y sin poder respirar. Y esa
misma noche decidí no volver hacerlo con la tipa esta, ni gratis.
Paloma subió sofocada, casi corriendo,
buscando al camarero para contarle algo. Este esnifaba cocaína en el lugar más
oscuro de la barra, ni la miró.
–Mira, al final no se fue por el váter –dijo
Juan con guasa.
Detrás de ella subieron dos chicos, también
con mucha prisa y también asustados. Salieron uno delante del otro, esquivando
a los que fumaban en la puerta. Al ver que el camarero no le escuchaba ella se
fue hacia los fumadores y señalando a los chicos le dijo:
–¡Estos asquerosos, follando allá abajo!
– ¿Y por qué no nos avisaste para entrarle a
ostias a los maricones estos? –preguntó Juan. Abrió los brazos y se mordió la
lengua.
Pasó el tiempo y no dejaron de tomar ni de
decir lo que le hubiera hecho si lo hubieran encontrado. Después de dos o tres
tragos y rogando que regresaran para darle su escarmiento. Él se marchó
procurando no vacilar al andar. Paloma miró por la ventana. Apuró de un trago
su cubata y lo vio detenerse a orinar entre los cubos de la basura. Miró el
reloj y ya era un lunes de otoño, sin luna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario