Justo cuando Iniesta corría con los brazos
abiertos por la banda del estadio y toda España se volvió gol, va y se me
ocurre empujar el taburete para quedarme colgado del cuello. ¿Y si no se hubiera
llegado a romper la soga, de que había servido luchar para soltarme? Y si no
hubiera entrado mi hermano a celebrar que ya éramos campeones del mundo, no lo
estuviera contando.
Me llevaron a emergencia entre gritos de
campeones, campeones, oé, oé, oé… rostros pintados y banderas sudadas… Si no
hubiera estado tan dolorido yo también lo celebraría.
“A quién se le ocurre suicidarse un día como
hoy”, me dijo el de la ambulancia. “Con lo bien que estarías en tu casita
celebrando el triunfo con la familia”.
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