"El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer."
Mariano José de Larra.

sábado, 7 de junio de 2014

Hades

Ni escribir alivia cuando el Infierno abre sus puertas, y todas las almas del purgatorio gritan y abren la tierra, y salen, y son esqueletos deformes y grotescos, fantasmas de pesadilla y tormento que cazan, como lobos negros, que acechan en los recovecos de la calle, del cielo, del cerebro. Hacer y decir hasta que todo sea niebla, un sueño, un recuerdo; hasta que las vueltas del reloj y sus agujas traicioneras y afiladas ya te den absolutamente igual. 
Ser un cadáver en el pasto, sin sueños, sin delirio, sin desilusión; ser una gota de agua entre gusanos, prístina y completa siempre, olvidada de la desgarradora marcha de la existencia; ser el que ya no bebe el veneno que de la vida brota y en el que ella misma se ahoga. 
Abrazaría la música del viento, que no grita jamás, solo susurra; la de la tierra, que nunca llora; la de la de tormenta, que es todo poder raso y descarnado, de fuego y aullido, que clama en el vacío, que hace sentir en la piel del universo su estruendo, pero que no conoce el dolor. Soy un pozo, una sima, una grieta en el tiempo y en la vida. 
Soy un fantasma nacido de las contracciones de las estrellas, de las que, ilusas, brillan en el mediodía, y se suicidan antes de que llegue la Luna. Soy lo que brota entre los raíles, y hundo mis raíces entre los monstruos que con sus rugidos hacen silencio mi murmuro. El barco está ya listo: te amo, y jamás veremos todo lo que nos prometimos. Tus ojos, demasiado hermosos y tristes para este mundo te han traicionado.
Sueño,
y despierto confuso, envuelto en la bruma del evaporado sudor de la rutina, en un pantano encharcado de lágrimas de sangre y alcohol. Veo a mi madre pasar: las espinas de las eras han desgarrado su carne, sus manos, su mente. Es todo tan absurdo: no he visto caer ni veinte calendarios y ya estoy cansado, y ya me he declarado la guerra a mí mismo, y ya he estrellado mis sueños contra los fauces del mundo. Ansío la calma del subsuelo, que será aceptar este estúpido vacío que ya lo abarca todo. Un espectro me ha mirado a los ojos. Sé que no existe Dios, que no hay juez de mi maldad, que no hay arrepentimiento, que no habrá ningún consuelo. Pero qué importa, si arrancarme este cuerpo es ya lo único que quiero. Abrir los ojos al nuevo Sol, no esperar nada, aceptarlo todo, abrir las manos, los brazos, las entrañas a la vida, existir en un instante infinito, en el parpadeo de los siglos; ser ignorante del dolor del arrepentimiento, del recuerdo que supura veneno, del mañana que llega escrito en un epitafio. Hay siete mil millones de cuerpos, que ruegan sustento, agua, aire, y yo tengo todo lo que la carne quiere. Pero la vida no es para todos. Ayer pensé en abrir una desvencijada caja de herramientas, y abrirme los brazos con un pedazo de metal; en subir a lo más alto y caminar a donde no hay suelo; en sentir el histérico chillido del pellejo atravesado por el acero, y caer a lo profundo de las entrañas del tiempo. 
Nacido a la tragedia, al drama, a este tremendismo ridículo y esperpéntico.
Nacido para llorar por cosas a las que nadie ha dado nombre, para sufrir por una mentira que yo mismo me he inventado, para consolarme en los huecos que cavo en el negro de las películas, de la ropa, de la música. Nacido a esta fealdad grotesca, a la estupidez reinante, a la demencia de dioses sádicos y arrogantes. Desilusionado, amargo, borracho, desgarrado, maldito, enfermo, desentrañado, hueco, muerto.
Exhausto.
Solo.
Triste.
Ya ni siquiera puedo llorar.
El Infierno ha abierto sus puertas, la lluvia cae, el Diablo me mira, el aire es vaho ácido, seca, quema, abrasa la piel, los ojos, la boca; las lágrimas brotan, la ansiedad grita, desespera, las manos ya no saben qué hacer. 
Perdido. 
Como una hoja en el mar, seco, espero la ola que me trague y me lleve a otros tiempos.

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